lunes 29 de marzo de 2010
VINALIA TRIPPERS: Plan 9.
MÁS INFO: http://vinaliatrippersproyecto.blogspot.com/
COPIPASTEADO DE: http://hankover.blogspot.com/
sábado 27 de marzo de 2010
NARRATIVA /Nº17

Ya está en línea el número 17 de NARRATIVAS. Revista de Narrativa contemporánea en castellano. La revista puede descargarse en la siguiente dirección:
http://www.revistanarrativas.com
http://www.revistanarrativas.com
Este número consta de los siguientes contenidos:
- Ensayo
Cosmomemorias de otro mundo: “Llanto. Novelas imposibles”, por Demetrio Anzaldo González
La visión de la ciudad moderna en “Los pasos perdidos” de Alejo Carpentier, por Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón
Sancho y su renuncia, en el camino a la novela moderna, por Nerea Marco Reus
Yocandra a través del espejo, en la novela “La nada cotidiana” de Zoé Valdés, por Orlando Betancor
Los relatos góticos de Sir Walter Scott: “La habitación tapizada”, por Enrique García Díaz
- Relato
El albañil cósmico, por Carlos Salem
Mi nombre en el google, por Claudia Apablaza
Sexo, cárceles y un soplo en el corazón, por José Antonio Lozano
Tres microcuentos, por Jesús Esnaola
Muñón de cerdo, por Gonzalo Martín de Marcos
obispos, por axel l. krustofski
Hay amores que matan, por Juan Carlos Vecchi
La procesión, por Mari Carmen Moreno
Carlos (el plural), por Sergio Sastre
En el pantano, por José Carlos Nazario
Mujeres como usted, por Lucía Lorenzo
Vaso de bourbon, por Ana Patricia Moya
Lo terminé porque siempre acabo el libro que empiezo, por Daniel Pérez Navarro
Un viaje poco común, por Carlos Montuenga
Como hacen los hombres, por Noel Pérez
Tokio en abril, por Rodrigo J. Gardella
6025, por Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón
M. O. Hoppern, por Ramón Araiza Quiroz
Worm, por Luis Emel Topogenario
Juntos para siempre, por Blanca del Cerro
Correspondencia nicaragüense (V), por Berenice Noir
Tomates podridos, por Andrés Portillo
Sal en sus libros, por María Virginia Ocando
Después, por Gabriela Urrutibehety
La carpa, por Luis Mariano Montemayor
Cirugía Plástica, por Javier Silvela Maestre
Bar, por Giovanni Rodríguez
El secreto del árbol, por Raúl Barrozo
Una historia del Japón, por Carlos Manzano
Ella trabaja en una guardería, por Santiago Eximeno
- Narradores
Norberto Luis Romero
- Reseñas
“La noche de los tiempos” de Antonio Muñoz Molina, por Ághata
“El momento del unicornio” de Norberto Luis Romero, por Luis Borrás
“El viaje del elefante” de José Saramago, por Ághata
“Literatura thantica: búsqueda de una memoria común” de Pablo García Dussán, por Lillyam González
“Espejos” de Eduardo Galeano, por Daniel Orizaga Doguim
“El cuento de nunca acabar” de Carmen Martín Gaite, por María Aixa Sanz
- Miradas
Una mirada al anticlericalismo de Blasco Ibáñez, por Johari Gautier Carmona
Carmen Martín Gaite: el espíritu de superación, por María Aixa Sanz
El sino melancólico del tango, por Gabriel Cocimano
- Novedades editoriales
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martes 23 de marzo de 2010
EL DEBUT DEL CHICO TATUADO
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EL DEBUT DEL CHICO TATUADO, By David González
Entré en la oficina del maestro de perfiles a recoger el sobre que contenía el resultado del reconocimiento médico-laboral que me habían efectuado en los servicios médicos de la empresa quince días antes.
SE ACONSEJA ACUDIR A SU MÉDICO DE CABECERA CON ESTOS ANÁLISIS.
Acudí.
En la sala de espera, dos mujeres daban la lengua:
- ¿Cuánto has adelgazado? -preguntó una.
- Veintiséis kilos -respondió la otra.
- Estás más guapa así.
Oí mi nombre y mis apellidos. Entré en la consulta, me senté, dije:
- He adelgazado nueve kilos en menos de un año.
- Me vas a hacer análisis de sangre y orina.
- ¿Y tú a qué lo achacas? -me preguntó, unos días después, el médico, el mismo.
- A los nervios -le dije.
- ¿Así que tú crees que la causa son los nervios?
- Sí- le dije -. Eso creo. Sí.
- Veamos -dijo.
Pulsó uno de los botones de su interfono:
- ¿Están por ahí los resultados de la analítica practicada a David González?
Estaban. Se los trajeron. Les echó un vistazo por encima.
- Diabetes -me dijo-. Esa, y no otra, es la causa del adelgazamiento.
- ¿Y eso tiene cura? -le pregunté.
- La diabetes es una enfermedad crónica -me contestó.
- ¿Y tendrá que pincharse insulina? -le preguntó la mujer que antepone mis necesidades a las suyas.
- Si no hubiera indicios de acetona, quizá no.
- ¿Pero cuál es la relación de la acetona con la diabetes? -le preguntó ella.
- Cuando aparece acetona significa que la insulina que produce el páncreas no trabaja bien -le dijo el médico-. No depura el azúcar ―explicó―. Entonces, el organismo sustituye esa insulina por otra sustancia, la grasa por ejemplo. De ahí que David haya adelgazado tanto- terminó.
Luego me preguntó:
- ¿Hay antecedentes de diabetes en tu familia?
- Que yo sepa no -le respondí-. Aunque mi madre se puso insulina durante mi embarazo.
- Te voy a preparar un volante para que vayas mañana al hospital -me dijo-. Vas por urgencias.
El bolígrafo con el que garabateaba, de madera, tenía su nombre grabado, en letras doradas, en la pestaña de acero inoxidable.
- ¿Fumas? -me preguntó.
- Sí.
- ¿Cuánto?
- Dos cajetillas al día.
- ¿Fumas porros?
- Alguno, sí. Pero pocos.
- ¿Alguna otra droga?
La realidad era mi droga, recuerdo que decía Cyril Collard.
- ¿El alcohol cuenta?
- Sí.
- Pues entonces alcohol también.
- ¿Y aparte del alcohol?
- A veces esnifo farlopa?
- ¿Cocaína?
- Sí.
- ¿Qué cantidad?
- No sé…Tres o cuatro rayas los fines de semana.
¿Pero a quién pretendías engañar, tío? ¿Al médico o a ti mismo? Sabías de sobra que era raro el finde que bajabas de los dos o tres gramos.
El médico me miró, como si pensara: y qué más.
- Y pastis.
- ¿Éxtasis?
- Sí. En alguna fiesta.
- ¿Tus padres viven?
- Sí - aún no les había matado a disgustos.
- ¿Tienes alguna enfermedad?
- Diabetes - le vacilé.
Levantó los ojos de la mesa, me miró.
- Aparte - me dijo.
- No.
Me firmó el parte de la baja laboral.
- Y no te preocupes -me dijo-. Podrás seguir haciendo una vida normal (ya) y podrás seguir trabajando (sí, también).
Salimos de la consulta, del ambulatorio, y subimos al coche (porque de aquella aún tenía coche). No alcanzaba a comprender todavía, a imaginar siquiera, si finalmente se confirmaba, la importancia de lo que el médico de cabecera acababa de decirme. La gravedad de la dolencia que me había diagnosticado. Ni cómo afectaría a mi vida y a la de todos aquellos con quienes la compartía, en especial a la de la mujer que se desvive por mí.
- ¿Avisaré a mi madre? - le pregunté.
- Espera a mañana -me dijo-. Espera a ver qué pasa mañana, qué te dicen. No la dejes preocupada.
Cuando le di a la llave de contacto, las lágrimas arrancaron a la primera.
- Tranquilo -me dijo ella acariciándome la espalda con ternura-. Tranquilo –repitió-. Deja de llorar. No llores más. Ahora ya sabemos por qué eres tan dulce.
A las nueve en punto de la mañana entregué el volante en la ventanilla de admisión de urgencias del hospital.
Un celador me acompañó hasta una habitación minimalista: una cama diminuta, un armario metálico y una mesa.
- Quítate toda la ropa, menos los calzoncillos, y métela en esa bolsa.
Una bolsa de plástico, como las de la basura, del mismo color.
- Y ponte este camisón.
No sabía cómo se ponía, así que terminé por ponérmelo del revés. Me dejaba al descubierto los tatuajes del pecho: una paloma con una hoja de laurel en el pico y un revólver del calibre cuarenta y cinco.
Entró una enfermera, reparó en los tatuajes.
- ¿Tiene ganas de orinar el chico tatuado? - me preguntó.
- No muchas, la verdad.
- Entonces me veré obligada a ponerte la sonda - dijo.
- De repente me han entrado unas ganas tremendas - dije.
Entró una mujer, médico, endocrino, joven, guapa, saludable. La paloma, en su vuelo, le pasó raspando la cara. El revólver la encañonó.
- ¿Dónde te hiciste eso? - me preguntó.
Es mejor, siempre que sea posible, decir la verdad.
- En la cárcel -le dije.
- ¿Y por qué fuiste allí? -quiso saber.
- Por malo.
- ¿Y estuviste mucho tiempo?
- Tres años.
Entró otra vez la enfermera.
- Vamos a hacerle un electro al chico tatuado - dijo.
Entonces, de repente, reparé en las uñas de mis pies. Con las prisas, los nervios, el madrugón, me había olvidado de cortarlas. Me daba vergüenza, mucha vergüenza, que la enfermera pudiera llegar a pensar que yo era un marrano. La sábana no alcanzaba a taparme los pies. Estaban largas, mis uñas, tan largas que hubiera podido enroscarlas sin ningún problema a los barrotes que había a los pies de la cama. Sin embargo, la enfermera no pareció darse cuenta, o ya estaba acostumbrada, y mi cuerpo se transformó, en apenas unos instantes, en un amasijo de cables, pinzas y parches.
La habitación no tenía puerta. Cortinas. Estaban descorridas. Observé lo que sucedía en el interior del cuarto número seis. Exploraban a una paciente, una chica joven, pelirroja, con aspecto de yonqui. Llevaba puestas unas bragas y un sujetador, a juego con el color de su piel, el blanco. El adjetivo delgado se quedaría corto si me viese en la tesitura de tener que hacer una descripción de su cuerpo. Pero si tuviese que describirlo, diría que estaba consumido. Igual que su rostro. Los pómulos sobresalían tanto que parecían nudillos. Los ojos, en un intento desesperado por escapar de la invasión a que estaba siendo sometida su intimidad, se detuvieron, por unos segundos, en los míos, reconociéndolos, aceptándolos. Su mirada lo decía todo: En manos de extraños, tío, así acabamos. En manos de extraños.
Entró un médico. Se fijó en las tres cicatrices del antebrazo, del siniestro. Puso cara de asco. Pero era humano, el endocrino, sentía curiosidad.
- ¿Y eso? -me preguntó-. ¿Te cortaste?
- Me lo hice en la cárcel con la hoja de una maquinilla de afeitar - le contesté.
- Así que te diste a la mala vida, ¿eh?
- Algo parecido, sí.
- Pues ahora ya se te acabó - dijo, con satisfacción.
Me acordé de Hubert Selby Jr, el escritor estadounidense, de algo que dijo, o escribió: La luna de miel se ha terminado.
- Tienes diabetes de debut, diabetes insulinodependiente -me dijo el medico-. ¿Has venido con alguien? Vamos a dejarte aquí.
En manos de extraños, pensé, y volví la vista hacia el cuarto número seis, pero en el cuarto número seis no había nadie. La chica con aspecto de yonqui, la pelirroja, ya no estaba. Se la habían llevado.
By David González
EL DEBUT DEL CHICO TATUADO
( .Azotes Caligráficos ,2010)
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Entré en la oficina del maestro de perfiles a recoger el sobre que contenía el resultado del reconocimiento médico-laboral que me habían efectuado en los servicios médicos de la empresa quince días antes.
SE ACONSEJA ACUDIR A SU MÉDICO DE CABECERA CON ESTOS ANÁLISIS.
Acudí.
En la sala de espera, dos mujeres daban la lengua:
- ¿Cuánto has adelgazado? -preguntó una.
- Veintiséis kilos -respondió la otra.
- Estás más guapa así.
Oí mi nombre y mis apellidos. Entré en la consulta, me senté, dije:
- He adelgazado nueve kilos en menos de un año.
- Me vas a hacer análisis de sangre y orina.
- ¿Y tú a qué lo achacas? -me preguntó, unos días después, el médico, el mismo.
- A los nervios -le dije.
- ¿Así que tú crees que la causa son los nervios?
- Sí- le dije -. Eso creo. Sí.
- Veamos -dijo.
Pulsó uno de los botones de su interfono:
- ¿Están por ahí los resultados de la analítica practicada a David González?
Estaban. Se los trajeron. Les echó un vistazo por encima.
- Diabetes -me dijo-. Esa, y no otra, es la causa del adelgazamiento.
- ¿Y eso tiene cura? -le pregunté.
- La diabetes es una enfermedad crónica -me contestó.
- ¿Y tendrá que pincharse insulina? -le preguntó la mujer que antepone mis necesidades a las suyas.
- Si no hubiera indicios de acetona, quizá no.
- ¿Pero cuál es la relación de la acetona con la diabetes? -le preguntó ella.
- Cuando aparece acetona significa que la insulina que produce el páncreas no trabaja bien -le dijo el médico-. No depura el azúcar ―explicó―. Entonces, el organismo sustituye esa insulina por otra sustancia, la grasa por ejemplo. De ahí que David haya adelgazado tanto- terminó.
Luego me preguntó:
- ¿Hay antecedentes de diabetes en tu familia?
- Que yo sepa no -le respondí-. Aunque mi madre se puso insulina durante mi embarazo.
- Te voy a preparar un volante para que vayas mañana al hospital -me dijo-. Vas por urgencias.
El bolígrafo con el que garabateaba, de madera, tenía su nombre grabado, en letras doradas, en la pestaña de acero inoxidable.
- ¿Fumas? -me preguntó.
- Sí.
- ¿Cuánto?
- Dos cajetillas al día.
- ¿Fumas porros?
- Alguno, sí. Pero pocos.
- ¿Alguna otra droga?
La realidad era mi droga, recuerdo que decía Cyril Collard.
- ¿El alcohol cuenta?
- Sí.
- Pues entonces alcohol también.
- ¿Y aparte del alcohol?
- A veces esnifo farlopa?
- ¿Cocaína?
- Sí.
- ¿Qué cantidad?
- No sé…Tres o cuatro rayas los fines de semana.
¿Pero a quién pretendías engañar, tío? ¿Al médico o a ti mismo? Sabías de sobra que era raro el finde que bajabas de los dos o tres gramos.
El médico me miró, como si pensara: y qué más.
- Y pastis.
- ¿Éxtasis?
- Sí. En alguna fiesta.
- ¿Tus padres viven?
- Sí - aún no les había matado a disgustos.
- ¿Tienes alguna enfermedad?
- Diabetes - le vacilé.
Levantó los ojos de la mesa, me miró.
- Aparte - me dijo.
- No.
Me firmó el parte de la baja laboral.
- Y no te preocupes -me dijo-. Podrás seguir haciendo una vida normal (ya) y podrás seguir trabajando (sí, también).
Salimos de la consulta, del ambulatorio, y subimos al coche (porque de aquella aún tenía coche). No alcanzaba a comprender todavía, a imaginar siquiera, si finalmente se confirmaba, la importancia de lo que el médico de cabecera acababa de decirme. La gravedad de la dolencia que me había diagnosticado. Ni cómo afectaría a mi vida y a la de todos aquellos con quienes la compartía, en especial a la de la mujer que se desvive por mí.
- ¿Avisaré a mi madre? - le pregunté.
- Espera a mañana -me dijo-. Espera a ver qué pasa mañana, qué te dicen. No la dejes preocupada.
Cuando le di a la llave de contacto, las lágrimas arrancaron a la primera.
- Tranquilo -me dijo ella acariciándome la espalda con ternura-. Tranquilo –repitió-. Deja de llorar. No llores más. Ahora ya sabemos por qué eres tan dulce.
A las nueve en punto de la mañana entregué el volante en la ventanilla de admisión de urgencias del hospital.
Un celador me acompañó hasta una habitación minimalista: una cama diminuta, un armario metálico y una mesa.
- Quítate toda la ropa, menos los calzoncillos, y métela en esa bolsa.
Una bolsa de plástico, como las de la basura, del mismo color.
- Y ponte este camisón.
No sabía cómo se ponía, así que terminé por ponérmelo del revés. Me dejaba al descubierto los tatuajes del pecho: una paloma con una hoja de laurel en el pico y un revólver del calibre cuarenta y cinco.
Entró una enfermera, reparó en los tatuajes.
- ¿Tiene ganas de orinar el chico tatuado? - me preguntó.
- No muchas, la verdad.
- Entonces me veré obligada a ponerte la sonda - dijo.
- De repente me han entrado unas ganas tremendas - dije.
Entró una mujer, médico, endocrino, joven, guapa, saludable. La paloma, en su vuelo, le pasó raspando la cara. El revólver la encañonó.
- ¿Dónde te hiciste eso? - me preguntó.
Es mejor, siempre que sea posible, decir la verdad.
- En la cárcel -le dije.
- ¿Y por qué fuiste allí? -quiso saber.
- Por malo.
- ¿Y estuviste mucho tiempo?
- Tres años.
Entró otra vez la enfermera.
- Vamos a hacerle un electro al chico tatuado - dijo.
Entonces, de repente, reparé en las uñas de mis pies. Con las prisas, los nervios, el madrugón, me había olvidado de cortarlas. Me daba vergüenza, mucha vergüenza, que la enfermera pudiera llegar a pensar que yo era un marrano. La sábana no alcanzaba a taparme los pies. Estaban largas, mis uñas, tan largas que hubiera podido enroscarlas sin ningún problema a los barrotes que había a los pies de la cama. Sin embargo, la enfermera no pareció darse cuenta, o ya estaba acostumbrada, y mi cuerpo se transformó, en apenas unos instantes, en un amasijo de cables, pinzas y parches.
La habitación no tenía puerta. Cortinas. Estaban descorridas. Observé lo que sucedía en el interior del cuarto número seis. Exploraban a una paciente, una chica joven, pelirroja, con aspecto de yonqui. Llevaba puestas unas bragas y un sujetador, a juego con el color de su piel, el blanco. El adjetivo delgado se quedaría corto si me viese en la tesitura de tener que hacer una descripción de su cuerpo. Pero si tuviese que describirlo, diría que estaba consumido. Igual que su rostro. Los pómulos sobresalían tanto que parecían nudillos. Los ojos, en un intento desesperado por escapar de la invasión a que estaba siendo sometida su intimidad, se detuvieron, por unos segundos, en los míos, reconociéndolos, aceptándolos. Su mirada lo decía todo: En manos de extraños, tío, así acabamos. En manos de extraños.
Entró un médico. Se fijó en las tres cicatrices del antebrazo, del siniestro. Puso cara de asco. Pero era humano, el endocrino, sentía curiosidad.
- ¿Y eso? -me preguntó-. ¿Te cortaste?
- Me lo hice en la cárcel con la hoja de una maquinilla de afeitar - le contesté.
- Así que te diste a la mala vida, ¿eh?
- Algo parecido, sí.
- Pues ahora ya se te acabó - dijo, con satisfacción.
Me acordé de Hubert Selby Jr, el escritor estadounidense, de algo que dijo, o escribió: La luna de miel se ha terminado.
- Tienes diabetes de debut, diabetes insulinodependiente -me dijo el medico-. ¿Has venido con alguien? Vamos a dejarte aquí.
En manos de extraños, pensé, y volví la vista hacia el cuarto número seis, pero en el cuarto número seis no había nadie. La chica con aspecto de yonqui, la pelirroja, ya no estaba. Se la habían llevado.
By David González
EL DEBUT DEL CHICO TATUADO
( .Azotes Caligráficos ,2010)
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miércoles 17 de marzo de 2010
RECIBE NUESTRA REVISTA POR CORREO

Manda un e-mail a revistaoldenvio@gmail.com .Nos pondremos en contacto contigo y en un tiempo prudente tendrás en tu casa el pedido. 5€ por ejemplar + 2€ gastos de envío por ejemplar.
(envios por correo postal ordinario). Sólo para la península.
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martes 16 de marzo de 2010
propuesta de vagamundos

Hola amigos.
El motivo del presente correo es el de invitaros a participar en un libro
ilustrado de microrelatos, bien con un texto o una ilustración, cuya hilo
argumental serán las parafilias.
Para que os hagais una idea mejor seguid los siguientes enlaces, unos de
la Colección Vagamundos y otro del proyecto en sí.
El motivo del presente correo es el de invitaros a participar en un libro
ilustrado de microrelatos, bien con un texto o una ilustración, cuya hilo
argumental serán las parafilias.
Para que os hagais una idea mejor seguid los siguientes enlaces, unos de
la Colección Vagamundos y otro del proyecto en sí.
Espero que os guste la idea y que podamos contar convuestra participación.
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martes 9 de marzo de 2010
Muhsin Al-Ramli, según Manu Espada, en TRES ROSAS AMARILLAS 02/03/10

Nació en Irak el 7 de marzo de 1967. Poeta, novelista, dramaturgo, narrador, periodista y traductor. Licenciado en Filología Española por la Universidad de Bagdad, 1989. Doctorado en Filosofía y Letras y Filología Española, por la Universidad Autónoma de Madrid
La presentación del segundo número de la revista "Al otro lado del espejo" en Tres Rosas Amarillas fue una buena oportunidad para conocer a los artífices de la misma y a otros autores. Me tocó leer el primero, así que tuve tiempo para relajarme y escuchar tranquilamente a los otros seis cuentistas que leyeron sus textos. Precisamente, el que más llamó la atención fue el único que no leyó su cuento, porque según él era demasiado largo y no quería aburrir, así que nos lo contó. Su nombre es Mushin Al-Ramli, un iraquí que desertó de la guerra de Kuwait. Su relato está basado en hechos reales. Asegura que en la época de Sadam no podían hacer nada, aparte de estar orpimidos estaban aburridos, así que un día se reunieron los amigos para beber y acabaron emborrachando a un burro, primero, y luego a todos los animales del pueblo, que acabaron como locos revolucionando el lugar. Detrás de esta historia está la de otro cuentista que fue ejecutado por escribir un boceto de cuento que no tenía ni título en el que supuestamente se hablaba mal del único partido, y en el que se hablaba de burros. Los jueces no entendieron que se trataba de mera ficción y lo mataron. Mushin dice que en Irak sólo escriben cuentos, nada de novela desde "Las mil y una noche" porque en Irak no tienen tiempo, y todo se vive de una manera intensa que no deja lugar a las distancias largas. El mañana puede ser tu último día y la novela se puede quedar a medias. Nunca había pensado en los cuentos de esa manera. Escribir relatos por miedo a morir pronto, por no dejar una obra inacabada, por ese ansia de vivir de forma intensa. Toda una filosofía de vida, sin duda, la que dejó sobre el tapete este autor. Ahora, ya sabéis, a comprar la revista.
texto by MANU ESPADA en http://manuespada.blogspot.com/
En la imagen Muhsin Al-Ramli visto por Gusi Bejer en: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/6908/Muhsin_Al-Ramli
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En la imagen Muhsin Al-Ramli visto por Gusi Bejer en: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/6908/Muhsin_Al-Ramli
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jueves 4 de marzo de 2010
TRES ROSAS AMARILLAS 02/03/10
Muchas veces arriesgamos y jugamos a la carta más alta, y no nos damos cuenta de los detalles de la apuesta hasta que cada jugador muestra los naipes sobre el tapete, y es entonces cuando nos percatamos, normalmente acompañados de un sudor frío, de deque el juego de los demás fue conservador, y tú acertaste en la intuición, al limite, pero acertaste. La partida está en tus manos, el riesgo sigue en el alma, pero tú decidirás seguir, o retirarte. Aceptas el reto. Continuas. Nos seguiremos mirando a los ojos. Buscaremos la mueca. Apostaremos fuerte. Por ahora nos acompaña el comodín de la fortuna. Afuera hace una hermosa noche nublada, las gotas de una fina lluvia se posan en las hojas de los árboles cercanos a la librería. Acabó la función, la gente sale sonriente, su satisfacción son los naipes que componen nuestra jugada.
Miguel Ángel Marti, Gsús Bonilla, Luís Morales
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