
En las alcantarillas no hay cocodrilos arrojados por el desagüe: todo el mundo sabe que allí viven los amigos de la infancia que nunca volviste a ver.
Oscar Sipán


Luis Morales
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El espectáculo debe continuar, esta sesión de circo es un saco remendado, opaco, pero que no encierra al agua.
No se arrepentía de haber dicho que sí, que ella lo quería, pero, sinceramente aquello era difícil de transportar. Bajaba las escaleras mecánicas del metro como con una amiga, las dos juntas, mirándose, charlando e incluso parecía que riendo, como recobrando una conversación de sobra conocida, muchas veces interrumpida y otras tantas reanudada, para ella era fantástico, no

En la calle A es un tipo cualquiera. Un tipo gordo y cabezón que suda como una fuente. Un hombre poco carismático que padece del estómago y pasa desapercibido.
Ella era huérfana. Descansaba con toda la desnudez de la que es capaz la madrugada sobre un contenedor en frente de casa. S. acababa de salir para ir a trabajar, eran horas tan tempranas que aún las esquinas de las casas permanecían y el resto del mundo parecía contener la respiración. A los diez segundos entró sin aviso diciendo: -Me he dejado el móvil, pero mira lo que traigo. Con ojos aún dormidos vi que traía entre manos a una futura recién adoptada. En cuanto la vi, me pareció preciosa y al momento supe que nos la quedaríamos. Ella llegaba sucia, sí, blanca como la nieve pero sucia y llena de otra arena, de otra tierra. Probablemente la abandonaron sus antiguos dueños porque no ya no servía para lo que fue creada, esto es, soportar la parte más ingrata del humano, su peso infame, su trasero, y si acaso, servir en alguna ocasión de objeto arrojadizo, ya que tiene alguna que otra herida abierta entre sus patas, y su sangre aún olía a madera recién partida. Todo esto le acortaba vida, sin duda. Así que en en cuanto la vimos, descubrimos en ella posibilidades resplandecientes. Una nueva vida. Se ha pasado toda la mañana mirando el pequeño jardín al que se asoma la casa, sujetando dos pequeños esquejes de poto que andan por algún rincón y conociendo de soslayo la mirada inquisitiva del gato P. Después de comer, S. se dispuso a lavarle la cara. Bueno, la lavé yo. Luego S. la pintaría con sus mejores ideas, que serían más adelante sus mejores galas. Y con todo ello, a adoptarla en esos gestos. Así que eso hizo. Se colocó una camiseta de tirantes y un pantalón que pudiera permitir ensuciarse y mientras yo leía al sol ensuciada también en un vaquero, ideaba nuevos mundos que plasmar en ese cuerpo aún tan blanco. De momento la bañó en leche, como Cleopatra bañaba su cuerpo, en leche de burra. Para conseguir el mismo fin que ésta, suavizar su piel, humectarla y alimentarla. Su blancura quema ahora cualquier retina y es tan regia como aquella antigua reina del Nilo. Esperaremos a que se seque al sol. Hay veces que S. despilfarra unos minutos mirándola como ideando qué revestimiento tendrá en sus manos. La quiere dibujar entera. Llenarla de mundos imaginarios, enredaderas que trepen por sus patas, animalillos como mariquitas trepándola de nuevo, y flores, muchas flores, y así porder darle otro sentido a su vida, otra finalidad donde si acaso no tenga que soportar tanto peso de alguien y pueda respirar mejor. Si acaso unas recién inauguradas plantas, sólo eso. Ya ha hecho amistad con el gato, parece que se aceptan. Qué bien, qué día más feliz cuando adopta algo o a alguien. Se nos pasó por la mente bautizarla, llamarla Calcetines, tiene sus cuatro patas manchadas de negro, como si en el viaje-peregrinaje hasta casa hubiera hundido sus patas en el fango para atravesar el río que nos la trajo. Otro compañero más para convivir en unos cuantos metros donde hay tanta vida... En la foto aún está sin pintar y ya parece que tiene autonomía propia. No me explico cómo se deshicieron de algo así. En fin, ahora está tranquila, sintiendo en sus cuatro tobillos los roces de un gato que la acepta sin rechistar.
Nuria Ruiz de Viñaspre
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Lo que más me impresionó de la muerte de mi tío César. Las sábanas revueltas. El silencio en su habitación. Le habían sacado en mitad de la noche de aquella cama. A la hora a la que se reparten los periódicos y los panaderos amasan el pan. Y riegan las calles los barrenderos. A esa hora. Aún oscuro. Frío. Húmedo. Y silencioso. Sacaron el cadáver de mi tío. No hubo tiempo de ordenar la estancia. Ni de recoger sus zapatos de piel negra y meterlos en el armario. Uno en cada esquina. Ni de hacer la cama. Y luego las palabras de mi madre. Cuando yo volvía del cole con ganas de comerme una magdalena. Empapada en colacao. Vamos a visitar a la tía Vicen. Sin motivo aparente. Un miércoles que estaba nublado y amenazaba llover. Como siempre.