
miércoles 27 de mayo de 2009
domingo 24 de mayo de 2009
miércoles 20 de mayo de 2009
A IMAGEN Y SEMEJANZA
Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó. Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un trocito de algo, un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga. Dos veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso. A cinco centímetros estaba el palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel abismo de centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga. El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.
BY Mario Benedetti
jueves 14 de mayo de 2009
IMÁGENES I
Hay una habitación estrecha y alargada. La puerta y la ventana se enfrentan como invitando a entrar y salir seguidamente, sin pausa. A la izquierda hay una pequeña cama pegada a la pared. El cabecero de metal descansa en el hueco que la puerta no ocupa. Los pies rozan el marco si la ventana está abierta. Una ventana de madera imposible de cerrar del todo, por donde el aire entra a veces susurrando nanas, a veces un nombre.Debe ser verano. Hace calor. Tampoco se puede saber a ciencia cierta. La ventana está cerrada y algo impide que entre la luz de la calle.
Encima de la cama hay una niña muy pequeña, muy delgada, de pelo corto y oscuro y ojos negros y grandes, hundidos, febriles. Le cuesta mucho respirar. Todo le huele a jarabe de fresa. La falta de aire la mantiene en una especie de sueño ligero. No tiene nada que recordar aun. Tampoco tiene porqué entender nada. Solo es consciente de un espesor que impide que la saliva pueda deslizarse por su garganta. Consciente de una sed dolorosa.
Las paredes están desnudas como la niña y como ella, tienen un color pálido, apagado. Un farolillo rojo del tamaño de una mano, oscila con un movimiento leve e incesante desde un gancho que sobresale de la esquina más cercana.
En algún momento del día o de la tarde o tal vez de la noche, un hombre se acerca muy despacio a la cabecera de la cama. La niña está absorta en las mil formas que la luz roja del farolillo refleja en la pared. Son dibujos imprecisos, desenfocados. Círculos que se abren y se cierran según el movimiento de la luz.
El hombre la mira. No sabe si duerme con los ojos abiertos. No sabe si es consciente de su presencia. No sabe si la fiebre la mantiene en el sopor de un limbo tranquilo e indoloro. Solo se escucha la respiración de ambos y un murmullo lejano que sube de la calle.
La niña intenta decir algo, pero su garganta reseca e hinchada se lo impide. Susurra. Utiliza el poco aire que contienen sus pulmones. El hombre acerca el oído a los labios agrietados. Siente un calor intenso. El fuego que escapa de un cuerpo tan pequeño es como un espejismo.
“No llores abuelo que no me voy a morir”.
TEXTO BY REYES MONJE
ILUSTRACIÓN BY ROSA BORRÁS
miércoles 13 de mayo de 2009
THE MIRROR
lunes 11 de mayo de 2009
domingo 10 de mayo de 2009
ESTILOS DE VIDA

Sobre la arena, a lo largo de toda la playa, la huella de un pie se alterna con una pluma blanca. Pie, pluma, pie, pluma, pie, pluma...
Los pescadores abandonan sus aparejos y se acercan con la cinta métrica.
- Demasiado lejos –dicen.
- Es una zancada imposible –juzgan.
Irremediablemente han de vadear las plumas en el reguero sinuoso que ahora siguen carpinteros, pescadores, panaderos, hasta el alcalde en persona.
El pie es siempre el mismo, el izquierdo.
- No se hunde mucho en la arena –comentan.
- Unos cincuenta kilos –sentencia el alcalde.
- Tampoco es muy alto el sujeto, opinan.
- Gasta un treinta y nueve o cuarenta, como mucho mide un metro cincuenta y cinco –afirma el regidor.
Mientras avanzan, las olas lamen el dibujo de los dedos y antes de que desaparezcan, una anciana moja la punta de goma de su garrota y apretando la pluma la eleva hasta recogerla en su zurrón.
Se acercan al final de la playa, les espera el puerto marítimo, el club náutico, las gorras doradas y los trajes de feria, es otro mundo, sentencian.
La última huella se pierde en el mar. Los hombres forman un círculo mientras dialogan. Surgen teorías, opiniones, puntos de vista...
Nadie contempla a la vieja que a pesar de remangarse las faldas termina empapada, bautizada más allá de sus rodillas.
- ¡Me faltaba una!, grita con la cachaba en alto, mientras surge de las olas como una antiquísima sirena.
- ¡Me faltaba una!- repite mostrando la última pluma de su colección.
La ven traspasando esa línea invisible que divide el pueblo y el mundo. La anciana parece volar hacia el cementerio de yates. El alcalde, picado en su orgullo, toma una decisión y acelerando el paso, sigue a la loca mujer.
Los demás desfilan en procesión, tras su representante, recelosos pero autorizados por el mandatario que les sirve de ejemplo.
Al otro lado de unas cristaleras enormes que se deslizan solas y dejan paso franco a la comitiva, encuentran a la anciana platicando.
- Quiero un vodafone 351- la oyen decir, y enseguida entrega su amasijo de plumas.
Al volverse, la anciana contempla a ese grupo de pardillos que la miran con la boca abierta.
- ¿Qué sabréis vosotros sobre el marketing?, les dice.
Mientras se aleja, de regreso a casa, piensa que ya es hora del puchero y que hay que llamar a la hija.
texto by Miguel Ángel Martin
jueves 7 de mayo de 2009
Revolución de letras

________________A Juan Casamayor y Clara Obligado
El literato ultimaba una novela escrita a ordenador cuando se produjo la revolución.
____Las letras del teclado, comenzando desde los extremos (la cu, la a y la zeta en la izquierda; la pe y la eñe en la derecha), ascendieron en orden por las yemas de sus dedos. Como un veneno disuasor de avance veloz, contaminaron sus venas con la negrura de sus signos, prosiguiendo su discurrir por los antebrazos, los hombros y el cuello, regiones en las que iban depositando palabras completas que fueron engordando su piel hasta conferirle la apariencia de un viejo pergamino sepia. La acumulación de frases y oraciones formaron sobre su carne un libro maldito de sentencias y anatemas, de referencias cruzadas que trató de leer en vano en el papel que era su cuerpo. Pero un hombre no puede ser libro y la tinta clausuró su respiración.
____El literato expiraba en la alfombra, enfermo de literatura y saber, cuando las letras regresaron obedientes al teclado, al acecho de otra víctima.
texto by José Angel Barrueco
image by Igor Heras
El literato ultimaba una novela escrita a ordenador cuando se produjo la revolución.
____Las letras del teclado, comenzando desde los extremos (la cu, la a y la zeta en la izquierda; la pe y la eñe en la derecha), ascendieron en orden por las yemas de sus dedos. Como un veneno disuasor de avance veloz, contaminaron sus venas con la negrura de sus signos, prosiguiendo su discurrir por los antebrazos, los hombros y el cuello, regiones en las que iban depositando palabras completas que fueron engordando su piel hasta conferirle la apariencia de un viejo pergamino sepia. La acumulación de frases y oraciones formaron sobre su carne un libro maldito de sentencias y anatemas, de referencias cruzadas que trató de leer en vano en el papel que era su cuerpo. Pero un hombre no puede ser libro y la tinta clausuró su respiración.
____El literato expiraba en la alfombra, enfermo de literatura y saber, cuando las letras regresaron obedientes al teclado, al acecho de otra víctima.
texto by José Angel Barrueco
miércoles 6 de mayo de 2009
Cuentos Para Hambrientos
lunes 4 de mayo de 2009
DESPERTAR
Hace un segundo estaba dormido y sin embargo tengo la certeza de que la conciencia de su cuerpo estaba tan presente en mí como ahora. Estoy pegado a ella, a su costado y la siento ocupar la cama como un territorio, un poco extendida en diagonal, yaciendo en ella como si fuera su madriguera. Cuando se mueve en sueños se arrastra sobre la sábana produciendo vibraciones en el colchón y me empuja despacio con su cadera. Abro los ojos y dejo deslizar la mirada por la firme columna de su cuello perfecto, me complazco al alcanzar la loma de su hombro delicadamente moteado de pecas, veo en la penumbra cómo la humedad imperceptible de su piel dibuja el contorno de sus pechos y sigo la línea de ese dibujo que sube en una curva leve para formar ese monte coronado en su cima con el fruto rosado de su pezón.Me dejo ir en el placer de contemplarla en silencio mientras la luz empieza a entrar en el cuarto, me abandono en esa degustación. Me parece que sólo yo entiendo ese refinamiento de las formas, esa composición de planos y volúmenes, esa armonía de curvas y elipses, esa contundencia amable en su manera de ocupar el espacio. Hay en su sueño una entrega y al mismo tiempo una seguridad que envidio y amo.
Extiendo la mirada por el declive que baja de su seno, adivino la tenue presión de sus costillas haciendo sitio para el aire nuevo en el calor de su tórax y me elevo en el médano de su cadera. Casi puedo sentir en mi lengua el sabor agridulce de su piel en este límite, en el borde sinuoso que establece dos comarcas, dos reinos. De un lado la perfecta y blanca redondez de una de sus nalgas, la plenitud oronda de sí de una forma que se sabe impecable, cubierta de una levísima pelusa dorada que tiembla apenas en la vibración del aire. Del otro su contraforma, el descenso de una concavidad en ciernes, una parábola de ola en formación, una promesa de vértigo que se desliza hacia una mata de sombra, el montículo de venus, el breve bosque cálido que guarda y contiene todos los secretos, todos los dulzores y los apetitos, esa otra boca suya que sabe gritar en silencio, que se abre al más allá, que conoce el significado de lo que no se puede nombrar, lo que está antes de lo dicho. Me deleito en la inefable fragancia primordial que emana, en el misterioso halo que la circunda como una atmósfera privada. Recorro con mi mirada los pliegues, las cambios de color y de tono, las tenues humedades, la textura y la porosidad casi táctil. Parece haber ahí otra respiración, otro palpitar, una segunda vía de vida. Me cuesta alejarme de este centro magnético pero la dirección que marca su cuerpo me lleva a sus muslos y es entonces que ella cambia de posición, se contonea y recoge un poco sus piernas. Admiro la fuerza elegante, la maciza redondez que es capaz de sostener toda su belleza, la manera sutil en que se afina hacia abajo para confluir en el hueco de la rodilla, la magnífica resolución de esa forma que sintetiza armonía y eficacia y que se prolonga y se resuelve en los gemelos, en la delicadeza del tobillo, en la definición de unos pies deliciosos.
Entonces el colchón vibra de nuevo, ella se mueve un poco más decidida, se pone boca arriba, se estira y se despereza, arquea su espalda y levanta un poco los hombros, gira la cabeza y me mira sonriendo, se sienta en la cama, se pone de pie, comienza a caminar despacio hacia la cocina. Yo me incorporo y voy detrás de ella viendo cómo abre el aire a su paso mientras me dice “Vení monono, vamos a desayunar”. Le adivino los movimientos, la veo —antes de que lo haga— inclinarse al lado de la mesada para servirme el alimento balanceado, para verificar si tengo agua fresca.
texto Carlos Ardohain
imagen by Cristina del Barco
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