sábado, 31 de enero de 2009

LEYENDAS URBANAS




En las alcantarillas no hay cocodrilos arrojados por el desagüe: todo el mundo sabe que allí viven los amigos de la infancia que nunca volviste a ver.


Oscar Sipán

sábado, 24 de enero de 2009

Babelia: Viene a cuento


Hoy en Babelia, el suplemento cultural del periódico El País, un especial sobre el cuento muy completo y, a mi jucio, muy buen reportaje sobre la salud del cuento como género literario en la actualidad.
Elogio del cuento por Alberto Manguel
Cuentos infinitos por Cristina Fernández Cubas
Regreso a casa por WINSTON MANRIQUE SABOGAL
El relato vive una renovación y una revaloración en España. Autores, editoriales y lectores empiezan a recuperar la tradición de un género que tiene en esta época de celeridad y ciberespacio su mejor aliado
La tradición española por José María Merino
Los hijos de Poe por Fernando Savater
Sus relatos son artefactos lógicos, de precisión clínica, y en ellos cada acontecimiento y cada detalle se encaminan a producir un efecto único y traumático.
Escritores, editores y libreros que han participado en este especial sobre el renacer y la nueva valoración del cuento en España comparten con los lectores títulos de sus cuentos favoritos en español y otras lenguas.

EL OTRO


Un sobresalto, un postigo sacudido de repente por el viento. Despertar en medio de la noche, sacudirse las cenizas esparcidas sobre el pecho. Regreso a la ventana tornadiza. A lo lejos los rayos asaetean un cielo sin estrellas. Allí sigue el banco, descansando en la nocturnidad como un animal solitario. Dentro hace calor. Las sábanas húmedas disponen en desorden sus pliegues de rebeldía sobre la cama. Corro a estrenar el baño con la primera ducha fría. El agua me reanima
insólita, reconfortante como nunca. Pero sin duda contribuye a despertarme sin remedio. De poco sirve volver a la cama, donde las inquietudes del desvelado se hacen más insoportables, así que lo mejor sería aprovechar estas horas de excitación para ir vaciando las cajas.
Escudriño la pared camino del interruptor, chisporrotea un poco el hilo de wolframio antes de dispararse la llama eléctrica que invade la desnudez del cuarto y allí estoy, duplicado con claridad en el espejo, extraño ser despierto detrás de la bombilla zarandeada, pienso en los títulos de los cuadros de Magritte, pienso en Alicia un momento después de cruzar al otro lado, en la metaliteratura que subyace a todo esto, sí, sonriente escritor de poca monta que allá se manifiesta, donde el plano no me ve. Me pregunto cuál será la realidad y cuál su imagen: caras de una misma moneda.
Poso mi mano derecha sobre la superficie bruñida. Frío, pálido objeto de increíble profundidad oculta. Vaticino, diría que con gran probabilidad va a producirse una nueva sustracción del realismo. Nada como percibir las estructuras. El otro ha extendido en paralelo su mano izquierda sobre la superficie bruñida. Sonreímos al unísono. Somos tan recalcitrantes que abordamos sin dudarlo la famosa secuencia del espejo de los hermanos Marx. Quién será el auténtico yo, quién prefiere el papel de Groucho. Ambos pugnamos, divertidos, en esta lucha sorda por ser el primero en romper el esquema previsto con alguna contradicción. Recorremos nuestros respectivos espacios con el rabillo del ojo siempre atento a la más mínima variable, practicamos un baile, una especie de ritual frenético cuyo objetivo fundamental se nos escapa. Todo parece absurdo en esta cacería del error inversa. Como saltimbanquis, como monos de feria practicamos las posturas más extravagantes. Los dos tenemos la facultad de tocarnos la nariz con la punta de la lengua, de hacer el pino de cabeza, de simular caídas estrambóticas o destrozarnos los abductores imitando la apertura de piernas de Van Damme. Pero en vano pretendemos desenmascararnos. Incluso los timbres coinciden en su insistencia, a la que acudimos prestos hacia la puerta para excusarnos, más allá de la vista, ante los rostros malhumorados de los vecinos que, a cada lado, protestan por nuestro bullicio intempestivo. Al volver a la habitación algo cansados, nos sentamos al borde de la cama, donde las sábanas húmedas disponen en desorden sus pliegues de rebeldía. Un tanto contrariados, nos observamos un instante. El sudor transita nuestras frentes con el ánimo de gotas de cristal. ¿Se acaba el juego?, preguntámonos. Y
por toda respuesta un parece que sí, una cabeza que desciende con levedad en el ademán, como los párpados y los cerrojos.
Así que levantamos de nuevo el vuelo, nos sonreímos con esa camaradería de los enemigos que, separados por una fina franja de tierra, comparten el lodo y los meses de trincheras. Pero de pronto sucede, cuando por accidente, al acercarnos en el hasta luego a un palmo de la superficie bruñida hay algo que rompe el círculo inamovible. Porque mientras el otro vuelve a extender su mano derecha hasta posarla sobre el plano, porque mientras yo mismo repito el ademán que lo mimetiza desde el lado contrario me sobreviene un repentino estornudo y mi mano izquierda se detiene en otro punto, a medio camino del lugar estipulado. Entonces el otro, sorprendido por el gesto, recula sobre sus pasos, mientras yo permanezco, como si en mi lado al fin el tiempo se hubiera detenido. Qué momento, qué segundos de vacilación indescriptible. Ambos volvemos a mirarnos, asustados. ¿He vencido? El otro cree que ha vencido. Pero, ¿cómo puede saberse eso? ¿Es acaso mi gesto el que rompe la continuidad o lo es el suyo? Dime qué fue antes, el huevo o la gallina. Aún queda algo, una estrategia desesperada, un mecanismo individual que disuelva el supuesto empate técnico.
Lo sé, lo vaticino, lo siento. Por eso no me sorprende que el otro, en un alarde de reflejos, se abalance sobre el interruptor y acabe con la luz de ambos espacios. Pero nada como la primera oscuridad. La penumbra no me inquieta, al contrario, es un caldo de cultivo perfecto para proyectar cualquier sentido a las sombras. Al otro lado de su respiración, mi silueta, semilla que se infiltra en el silencio. Algo se mueve borroso, reflejado en el filo, irreconocible. Pero ya es demasiado tarde. Con movimiento felino descuelgo a tientas el espejo, sorteo el mar de cajas, abandono el cuarto, traspaso la puerta con mi carga, desciendo los cuatro pisos de escaleras y salgo a la noche donde cicatean, en el límite oriental del cielo, los primeros indicios de la mañana. El aire de la calle me reafirma. Doy la vuelta a la manzana, atravieso con descuido los cruces, eludo la valla de protección y deposito el espejo sin mirarlo en el fondo del contenedor donde lo hallé, un par de horas antes. Sacudo el polvo de escombro adherido a la pernera de mis pantalones y me giro vencedor. No me quedan cigarrillos. Al otro lado de la calle relumbra dudoso el verde neón del cartel de la Farmacia



Luis Morales
http://luigidante.blogspot.com/



jueves, 22 de enero de 2009

Imparable Diarrea


Era una mala noche por no poder tomar alcohol por las pastillas que recetó la doctora contra la imparable diarrea que venía siguiendome por una semana: desidratación, mareo, vómito, cuerpo cortado, mierda en los calzones... Pareces una embarazada pariendo cagada, me dijo entre riendo la puta que había tomado mi habitación como suya sin dejar de fumar cigarrillos desde hacía un par de meses.

Tratando de aliviar un dolor de cabeza insoportable tomé cuatro aspirinas. Salí de la habitación y caminé por la cocina tratando de encontrar algo, cualquier cosa (...por el simple hecho de salir del cuarto donde fumaba sin parar la puta esa...), pero no pude evitar ver las botellas de whiskey a medio tomar sobre la mesa de noche: resagos de una semana desecha y acabada en posición religiosa frente al escusado. Con las compresas de antibiótico dentro, pensé que me podría caer bien y hacerme sentir mejor un trago.

Agarré la primera botella de whiskey que ví y dí el primer sorbo de la noche, pensando en regresar a mi habitación a quitarle los cigarrillos a la puta que los fumaba sin parar en mi cama, y decirle que se largara de una vez por todas de mi vida—después del segundo vaso.


Txus (Jesus F. Galaz Duarte)
www.ciudadsomnolienta.blogspot.com

martes, 20 de enero de 2009

CORTO COMO EL VESTIDO

El espectáculo debe continuar, esta sesión de circo es un saco remendado, opaco, pero que no encierra al agua.

El día que se murió nuestro gato de nosotros ya no quedaban mas que las despedidas, se cumplían ya tres años desde que nos dijimos definitivamente adiós, aquel día cada uno y con una distancia de 500km lloramos a nuestro gato, al hijo que no tuvimos y a lo poco que quedaba ya de “lo nuestro”.

Le llame para darle la mala noticia, el precioso gato-gris especial y valiente como lo hubiese sido nuestro hijo había muerto, de nuestras palabras no cayeron al suelo ni un solo lloro, quizás algo que no se atrevía a salir un adiós amargo, esta vez sí porque entre nosotros dos ya no quedaba nada vivo.

Colgamos con un hasta luego silencioso, yo puse una lavadora y tu decidiste ir a dar un paseo, no te puedo decir por donde... ya no conozco la ciudad por la caminas pero te puedo imaginar caminando, lento, mirando al suelo, juzgando tus pasos, con ruido en la cabeza, con paz en las manos, con un rizo perezoso en la frente, con un sol de agosto mezclado en tu castaño y los ojos entornados.
Mientras tú caminas yo escribo, siempre hemos sabido hacer los dos, justo lo que cada uno sabe y quiere hacer.

En tu casa te esperará tu novia y no entenderá tu melancolía, y para ti tanto desconcierto por su parte, será la nota de aviso en la nevera que necesitabas “ya no queda agua”

Entonces tú sonriente irás a un supermercado cualquiera a buscar un poco más de magia, pero esta se esconde porque no la venden. Pero le necesitas tanto que no te das cuenta.
Y tu novia no sabrá lo que ha pasado y no entenderá porque corres calle abajo desesperado buscando un 24horas, dispuesto a comprar lo que no se vende.

A tu regreso ella seguirá sentada viendo la tele, vagabundeando un zaping ligero entre risas y escarceos amorosos de famosos desconocidos, te sentaras a su lado, la miraras como quien contempla su ultima compra cara y no dirás nada, ella tampoco, aun no te ha visto.

Los días siguientes, los tuyos y los míos serán lentos y pesados. Pero no tendrá demasiada importancia porque tu y yo ya nos hemos acostumbrado eso, con el paso de los años nos hemos ido haciendo a la rutina de resistir largas noches de invierno mirando al techo y pensando como hubiese sido nuestra vida en cualquier lugar del mundo menos aquí.

A la semana siguiente ella en su sillón mirando la tele, ya te parecerá un poco más bonita y un poco más agradable su compañía y yo seguiré mirando a ese techo.

Un día pongamos martes, entraré en una tienda, no me miraré mucho al espejo, porque ya sabes que no me gusta verme fea cuando voy a comprar, caminare entre la gente y el ruido, con una mochila pesada al hombro, que será mucho mas pesada justo en la entrada de la tienda, todo porque ese día hará mucho frío, de eso estoy segura, y habré entrado a la tienda huyendo de unas manos congeladas y una cara partida por el viento, caminare por allí sin mucho que hacer mirando más los precios que las camisas, cuando de repente como si de una gran manzana roja se tratase me encontraré de bruces con un vestido. Un vestido brillante y rojo, salpicado de purpurina, un enorme vestido de fiesta.

En el espejo detrás de mí, mientras me miro con el vestido en las manos aparecerás tú sonriendo y ya no me importará nada, ni la tele, ni el sofá, ni ella, ni nuestro gato, ni las horas perdidas mirando un techo lacado, blanco en goteé, sonreiré todavía con el vestido sujeto entre mis manos y me devolverás la sonrisa.

Será perfecto porque para entonces ya tendrás otro nombre, otro sabor, otro olor.
No serás tú y eso era maravilloso.


Maria Casado Lafuente
http://www.fotolog.com/marie_claf

sábado, 17 de enero de 2009

A cuestas con ella

No se arrepentía de haber dicho que sí, que ella lo quería, pero, sinceramente aquello era difícil de transportar. Bajaba las escaleras mecánicas del metro como con una amiga, las dos juntas, mirándose, charlando e incluso parecía que riendo, como recobrando una conversación de sobra conocida, muchas veces interrumpida y otras tantas reanudada, para ella era fantástico, no
comprendía la mirada absurda de estupor del joven de detrás.
Cuando iba a abandonar el gran almacén, al que había ido a curiosear después del trabajo, no pudo remediar que sus ojos se fuesen tras aquella figura de cartón, a todo color y de cuerpo entero de su gran ídolo, la folclórica de su devoción. No tuvo mas remedio que preguntar al señor de mono azul qué iban a hacer con aquello. El stand, era evidente, lo estaban desmantelando. Después de la promoción de su último disco debían dejar sitio libre para otros lanzamientos y otros futuro números uno.
El operario había sido el primero en mirarla con cara rara después de que con cierto tonillo le dijo que si lo quería, por él, podía llevárselo. La sorpresa vino cuando, sin contestar siquiera, ella agarró la foto de cuerpo entero, con el título del último disco grabado en letras doradas y se lo llevó por la puerta antes de que nadie pudiese cambiar de idea y se lo impidiese.
Así que, allí estaba, intentando entrar en el vagón del metro en la hora punta vespertina con un póster de cartón de metro setenta. La gente, no lo comprendía, la miraba y cuchicheaban entre sí, pero ella sabía bien qué se decían, todo era producto de la envidia. Afianzaría bien su tesoro porque estaba segura de que mas de una y mas de uno intentaría robárselo, pero no, no se lo quitarían, menuda se iba a poner su vecina, que se aguante, ya le rebozaba muchas veces por la cara que si su hijo tal, que su hija cual, una mentirosa, eso es lo que es.
Llevaba aquel trofeo y se lo enseñaría a su hija, bueno cuando viniese a verla, lástima que cada vez pasase mas tiempo sin ir por casa, desde que se había ido a vivir con aquel pelanas sólo volvía cuando quería algo, normalmente, dinero. Se lo enseñaría a su hijo, bueno, sólo eso, enseñárselo, porque aquel zángano nunca oía nada que no saliese de su mp3, ¡Dios!, si parecía que llevaba los cascos pegados a las orejas, le costaba trabajo decir cuando le había visto por última vez sin ellos y por lo tanto pudo tener una conversación con él.
Ah, pero a su Antonio sí le gustaría, seguro que sí, últimamente no le hacía mucho caso, pero es que debía tener muchas preocupaciones. Lo de prejubilarse trae muchos quebraderos de cabeza y en realidad ahora pasaba mas tiempo fuera de casa que cuando trabajaba.
Las estaciones pasaban y en los cristales, la negrura del túnel le devolvió una imagen grotesca. Agarrada a su folclórica, por un breve instante sintió pena de sí misma. Pero, !qué demonios¡, iba a quedar estupenda en el cuartito, hablaría con ella y le contaría sus cosas, por lo menos aquella foto parecía escucharle, no se largaría dejándola sola y siempre tendría dispuesta para regalarle una sonrisa y una cara amable.

Carlos Ollero Sánchez
www.amivera.es

miércoles, 14 de enero de 2009

Cuando sea grande


Malala estaba enamorada del Otoño y de la Luna. Decía que cuando sea grande se iba a casar con una hoja seca o con el Planetario. Sabía -porque su papá le dijo- que también cuando sea grande iba a conocer el secreto. Tenía prisa por crecer. Tenía cosas pendientes para cuando eso suceda.
Desde pequeña y siempre para la misma época, al acercarse la primavera, Malala acariciaba la brutal cicatriz y le preguntaba:

– Pá, ¿qué tenés ahí?
– Es un secreto que te voy a contar cuando seas grande.

Y ella se frustraba año tras año cuando sentía que no había crecido lo suficiente. Que no bastaba haber superado a su primo, ni haber aumentado dos números de sus zapatos, ni haber perdido sus dientes de leche.
Todos los años para la misma época, cuando las altas temperaturas invitaban a arremangarse, a desabrochar escotes y a trocar largos por cortos, la cicatriz se dejaba ver bajo los bermudas. Era brutal, pero eso a Malala no le asustaba. Se extendía desde el tobillo derecho hasta detrás de la pantorrilla. Era brutal y a ella le intrigaba. De contorno irregular, de textura lisa y brillosa, es que era calva y muy brutal y a Malala le enternecía porque sabía que era el único recoveco del cuerpo donde su padre no tenía cosquillas. Él había olvidado lo que era el roce al haber perdido la capacidad de sentir. Pero esto Malala no lo sabía -porque él no le había contado-.
Recién a los 10 años fue grande para enterarse que su papá había estado en la guerra. Pero no lo suficientemente grande para saber que anduvo durante cinco días y cinco lunas a campo traviesa, a campo minado, antes que le extraigan las esquirlas. Que durante esos cinco días y cinco lunas arrastró como pudo la gangrena. Que durante ese lapso interminable las astillas metálicas incrustadas le punzaban la pierna y apuñalaban el alma. Que fue en ese pueblo, en una de las calles que bajaban al río, entre dos tiendas de ropa usada, donde vio el cartel casi invisible de un zapatero. Y que fue la dicha de toparse con él que le hizo salvar su pierna. Porque ese hombre artesano con sus herramientas de trabajo y su buena voluntad, le extrajo hasta la última esquirla que le perforaba el hueso mientras él mordía un paño a rabiar. Y que fue la dueña de la zapatería, que vivía en la piecita que estaba al fondo del patio encaramada a una estrecha escalera de metal, la que lo atendió en los momentos posteriores de agonía y recuperación. Que recién después de días consiguió partir, caminando tranquilo y despreocupado.
Pero todo eso que Malala aún no sabía, su papá se lo iba a contar cuando sea grande. Probablemente cuando ya esté casada. Casada con una hoja seca o con el Planetario, porque Malala estaba enamorada del Otoño y de la Luna.

Andrea Paula Garfunkel
http://lomioesamateur.wordpress.com/

sábado, 10 de enero de 2009

HUMO


Pocos saben que bajo el látex sólo hay humo. Por eso, ella se pone guantes de látex, medias de látex que terminan en tacón de aguja, bragas de látex de esas que marcan la rajita. También se pone una máscara hermética de látex. Por la calle, se asustan al verla pasar y dicen es una cerda que encuentra placer en la asfixia o también dónde estará la cremallera o también es un maniquí que ha aprendido a amar y que por eso escapa. Nadie la ha visto desnuda, nadie la puede tocar porque cuando se desnuda, bajo el látex sólo hay humo.

Carlos Fruhbeck Moreno

Femme fatale

En la calle A es un tipo cualquiera. Un tipo gordo y cabezón que suda como una fuente. Un hombre poco carismático que padece del estómago y pasa desapercibido.
En la empresa A es un gran ejecutivo. Un jefazo. Un tipo trajeado y elegante que suda como una fuente. Un hombre a quien respetar. De él depende el futuro de muchos y muchos trabajadores.
En la calle y en la empresa B es un pendón. Una de esas femme fatale con las que hay que andar con pies de plomo. No es guapa, pero está buena. B es una de esas mujeres ambiciosas que harían cualquier cosa por ascender. Cualquier cosa.
Durante la cena de empresa B ataca descaradamente a A. B podría tener un príncipe azul, si quisiera, podría tener un madelman, un machito, un modelo… pero quiere follarse a A. A no tiene mucho éxito en la cama, la cama no es trabajo. Pero esta noche B está dispuesta a dárselo.
Durante toda la semana siguiente la relación entre A y B es la comidilla de la empresa. A intenta mostrarse en público como un tipo duro. “A mi no me interesan ese tipo de mujeres. Me la follé y punto”. Pero la gente sabe que no es así, que B tiene la sartén por el mango, que es más importante lo púbico que lo público. Poco después se conformarán como pareja estable.
Ahora B es una gran ejecutiva. A está mucho más gordo y vaga por la calle desaliñado. Suda aún más que antes. Y lo peor de todo es que lo han despedido...
... por bajo rendimiento.

Mario Crespo


jueves, 8 de enero de 2009

De cómo una gato acepta a una silla como amigo

Ella era huérfana. Descansaba con toda la desnudez de la que es capaz la madrugada sobre un contenedor en frente de casa. S. acababa de salir para ir a trabajar, eran horas tan tempranas que aún las esquinas de las casas permanecían y el resto del mundo parecía contener la respiración. A los diez segundos entró sin aviso diciendo: -Me he dejado el móvil, pero mira lo que traigo. Con ojos aún dormidos vi que traía entre manos a una futura recién adoptada. En cuanto la vi, me pareció preciosa y al momento supe que nos la quedaríamos. Ella llegaba sucia, sí, blanca como la nieve pero sucia y llena de otra arena, de otra tierra. Probablemente la abandonaron sus antiguos dueños porque no ya no servía para lo que fue creada, esto es, soportar la parte más ingrata del humano, su peso infame, su trasero, y si acaso, servir en alguna ocasión de objeto arrojadizo, ya que tiene alguna que otra herida abierta entre sus patas, y su sangre aún olía a madera recién partida. Todo esto le acortaba vida, sin duda. Así que en en cuanto la vimos, descubrimos en ella posibilidades resplandecientes. Una nueva vida. Se ha pasado toda la mañana mirando el pequeño jardín al que se asoma la casa, sujetando dos pequeños esquejes de poto que andan por algún rincón y conociendo de soslayo la mirada inquisitiva del gato P. Después de comer, S. se dispuso a lavarle la cara. Bueno, la lavé yo. Luego S. la pintaría con sus mejores ideas, que serían más adelante sus mejores galas. Y con todo ello, a adoptarla en esos gestos. Así que eso hizo. Se colocó una camiseta de tirantes y un pantalón que pudiera permitir ensuciarse y mientras yo leía al sol ensuciada también en un vaquero, ideaba nuevos mundos que plasmar en ese cuerpo aún tan blanco. De momento la bañó en leche, como Cleopatra bañaba su cuerpo, en leche de burra. Para conseguir el mismo fin que ésta, suavizar su piel, humectarla y alimentarla. Su blancura quema ahora cualquier retina y es tan regia como aquella antigua reina del Nilo. Esperaremos a que se seque al sol. Hay veces que S. despilfarra unos minutos mirándola como ideando qué revestimiento tendrá en sus manos. La quiere dibujar entera. Llenarla de mundos imaginarios, enredaderas que trepen por sus patas, animalillos como mariquitas trepándola de nuevo, y flores, muchas flores, y así porder darle otro sentido a su vida, otra finalidad donde si acaso no tenga que soportar tanto peso de alguien y pueda respirar mejor. Si acaso unas recién inauguradas plantas, sólo eso. Ya ha hecho amistad con el gato, parece que se aceptan. Qué bien, qué día más feliz cuando adopta algo o a alguien. Se nos pasó por la mente bautizarla, llamarla Calcetines, tiene sus cuatro patas manchadas de negro, como si en el viaje-peregrinaje hasta casa hubiera hundido sus patas en el fango para atravesar el río que nos la trajo. Otro compañero más para convivir en unos cuantos metros donde hay tanta vida... En la foto aún está sin pintar y ya parece que tiene autonomía propia. No me explico cómo se deshicieron de algo así. En fin, ahora está tranquila, sintiendo en sus cuatro tobillos los roces de un gato que la acepta sin rechistar.



Nuria Ruiz de Viñaspre
http://www.rasca-cielos.blogspot.com/


miércoles, 7 de enero de 2009

PRISA


Oyeron en el telediario que el mundo comenzaba a desintegrarse por el este, y salieron a la calle desesperados, corriendo, aunque no tenían demasiado claro dónde quedaba el oeste.

Vicente Luis Mora
http://vicenteluismora.blogspot.com

lunes, 5 de enero de 2009

BANGKOK, CIUDAD MERCADILLO o cómo abrir una botella de gaseosa con la vagina


Bangkok es un mercadillo gigante que se extiende por toda la ciudad y alarga sus tentáculos lo mismo hasta las calles de putas que hasta las puertas de los palacios reales. Bangkok es además un paraíso para mochileros, en la cada vez más concurrida Khao San; o una Venecia de pega, con canales como venas gordas, sin otro encanto que el del bombeo de la vida misma. Todo ello bajo el mismo cielo de plomo ardiente, en una ciudad hormiguero poblada por 10 millones de ángeles y por algunos cientos de miles de turistas de todo pelaje: adictos a las compras de baratijas; parejas de recién casados en tránsito hacia Phuket o Bali; pervertidos sexuales; o simplemente curiosos que miran boquiabiertos a las chicas de los bares de estriptis, en Patpong llevarse un cigarro a sus labios (vaginales)…
La ciudad palpita a un ritmo infernal, a través de calles y avenidas surcadas por miles de motos, tuk-tuk (los triciclos motorizados) y taxis de todos los colores para los que el pellejo de los peatones tiene menos valor que el de una rata.
Ese tráfico salvaje se ve sólo levemente aligerado por los barcos que surcan el río Chao Phraya, la arteria de agua que recorre la ciudad. Una de sus ramificaciones nos lleva hasta Khao San , estación de paso en la que mochileros de todo el mundo establecen su base de operaciones o reponen fuerzas antes de continuar viaje hacia el Triángulo de Oro, Camboya, Laos... Aquí las habitaciones son baratas para quien no necesita más que una ducha y una cama donde dormir la mona de las noches alegres de este gueto farang (extranjero), con sus mañanas tristes, de ramoneo por restaurantes económicos y tenderetes de ropa hippi, pulseras, extensiones rastas... Hay incluso quien pasa por Bangkok sin abandonar Khao San, ni siquiera para visitar el cercano y deslumbrante palacio real, o la excitante Pat-Pong. Y es que esta calle ya no es lo que era. La zona golfa de Bangkok atrae hoy día a más visitantes por su mercado nocturno que por los bares de estriptis, las salas de masajes (que también podríamos llamar casas de putas) o los cabarets travestis. Cada tarde un ejército de operarios uniformados como un equipo de baloncesto levanta en el centro de la calle una caravana de tenderetes, de los que más tarde colgarán camisetas, relojes, cinturones... Resulta curioso, incluso algo esquizofrénico ver curiosear alrededor de ellos a parejas, turistas de avanzada edad, mientras, a un metro, en las puertas entreabiertas de los bares se ve contonearse a ¿chicas? en ropa interior, o los ganchos de las salas de sex-shows recitan su repetorio: ping-pong, banana, cigarrillo, cuchillas… Aunque también es cierto que muchos de estos turistas de apariencia respetable se dan un respiro en la maratón de compras viviendo una aventura canalla en alguno de los clubs del mítico Patpong.
En realidad los sex-show se han convertido en otra atracción turística más, casi inevitable para quien viaja a Bangkok. La peripecia se inicia así: el gancho en cuestión tima a los turistas o estos se dejan timar pactando un precio: el de la consumición (que en cualquier otro bar le costaría diez veces menos). Una vez en la sala, a la que se accede subiendo unas inquietantes escaleras, el espectador es acompañado hasta el borde de la barra americana por un camarero. Sobre ella —primera decepción— pululan dos o tres chicas sin ningún aspecto de lo que uno espera de unas acróbatas sexuales: desnudas pero en calcetines, gorditas…. Las chicas se lo toman con calma y con un oficio que tiene algo de industrial, más que de lúbrico. Manipulan entre sus piernas, se agachan y de repente ponen un huevo: una pelota de ping-pong que encestan en un vasito de agua; o se arriman unas botellas de gaseosa, se escucha un estallido y se ve salir volando su tapón… Sus vaginas perfectamente musculadas son capaces de cualquier cosa: fumar un cigarrillo, escupir una banana a dos o tres metros de distancia… El show despierta curiosidad, risa floja y también cierta tristeza, cuando uno comprende que todo eso no es más que la antesala de otro Bangkok, ese otro gran mercado de seres humanos al que ha intentado cerrar los ojos y que ahora, cuando ha apurado su cerveza y camina por un Patpong de nuevo desierto, en el que ya sólo quedan los esqueletos de los tenderetes, se personifica en la imagen de una de las chicas del sex-show: en cuclillas, con la cicatriz visible de una cesárea marcada en su vientre, y escribiendo con un rotulador, a golpes de pelvis, lo siguiente: ayuda a Tailandia.


Patxi Irurzun

viernes, 2 de enero de 2009

Filosofía

Lo que más me impresionó de la muerte de mi tío César. Las sábanas revueltas. El silencio en su habitación. Le habían sacado en mitad de la noche de aquella cama. A la hora a la que se reparten los periódicos y los panaderos amasan el pan. Y riegan las calles los barrenderos. A esa hora. Aún oscuro. Frío. Húmedo. Y silencioso. Sacaron el cadáver de mi tío. No hubo tiempo de ordenar la estancia. Ni de recoger sus zapatos de piel negra y meterlos en el armario. Uno en cada esquina. Ni de hacer la cama. Y luego las palabras de mi madre. Cuando yo volvía del cole con ganas de comerme una magdalena. Empapada en colacao. Vamos a visitar a la tía Vicen. Sin motivo aparente. Un miércoles que estaba nublado y amenazaba llover. Como siempre.

Y luego toda la familia reunida en el salón de la tía Vicen. Y las sábanas aún revueltas. Gente que no veía desde hacía mil años. O dos mil. Gente que me besaba las mejillas con cariño fingido. Mucha gente. Este niño siempre fue tan callado. Y tan formal. Les veía en bodas, bautizos y comuniones. Me explica mamá que tengo que quererlos. Porque son mi familia. Por eso. Son los que me apoyarán cuando esté viejo. Y triste. Y solo. Quien estará a mi lado. Quien poblará mi casa el día que me muera. Ellos o sus hijos. Verán mis sábanas revueltas. Mis zapatos perdidos. O no. Aquella gente en aquel salón lleno de fotos de bodas. De bautizos. De comuniones. Fotos de gente sonriente, que veo cada mil años. O dos mil. Y la tía Vicen apareciendo una hora después y forzando una sonrisa como la que muestras cuando te hacen una foto. No como la que pones tras la muerte de tu marido. Y has estado un rato antes agarrando la mano de un cadáver entubado con el que una vez te casaste. Vestida de rojo. Que trataba de decir adiós. O algo parecido. Y que no volverá a agonizar en el sofá delante de la tele. Viendo telebasura. Y yo leyendo una revista de baloncesto americano hundido en uno de aquellos sillones marrones. Donde una vez mi tío me enseñó tres dedos de una de sus manos peludas. Y después me explicó lo que significaba la palabra Filosofía. Y no entendía nada. Pero me hacía gracia. Y lo recuerdo. Cuando el cáncer ya le había mordido la mayor parte del pulmón. Y tenía el pelo ya blanco y los huesos asomando. Y me daba cien pesetas por visitarle, rebuscadas en un monedero de cuero negro. Y respiraba suave. Como un peluche. Y cada vez hablaba más flojo.

Sergio C. Fanjul. (txe)
http://planetaimaginario.blogspot.com/