viernes 27 de marzo de 2009

ESTER RODRÍGUEZ CABRALES

¿No me oyes morir?
por Esther Rodríguez

Es mentira que yo le amara, madre. Es mentira. Ahora me atrevo a admitirlo. Si le amé fue más por costumbre y abnegación que por amor. El día que me desposó, ni si quiera supo hacerme sentir mujer. Para él no era más que una muñeca rota que se dejaba hacer. Tanta ilusión le había puesto a aquella eterna espera, que la decepción me dejó cierto rescoldo a tormento. Me folló con violencia exacerbada. No vibré con las sacudidas, ni grité como tantas veces había imaginado que haría. Y si lo hice, fue por dolor. Sus embestidas sólo me llenaron de un desprecio líquido, de una tristeza destinada al más oscuro y profundo pozo. Pero aún no le había dejado de amar y pensaba que la hiel que vertía en mí era dulce almíbar que pronto germinaría en mi vientre. La exhalación rancia que me vomitó cuando se desplomó sobre mí sonó a aborrecimiento antiguo, pero yo soñé con acunar un niño en mis brazos, aunque éste fuera hijo del mismísimo demonio.

Luego vinieron los golpes. La primera vez que dejó marcados sus cinco dedos en mi cara, comprendí que era él quien mandaba en casa, que para eso era él quien traía el dinero, y jamás me atreví a contradecirle. Durante años renuncié a arreglarme y comencé a acumular sedimentos de miedo que anegaron mi carácter. Me volví gorda y fea aunque asustadiza como un pequeño roedor. Y así fue como el rencor me confinó a una recóndita y tenebrosa guarida oculta.

Allí, en las interminables tardes de soledad enfermiza, creí poder hablar contigo, mi madre muerta, a la que lloraba su ausencia. Te plañí y reclamé ayuda. Una clemencia que mi Dios me negaba. Sentí tus fríos y huesudos dedos acariciando mi rostro magullado. Recuerdo que mientras el gato lamía mis piernas, yo albergaba falsas esperanzas de una vida en la que él no entraba. Entonces ocurrió el milagro. Debiste llevar mis ruegos hasta la misma puerta de Dios, de los Santos y de todos los muertos que allí habitan.

Ahora es otro, madre y doy gracias a Dios. Sabrás que ahora me acompaña a comprarme ropa, a la peluquería y a tomar café. A veces flirteo con otros hombres en su presencia sin que parezca que le importe demasiado ¿o si? vete a saber, ese hermetismo me impide ver su realidad. ¿No es una lástima, madre, siendo tan fuerte como lo fue conmigo? Volvemos a las tantas de la noche, momento que aprovecho para ducharme y engalanarme. Después es su turno. Le quito a él toda la mierda que lleva encima, porque su inutilidad es tal, que raro es el día que no se caga en los pantalones. Después le doy el puré, mientras me mira con ojos piadosos, y le rebaño con la cuchara los restos de comida que le caen con desconsuelo por las comisuras, mientras le repito dulces palabras rabiosas. A veces le pinto de rojo sus labios resecos, le dejo todo el día maquillado frente al espejo y le azuzo diciéndole ¿ves que guapo estás así? Y entonces me pregunto, vuelta para adentro, qué pensará una mente como la suya estando encerrado en un cuerpo furioso como el suyo.

Sólo el rencor es capaz de esquivar mi fatal idea de abandonarle. Pero ya sabe que yo soy mujer de un solo hombre, madre, por eso estaremos juntos hasta que la muerte nos separe, que no tardará mucho, pues leo en su mirada anochecida una sempiterna pregunta ¿es que no me oyes morir?



Esther Rodríguez Cabrales,(Madrid, 1973). Soñadora desde que nació. No hay día que no escriba, a escondidas, en su cárcel-burócrata donde trabaja desde hace siglos valorando fondos de inversión. Hace un tiempo creó un blog llamado Horizontes y fantasmas en donde publica esos textos que surgen clandestinamente entre asientos contables. Es asidua de la Fundación José Hierro, lugar al que acude para leer sus textos sin sentirse culpable. Siempre que puede intenta participar en los recitales que la fundación organiza. No ha publicado ningún libro, aunque cree que, hasta los sesenta años, aún hay tiempo para hacerlo. Sin embargo, ella escribe y tiene una novela corta titulada Horizontes y fantasmas, un poemario Solsticio de infierno y un poemario infantil titulado Menudos versos exploradores. Estudiante de Filología hispánica y madre de un endiablado ángel de siete años al que considera uno de sus mejores críticos.
Blog:
http://www.diariodeesther.blogspot.com/



miércoles 25 de marzo de 2009

PABLO MATILLA GUTIERREZ


ilustración by BÁRBARA BUTRAGUEÑO

EL GRITO
por Pablo Matilla Gutiérrez

Paré un segundo apenas, para enjugarme el sudor de la frente y, sin quererlo, sentir el viento entre los dedos húmedos, que me helaba los brazos ardientes por el sol. El hedor de los cadáveres se esparcía alegremente llevado en volandas por el viento que rodeaba mis miembros vivos. Eché una nueva palada de cal viva en la fosa, cubrí la cara de uno de los muertos, envuelto y aprisionado por decenas de otros cuerpos, humanos y no humanos.
___Estaba seguro de que, antes o después, yo yacería en una de aquellas fosas. Otra en otro lugar y en otro tiempo, pero la misma. Con la misma carne desgajada de sus cuerpos originales, arrancada con violencia de la vida. Así, no me cabía ninguna duda, acabaría yo mis días. Y alguien similar a mí, sintiendo el viento helado en sus músculos calientes, echaría cal viva sobre mi boca abierta de muerte.
___Sentía ganas de correr, de correr lejos de aquel campo de fosas llenas de indiferencia. Correr y gritar; gritar hasta que se me deshiciera la garganta y me oyeran allí, al otro lado del mar. Que mi grito, aunque fuese a costa de desbaratar mis cuerdas vocales, llegara allí donde alguien pudiera entenderlo. Y, sin embargo, seguía echando cal con mi pala. Una y otra vez, junto a otros tantos como yo.
___Los muertos y la cal seguían llegando, más y más rápido. Como si fuéramos obreros de la muerte devolvíamos lo que es suyo a la tierra, mezclábamos polvo con polvo. Siempre la mirada en el suelo, en los propios pies, para evitar la vergüenza mutua de vernos empleados en aquella tarea: cavar, callar y tapar. Como única compañía, el susurro del viento, inmutable y cruel.
___Me dijeron que me acostumbraría a la muerte y a su hedor. Pero sólo he aprendido a ignorar, a dejar de mirar y de oír. Cerrar mis sentidos a todo con el fin de aguantar un día más, con la mínima esperanza de no volverme loco. ¿Por qué? Por lo mismo que mi corazón y mi cuerpo siguen funcionando: por perseverancia, miedo, hábito. Sólo me queda seguir tapando cadáveres, seguir con la mirada baja y los sentidos cerrados al hedor. Con la esperanza lejana, casi imaginaria, pero esperanza al fin y al cabo, de que algún día, antes de ser muerte y cal viva, se levante mi voz y grite. Finalmente grite y se esparza por el viento mi voz. Persistente y tozuda viaje por la tierra antes de que una bala atraviese mi cerebro y caiga mi cuerpo sobre el polvo seco.
___Mi única razón, pues, para seguir latiendo día a día, es atreverme a gritar. Tan simple y tan difícil como eso.

Pablo Matilla Gutiérrez nació en Oviedo en 1986. Es licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona, aunque su pasión es la literatura. En 2008 recibió el primer premio de relato para jóvenes del XXXIV Certamen Literario María Agustina, por su relato “La palabra”. En 2009 el jurado del VII “Eugenio Carbajal” le concedió una mención especial por el relato “Icebergs”. Colabora con revistas como Eventual o Paralelo Sur. Asimismo mantiene el blog literario Los ritos de Paso (http://losritosdepaso.blogspot.com/)

domingo 22 de marzo de 2009

SUSANA OBRERO

JAU
por Susana Obrero

..... Sé que puedo contar con mi hermana para lo que quiera. Sé que va a estar conmigo en todo siempre. Lo descubrí el día de su comunión. Yo me empeñaba en sentarme a su lado y arropar mis rodillas huesudas con parte de su vestido de princesa. Ella me daba codazos cuando mi tía Vicenta comía y hablaba a la vez llenando el mantel de perdigones. En uno de sus avisos me golpeó el codo y mi cuenco de natillas cayó sobre su vestido blanco. Mi madre gritaba desde el otro lado de la mesa buscando servilletas y mi hermana mojó un dedo en las natillas que resbalaban por sus lazos y pintó en mis mofletes dos rayas de indio.

.....Mientras mi madre la limpiaba levantó su mano derecha y me sonrió diciendo JAU.

.....Desde ese día cuando algo va mal levanto mi mano derecha y sonrío al cielo diciendo JAU. Seguro que desde allí mi hermana también sonríe.


SUSANA OBRERO (Madrid 1.968) Maestra de Educación Primaria. Ha publicado relatos en antologías del Taller de Escritura de Madrid. En Literatura Infantil es autora de los libros La princesa traviesa, Pedrito y un patito (CCS 2.003) y Almudena Rizoslocos (La Librería 2.006). Ganadora del Certamen de Cuentos Ciguñuela 2.008. Participa en los talleres de relato y poética del Centro de Poesía José Hierro.

jueves 19 de marzo de 2009

ANDRES PORTILLO



Tangos




Hombres nunca me faltaron. Los he tenido a cientos. Guardando turno al borde de mi cama. Esperando impacientes en la entrada del burdel. Pero sólo he querido a dos. Uno me robó la vida por guapo, por rufián, por chulo, por versero. Por aquel sombrero caído que le quedaba que ni pintao. El otro me la devolvió a golpe de caricias y ternura, de abrazos y de besos.

....El primero era un porteño liendre, un proxeneta sin corazón ni escrúpulos. Un fulano que anuló mi voluntad para ponerme a sus pies con el chasquido de sus dedos. El segundo, un caballero español, un cordobés que mutó a gallego cuando desembarcó en la Argentina. Que mató a dos hombres: uno en la Madre Patria porque se rió de su mala suerte, y otro aquí, en Buenos Aires, porque abusaba de mí, porque me robaba la vida, porque me anulaba la voluntad... Le abrió las carnes en un cruce de facones en la ribera del Plata, bajo las sombras de la luna nueva. Uno se llamaba Alejo y era el diablo, al otro le nombran Suso, y le quiero con toda el alma.

....Una noche tanguera, en un salón cercano a la antigua Plaza de Lorea, vi a Suso sentado en la mesa más iluminada del cabaret. La más próxima a la orquesta. Miraba embelesado los dedos del gaucho que tocaba el bandoneón, como si quisiera aprender cada uno de sus movimientos, o como si ya los conociera de memoria y disfrutara recordándolos. No estaba solo, un vaso de ginebra y un cigarro encendido en un platito de porcelana le servían de compañía.
....Hacía algún tiempo que frecuentaba el tugurio, poco más de un mes, y nunca, desde el primer día, me pasó desapercibido. Sin embargo, esa noche me pareció más hombre que nunca, más gallardo, más apuesto. Le miré con descaro para llamar su atención. Él reparó en mí y me sostuvo la mirada. Entonces lancé un beso al aire para que lo llevara a sus labios. El galán lo recogió envolviéndolo en un trago largo. Por eso me acerqué y le saqué a bailar, para tenerlo más cerca. Aceptó con una sonrisa y el guiño de un ojo.

....– Te estaba esperando – me dijo al oído.

....Luego, se agarró a mi cintura y me escoltó hasta las baldosas para caminar, muy pegaditos, una milonga de Gardel.

....Entre vueltas y requiebros ocultó las estrellas con su pelo negro. Se apagaron los fanales de Puerto Madero. Ardieron las ascuas de mi rostro cuando me llamó reina mora, cuando dijo que había venido a mi tierra para adorarme. Con un beso me puso en los labios el sabor de la frambuesa y me sacó del antro arrastrándome tras él, ávido de lecho. En un callejón de La Boca enloquecimos y nos arrancamos las ropas desesperados. Él me acarició con ansia. Yo le perfilé con mis besos. Por las esquinas del arrabal llegaba el murmullo de un organillo y, estrangulado entre mis piernas, me lo fui llevando despacito hasta las puertas de la Gloria.

....Al amanecer, recogidos en las sabanas de un hotel barato, le confesé mis honras y pecados. Le hablé de mi infancia miserable en un pueblito de la Pampa. De mi llegada a Buenos Aires con la cabeza llena de sueños, siendo casi una niña. De mis ansias de bailar tango, de cantar tango. De prosperar como Ada Falcón, como Libertad Lamarke. Le conté mi desengaño y mi fuga a Francia, a París, para intentarlo lejos, en la Europa ilusionada de la posguerra. Que también estuve en España, en su tierra; y de nuevo el fracaso. Le dije que antes de partir conocí a Alejo. Que me enamoré de él, de sus malos modos. Que cuando regresé a la Argentina me arrojé a sus brazos. Que desde entonces los hombres pagan por mis besos, por mis caricias... Y yo le pago a él, le entrego la plata para que me proteja, para que no me falte su compañía.

....Suso permaneció callado un instante interminable, eterno, mirándome con ojos tristes. Luego me acarició el pelo, me abrazó con rabia, y me juró que jamás volvería a estar sola; que él cuidaría de mí, que mi plata era mi plata y la suya también. No pude evitar soltar una lágrima cuando le contesté que no era posible, que aquel rufián jamás lo permitiría, que me mataría si se enteraba que andaba con otro.

....Un mes después el guapo estaba muerto, lo encontraron flotando como un leño en la desembocadura del Río de la Plata. Nadie supo quién lo mató, tampoco nadie se preocupó en averiguarlo. Sólo yo, mientras curaba la herida que traía Suso en un costado: un tajo limpio, profundo, – sin importancia – dijo él.

....Ese fue el precio que aquel andaluz cabal pagó para tenerme a su lado.

....– Yo a ti, mi niña, te voy a hacer muy feliz – me juro ante el altar de la Virgen de Luján cuando le dije que quería ser su esposa.

....Hace ya medio siglo de aquello. Pero cincuenta años no es nada cuando se comparten con un hombre de palabra.

ANDRES PORTILLO.Nací en Madrid en 1967. Estoy casado y tengo una hija preciosa que me alegra la vida. He recibido una veintena de premios y menciones, entre ellos: el XVI Premio de Narrativa Villa de El Escorial o “Una imagen en mil palabras - 2007” de la Asociación Cultural ArsCreatio. Desde octubre de 2008 acudo a los cursos de relato del Centro de Poesía José Hierro de Getafe y recientemente he publicado el libro de relatos “Nieve de La Habana”
Blog: http://imaginalebowski.blogspot.com/


ILUSTRACIÓN BY ILKHI CARRANZA

lunes 16 de marzo de 2009

SERGIO C. FANJUL


Ilustración by Lidia Litrán



Filosofía
Por Sergio C. Fanjul (a.k.a. Txe Peligro)

Lo que más me impresionó de la muerte de mi tío César. Las sábanas revueltas. El silencio en su habitación. Le habían sacado en mitad de la noche de aquella cama. A la hora a la que se reparten los periódicos y los panaderos amasan el pan. Y riegan las calles los barrenderos. A esa hora. Aún oscuro. Frío. Húmedo. Y silencioso. Sacaron el cadáver de mi tío. No hubo tiempo de ordenar la estancia. Ni de recoger sus zapatos de piel negra y meterlos en el armario. Uno en cada esquina. Ni de hacer la cama. Y luego las palabras de mi madre. Cuando yo volvía del cole con ganas de comerme una magdalena. Empapada en colacao. Vamos a visitar a la tía Vicen. Sin motivo aparente. Un miércoles que estaba nublado y amenazaba llover. Como siempre.
Y luego toda la familia reunida en el salón de la tía Vicen. Y las sábanas aún revueltas. Gente que no veía desde hacía mil años. O dos mil. Gente que me besaba las mejillas con cariño fingido. Mucha gente. Este niño siempre fue tan callado. Y tan formal. Les veía en bodas, bautizos y comuniones. Me explica mamá que tengo que quererlos. Porque son mi familia. Por eso. Son los que me apoyarán cuando esté viejo. Y triste. Y solo. Quien estará a mi lado. Quien poblará mi casa el día que me muera. Ellos o sus hijos. Verán mis sábanas revueltas. Mis zapatos perdidos. O tal vez no. Aquella gente en aquel salón lleno de fotos de bodas. De bautizos. De comuniones. Fotos de gente sonriente, que veo cada mil años. O dos mil. Y la tía Vicen apareciendo una hora después y forzando una sonrisa como la que muestras cuando te hacen una foto. No como la que pones tras la muerte de tu marido. Cuando has estado un rato antes agarrando la mano de un cadáver entubado con el que una vez te casaste vestida de rojo. Que trataba de decir adiós. O algo parecido. Y que no volverá a agonizar en el sofá delante de la tele. Viendo telebasura. Y yo leyendo una revista de baloncesto americano. Escuchando todo lo que allí se decía. Hundido en uno de aquellos sillones marrones. Donde una vez mi tío me enseñó tres dedos de una de sus manos peludas. Y me explicó lo que significaba la palabra Filosofía. Y yo no entendía nada. Pero me hacía gracia. Y lo recuerdo. Cuando el cáncer ya le había mordido la mayor parte del pulmón. Y tenía el pelo ya blanco y los huesos asomando. Y me daba cien pesetas por visitarle, rebuscadas en un monedero de cuero negro. Y respiraba suave. Como un peluche. Y cada vez hablaba más flojo.


SERGIO C. FANJUL. Nació en 1980 en Oviedo, aunque desde hace algunos años (cada vez más) reside en Madrid, donde se ha licenciado en Astrofísica por la Complutense y ha obtenido el Máster de Periodismo de El País/UAM. Además, ha tenido tiempo de dedicarse a la literatura, colaborando con diferentes panfletos, libelos y revistas literarias. Ha ganado algunos premios, el último el Asturias Joven de Poesía 2008, con el poemario Otros Demonios (Ediciones KRK, 2008). Desde hace muchos años, también cada vez más, mantiene el blog PlanetaImaginario (http://planetaimaginario.blogspot.com/)



viernes 13 de marzo de 2009

MARÍA JESÚS SILVA

MIRADAS

Por María Jesús Silva

Jacinto mira su reloj. Es la hora. Coge una cerveza de la nevera. Se dirige hacia la pequeña ventana del cuarto de estar. Desde allí divisa el parque que queda enfrente. Carla aparece por la esquina opuesta a la ventana y va directamente a los columpios que quedan delante del edificio.

Se sienta sobre el neumático convertido en silla y empieza a balancearse. Atrás y adelante, cada vez un poco más fuerte, cogiendo altura. Se suelta de una mano y quita la pinza que sujeta el pelo dejándolo caer sobre la espalda. Inclina hacia atrás la cabeza y la melena roza el neumático electrizándolo. Jacinto observa. Toma un sorbo de la lata de cerveza que mantiene encerrada en su mano, ni siquiera pestañea. Todo controlado, como siempre, como todos los días desde hace dos meses. Carla se eleva en el aire. Abre las piernas en un movimiento rápido. La falda se levanta por encima de su abdomen y deja ver las bragas blancas, muy blancas, un destello rápido que se clava en la retina de Jacinto. La falda vuelve a su sitio con la gravedad del viento cuando cede el impulso. Y otra vez sube y cae y sube y surgen flases albinos entre sus muslos que relampaguean a la velocidad del neumático. Carla siente calor, tiene las mejillas rojas. Se abre dos botones de su camisa descubriendo un escote largo, terso, inmovilizando unos senos que apuestan por escapar del encaje malva. Y el balanceo va perdiendo fuerza, la melena se va pegando a la espalda, la falda se adhiere a los muslos con la sutileza de un ave al plisar sus alas. Da un salto y se posa en el suelo. Su cuerpo retiene el vaivén del columpio, necesita cinco segundos para tomar conciencia de la tierra. Mira hacia la ventana, espera diez segundos, diez más, da un giro, coloca la pinza en el pelo, recoge su bolsa y se va. Jacinto sabe que ella sabe que le mira. Carla sabe que Jacinto le mira y espera. Carla coge el teléfono y lo retiene en su mano. Jacinto coge su teléfono y lo apaga. Va a la nevera a por otra cerveza. Se sienta frente a la ventana.


MARÍA JESÚS SILVA. Nací en Madrid. Sé muy poco de casi todo. Tengo infinitos defectos y cometo igualmente infinidad de errores. Me atraen los latidos y me apego a ellos con fuerza, me entristezco cuando ya no los siento. Me vuelvo frágil con la gente que me roza el alma. Adoro las palabras, escritas y habladas. Me conmueve especialmente la enfermedad, la violencia en cualquier sentido, el abandono, el dolor en todas sus formas. No me gusta la falta de respeto ni la intolerancia. Admiro la generosidad de las personas que lo dan todo a cambio de nada.
De pequeña volé, quizá por ello conservo la facilidad para elevarme dos centímetros por encima de la realidad, pero me quedó pendiente aprender a aterrizar y suelo estrellarme repetidas veces.
Blog: http://enbuscadeitaca-ada.blogspot.com/



ILUSTRACIÓN by MARCUS VERSUS,

martes 10 de marzo de 2009

MARIO CRESPO

Imagen by Luigi Dante Filólogo, camarógrafo, realizador, fotógrafo, diseñador gráfico pantagruélico, viajero, cuatrero antipoético y perspicaz, admirador de los hombres-orquesta.

Femme Fatal

por Mario Crespo

En la calle A es un tipo cualquiera. Un tipo gordo y cabezón que suda como una fuente. Un hombre poco carismático que padece del estómago y pasa desapercibido.
En la empresa A es un gran ejecutivo. Un jefazo. Un tipo trajeado y elegante que suda como una fuente. Un hombre a quien respetar. De él depende el futuro de muchos y muchos trabajadores.
En la calle y en la empresa B es un pendón. Una de esas femme fatale con las que hay que andar con pies de plomo. No es guapa, pero está buena. B es una de esas mujeres ambiciosas que harían cualquier cosa por ascender. Cualquier cosa.
Durante la cena de empresa B ataca descaradamente a A. B podría tener un príncipe azul, si quisiera, podría tener un madelman, un machito, un modelo… pero quiere follarse a A. A no tiene mucho éxito en la cama, la cama no es trabajo. Pero esta noche B está dispuesta a dárselo.
Durante toda la semana siguiente la relación entre A y B es la comidilla de la empresa. A intenta mostrarse en público como un tipo duro: “A mi no me interesan ese tipo de mujeres. Me la follé y punto”. Pero la gente sabe que no es así, que B tiene la sartén por el mango, que es más importante lo púbico que lo público. Poco después se conformarán como pareja estable.
Ahora B es una gran ejecutiva. A está mucho más gordo y vaga por la calle desaliñado. Suda aún más que antes. Y lo peor de todo es que lo han despedido...
... por bajo rendimiento.


Mario Crespo, nacido en Zamora en octubre de 1979, es licenciado en Historia del Arte y licenciado en Documentación, por la Universidad de Salamanca. Ha completado su formación en La Universidad la Sapienza (Roma) y en el Park College de Leeds (Inglaterra). Actualmente desempeña su labor profesional en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid. A nivel creativo, Mario Crespo ha escrito y dirigido los cortometrajes Odio y Sin título (aún en producción), el mediometraje documental De Cacabelos al Camp Nou y el spot televisivo de la campaña de abonados del FS Zamora. Mario también es columnista colaborador del diario La Opinión de Zamora (Grupo Editorial Prensa Ibérica) y publica regularmente relatos en fanzines, y en revistas literarias. Su novela inédita 5 de copas está pendiente de edición. Es posible seguirlo a través de Internet en su blog: El viento que agita la cebada (http://mariocrespo.blogspot.com), donde da cabida a sus textos, proyectos audiovisuales y noticias varias.

sábado 7 de marzo de 2009

PEPE PEREZA

PEPE PEREZA.
Ex-actor de cine y teatro. Guionista de cine sin éxito (de ocho guiones no he conseguido vender ninguno). Director fracasado de cortometrajes (Aunque me he llevado algún premio la obra no ha superado el paso del tiempo)
Y por último, aprendiz de escritor. (Solo he publicado unos cuantos poemas en una editorial de provincias)



LA MANZANA



por Pepe Pereza



Después de cenar, Mariano se puso a ojear el periódico, todo eran malas noticias: atentado en no sé dónde, guerras por allí, masacres por allá…, en fin, lo de todos los días. Pasó unas cuantas hojas al azar y leyó: Desarticulada una red de pederastas que operaba desde…

–A esos pervertidos habría que castrarlos a todos -dijo con desprecio sin terminar de leer el titular.

–¿Decías algo? - preguntó su mujer desde la otra habitación

–Digo que a los cabrones de los pederastas había que cortarles la polla a todos – contesto él con tono despectivo.

–¿Qué dices de pederastas? – insistió la buena de su mujer.

–Nada, cosas mías –concluyó.

Dejó el periódico a un lado, no quería que se le indigestara la cena. Eligió una de esas revistas del corazón que compraba su mujer. Se paró a leer una entrevista que le hacían a un ex de una cantante que fue famosa en los años setenta y que ahora vivía de pasear sus antiguos éxitos, obesidad y cursilería por todas las televisiones del país. Las preguntas de la entrevista se centraban principalmente en temas esotéricos:

–¿Qué opina usted, sobre los espíritus, el poder de la mente y todo lo esotérico en general?

–Yo no creo en esas chorradas, porque no son más que chorradas. Es más, desconfió de todo aquel que crea en esas mariconadas. Esa gente está vacía y no tienen de qué hablar, por eso se inventan esas cosas. ¿Poder de la mente? ¡Me cago en el poder de la mente! Se empieza con eso y un día te sorprendes a ti mismo mirando fijamente a una manzana mientras intentas hacerla levitar. Toda esa chusma son unos ladrones...

Le jodía reconocerlo, pero él pensaba igual que el ex de la cantante. Le gustaba comer algo de fruta después de cenar, así que casualmente tenía una manzana delante. Sabía que era una tontería intentarlo, pero por probar no perdía nada. Miró la manzana fijamente, concentrándose en su imagen, diciéndose a sí mismo que tenía que moverla con su mente. Así estuvo durante casi un minuto. Cuando estaba a punto de abandonar, entreabrió un ojo. Le pareció verla moverse muy levemente. No estaba seguro, así que lo intentó de nuevo. Se concentró en el centro de la manzana, apretó con fuerza los dientes, cerró los ojos y dijo para sí:

–Te voy a hacer bailar.

Se escuchó un ruido seco, como una pequeña detonación amortiguada. Abrió los ojos, la manzana había desaparecido. No estaba ni encima ni debajo de la mesa. No sabía qué pensar, estaba absorto, apenas podía respirar. De pronto, algo cayó encima de la revista que aún sostenía en sus manos. Era un pegote verdiblanco parecido a la mermelada. Miró al techo y allí estaba. La manzana estaba pegada, mejor dicho, espachurrada junto a la lámpara. Mariano de poco se caga encima. ¿Cómo había llegado la manzana hasta ahí? ¿Habría sido él con su poder mental?... Llamó a gritos a su esposa, que planchaba unas camisas dos habitaciones más allá. Cuando acudió la señora asustada por los gritos de su marido, este le mostró lo que quedaba de la manzana. Le contó cómo había sucedido, le dio todo tipo de detalles: cómo se había concentrado, cómo se le ocurrió la idea, lo de la entrevista, lo del ex de la cantante… Absolutamente todo. La buena señora no se creyó ni una palabra. Simplemente se limitó a mirarle como si estuviera loco sin dejar de recordarle lo caro que salía un pintor, lo estúpido de meterse en gastos inútiles, que buscara trabajo, que estaba todo el día en casa tumbado a la bartola, etc, etc, etc. Seguidamente, le ordenó que subiese a casa del vecino a pedirle la escalera para poder limpiar aquella porquería. De golpe, una idea brilló en su cabeza. Si lo había conseguido una vez ¿por qué no intentarlo de nuevo? Sabía que su amada esposa pesaba mil veces más que la manzana, pero aun así decidió intentarlo. La miró fijamente, dejando su mente en blanco. Concentrándose, apretó con fuerza los dientes y por lo bajinis se dijo:

–Te voy a hacer bailar…


Ilustración de Aída García Corrales : "Una vez Conocí a un hombre creativo y lleno de ideas, pero no sabía qué hacer con ellas..."

miércoles 4 de marzo de 2009

OSCAR SIPÁN

Fotografía by José Naveiras, trillizo donde los haya



CENA PARA DOS
Por Óscar Sipán

Cuando descubrió aquellas fotos, invitó a cenar a su vecina.

Su marido infiel también estaba en la mesa.

En la mesa.


Óscar Sipán (Huesca, 1974) ha publicado cuentos en diversas revistas de ámbito nacional e internacional y ha sido galardonado en numerosos certámenes literarios. Autor de los libros Rompiendo corazones con los dientes (Premio de Narrativa Odaluna 1998, Edisena), Pólvora Mojada (XVII Premio de Narrativa Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal 2003, Diputación de Zaragoza), Leyendario. Monstruos de agua (2004, March Editor), Escupir sobre París (2005, March Editor), Tornaviajes (2006, Tropo Editores), Guía de hoteles inventados (IX Premio de Libro Ilustrado 2007, Diputación de Badajoz) y Leyendario. Criaturas de agua (Libro mejor editado en Aragón 2007, Tropo Editores). En 2008 publicó su último libro de cuentos Avisos de derrota.

lunes 2 de marzo de 2009

LUISA FERNÁNDEZ


Ilustración by Dabiz del Reino © Todos los derechos reservados
Ilustrador, pesimista y representante gráfico de la parte chunga y arrugada de la vida

TELEPATÍA
Por Luisa Fernández


....Mi perro leía la mente.
Teníamos un número en un espectáculo de variedades: “El perro telépata” se llamaba. Todas las noches le ponía un turbante y un chalequito de terciopelo y salíamos a escena. Yo llevaba un frac. Él se paseaba por las mesitas y me decía lo que pensaba el público. Luego, yo lo repetía en voz alta señalando a la persona indicada. Causábamos furor.
....Un día me comunicó su renuncia. Y yo tuve que chantajearlo con la perrera.
....Desde entonces, el muy rencoroso me ha negado la palabra.




Luisa Fernández. Quiero pensar que soy poeta y sé que soy escritora. Más que cuentista, me siento contadora de historias. Con ese ánimo me sumerjo cada día en el teclado e invento una realidad alternativa que me sacuda el polvo de lo cotidiano. Soy vicepresidenta de la asociación literaria EsferadeLetras. He publicado poesía y relato en varias revistas, ganado algunos premios y ahora ando a la busca y captura de algún loco que quiera editar mis trabajos. Tengo dos novelas, una tercera en marcha y un poemario que se están dando de codazos en el cajón. Por si acaso ese loco existe: Luisifr_1@hotmail.com