viernes 30 de abril de 2010

DILE A MANDY QUE LA QUIERO / By Lola B.Gallardo

DILE A MANDY QUE LA QUIERO
Mandy, mi querida Mandy, mi vida Mandy, mi porcelana, mía.... Miro las estrellas, añoro tu risa, te amo y puedo imaginarte sorprendida de verme después de tanto tiempo.
El turno de visita hoy acaba pronto; al cabo de un rato se escucha el ruido seco de las puertas de acero al cerrarse y yo te sigo amando unos tres o cuatro minutos más, con un amor acompasado y fuerte en mi mano derecha y entonces me corro. No tengo papel ni un trapo para limpiarme. Deberías estar a mi lado, Mandy; me limpiarías cálidamente. Claro, tú siempre sabes que hay que hacer. Pero no estás…
Tú estás fuera. En cualquier parte y yo aún sigo viéndote en la vieja caravana de tu tío Nelson ¿Sigues allí? ¿Te arrodillas también para él? Estás esperando la paga semanal con ansia y por pasta serías capaz de cualquier cosa. Puedo verte así, vuelta de espaldas, enjuagando los platos del desayuno, sólo que ahora una leve brisa te inquieta, te giras y, por fin, me ves…No se te acaba de pasar la sorpresa: Te cojo la cara sin dejarte reaccionar, puedo besarte y jadear sobre tu cuello y ver como tus ojos suplicantes me piden que no lo haga, “por favor”, te oigo decir, “por favor mi vida, no, no “ y un instante después dejas de latir entre mis brazos. En ese momento toda mi tensión se calma pero tú ya no puedes verlo, eres incapaz de sentirlo. Te estas desangrando sobre tu pecho adolescente, níveo y todo huele a sangre, mi niña Mandy. Yo no había pensado en el olor, pero todo huele a sangre y a humedad y a mierda. Sobre todo huele a mierda. La puta caravana de tu tío Nelson huele a mierda milenaria de gato. Tú vida últimamente huele orín de gato, a bacalao y a brevedad.
Es siempre igual. Siempre. Puedo imaginarte en mil lugares. Algunas veces yo entro, echo unas monedas, la cortina se descorre y bailas para mi. Yo te recuerdo rubia como el sol de primavera, suave, fresca, y te veo a la salida de la escuela elemental con tu pantalón vaquero y aquella camisa de cuadros con sabor a lavanda. Porque tu ropa sabía siempre a lavanda. Aún escuchas la cantinela, Mandy: “Amanda sabe a lavanda…”, y a besos de cualquiera…Yo recuerdo muy bien esa camisa, demasiado bien.... No consigo olvidar el día en que al toser reventaron los botones. Todos reímos Mandy, todos los niños de la primera a la última banca rieron y aquel negro callejero clavó su mirada en la ventana. Se pegó a la ventana, Mandy y por su sucia cara de negro caía el agua de las gotas de Abril, el agua oscura que el Señor nos envía para limpiarnos de los pecados, Mandy. Después nos quedamos con la boca abierta al ver que te derramabas, desbordada, hacia delante y tu voluntad cedía, sin más, sometida a la ley de la gravitación universal: la masa, el peso, la atracción fatídica de la fuerza de la gravedad, de la gravedad de ciertas cosas. Eso era muy grave: Mandy, muy grave. El reverendo te hubiera castigado con unos buenos azotes si te hubiese visto tan crecida y sin sujetador. Las chicas decentes no tientan a los jóvenes granjeros del sur, no se muestran a los negros como si no importase la ley de Dios. Eso sólo lo hacen las zorras y tú no eres una zorra o ¿tal vez si, Mandy? ¿Eres una zorrita caliente encerrada en la cabina de un sex shop? ¿Una zorrita que baila al abrigo de la lluvia y se pasa una boa de plumas por la entrepierna y se acaricia entera a cuatro patas, se relame y se contonea al ritmo de una música de mierda? Todo en tu vida es una puta mierda, Mandy. No me lo niegues
¿Qué estas haciendo ahora que me tienes lejos y encerrado? ¿Bailas por unas cuántas monedas tal y como yo te imagino? ¿Te desbordas en un garito oscuro? ¿Para otros? ¿Para quiénes? ¿Para cuántos? ¿También se lo haces a algún negro o algún poli? Así te dejan tranquila y no te preguntan más por mi o ¿prefieres hacértelo con algún seboso?
Dímelo Mandy, dime que sólo dejas que te toque yo. Ten piedad y dímelo. Llámalo caridad cristiana Mandy, tú siempre tan caritativa con todos menos conmigo. Pero yo te amo, te amo sin consuelo y después de desearte en soledad siempre puedo ver como dejas de latir entre mis brazos. Es inevitable. Me derramo en un hilo de humedad caliente y al rato ya no veo nada más…
Dicen que estoy mejor y que saldré pronto de este agujero, entonces iré a por ti. Te rescataré de los besos lascivos de miles de hombres, todos esos hombres a los que excitas detrás del mostrador de la heladería de la esquina. ¿Vainilla, nata chocolate? ¿Qué importa eso, Mandy? Ellos sueñan con derretirte bajo sus manazas ajadas por años de trigo y el terrible aburrimiento de las tartas de arándanos de sus esposas. Estás de suerte, Mandy. Yo entraré allí mientras tractores y camionetas pasan de vuelta a casa oliendo a heno, a rutina, a la espera del perdón de los pecados, de la bendición de los dones del Señor y el fin de los días. Yo te libraré de todos los males, Mandy. Te abrazaré de espaldas, te taparé los ojos con mis manos nerviosas y me escucharás decirte: “Te quiero, te quiero con pasión, te deseo como un hombre con un ardor erecto, desolado, firme…” Te palparé entera, morderé tus labios carnosos y violáceos. Sentiré como te resistes y será inútil. Un temblor de tierra nos abrasará, me abrasará pero no podré evitarlo, no tendré piedad de tus lágrimas. Me engañas con todos, con tantos, con cualquiera… Debo redimirte. Toda mi tensión se concentra en mis manos que rodean tu cuello y se esfuerzan en no dejarte marchar. Palideces, te agitas y al final dejas de latir entre mis brazos y yo te amo Mandy con delirio, con locura, con un amor de estrépito y trastorno que en cada ensoñación deja de sentir tu latido y al fin respira en paz y sosegado.

By Lola B.Gallardo, Nº1 Al Otro Lado del Espejo


IMPRIME ESTE POST

sábado 24 de abril de 2010

Contártelo, Adela / By Lorenzo Silva

Contártelo, Adela

Necesito contártelo, Adela, aunque tal vez no puedas, aunque tal vez no quieras saberlo. Necesito decirte cómo ha sucedido esta historia que me resisto a creer verdadera, que aún no sé si no estaré soñando.
Vino a mí. No habría podido ser de otro modo. Tú sabes que yo no busco ni buscaría, que mi pacto con la vida, después de lo que nos sucedió, se basaba en no esperar nada y conformarme con que nada viniera. Pero un día, mientras yo andaba a otras cosas, ella acudió.
La primera vez la vi en invierno. Y no te diré que no me atrajo. Pero lo hizo como corresponde que atraigan a un hombre en la cincuentena, y bastante consciente de sus limitaciones de cuerpo y espíritu, las veinteañeras vistosas que se cruza por la calle. La consideré como un ente abstracto, más como una proyección de la idea de belleza que como una belleza tangible. No sólo no me planteé poseerla; ni siquiera lo deseé, porque uno sólo desea realmente las cosas por las que está dispuesto a hacer algún sacrificio, y yo por ella, en aquel momento, no habría arrostrado la más mínima alteración de mi ordenada rutina.
Sólo puedo apuntarte una mínima perturbación, algo que la hiciera singular. Aquel primer encuentro sucedió en una situación poco propicia, en un pasillo, donde su hermana, una de las secretarias, me la presentó mientras yo estaba apurado por otras cuestiones. No creo que la conversación, un simple intercambio de cortesías, durase más de un par de minutos. Pero ella se las arregló para que su mirada se me quedase grabada en la memoria. No estoy acostumbrado a que una mujer que podría ser mi hija me mire de arriba abajo sin ningún recato.
Lo achaqué a alguna clase de rareza, o a una impertinencia que en modo alguno creí necesario reprimir; cuando los años avanzan, uno aprende a no sentirse afectado por la insolencia de los jóvenes. Y supongo que la habría olvidado por completo al cabo de pocos días, de no haber sido porque una semana después recibí en mi casa una carta.
Mi dirección particular, según me contó luego, la encontró a través de su hermana, aprovechando un descuido suyo otro día que fue a recogerla a la oficina. Luego, simplemente, escribió la carta y me la mandó. Un acto que habría podido ser intrascendente. Imaginemos que la carta hubiera sido un anónimo amenazante. O un anónimo mordaz. O un anónimo ofensivo. La habría roto en mil pedazos y me habría olvidado de ella, como he hecho siempre con esa clase de mensajes, sin consecuencia hasta la fecha. Pero no, la carta no era anónima. Se identificaba con su nombre, Nathalie y, por si yo no la recordaba, me indicaba de quién era hermana y cuándo nos habíamos visto. Tras algunas consideraciones sobre mi persona y la impresión que le había causado, me proponía sin mayores circunloquios que nos acostáramos juntos.
Al estupor, como en mí es habitual, sucedió el análisis, al que me apliqué con rigor y sin aspavientos. Podía ser una burla, en cuyo caso lo mejor que podía hacer era ignorarla. Podía ser una oferta seria, en cuyo caso, concluí tras una breve reflexión, debía ignorarla igualmente. No tenía sentido atenderla, y tampoco reaccionar con ira. Era evidente que su hermana le había facilitado ciertas informaciones sobre mí, sobre mi vida y mis circunstancias, y entonces todavía podía sospechar que le hubiera dado mi dirección privada. Pero ni siquiera en caso de que así fuera juzgué útil aplicar ningún castigo. No se puede evitar que la existencia de uno alimente la murmuración ajena, ni cabe impedir que otros tengan acceso a informaciones que uno preferiría mantener reservadas. Nada de eso es grave si no plantea un peligro preciso. No lo percibí en Nathalie, y preferí archivarla como a una lunática demasiado audaz. Pero hice algo que admito incoherente: guardé la carta.
Por qué la guardé, creo que empecé a comprenderlo al recibir la segunda misiva. En ella, mi corresponsal recuperaba una frase que ya había utilizado en la primera, una frase que es cierto que podía parecer una banalidad, incluso una cursilería, pero que no sé por qué escogí leer como una prueba de perspicacia: "Ese desierto limpio y triste que asoma en tu mirada pide a gritos ser habitado". Cuando me tropecé de nuevo con esas palabras, me quedé pensativo. Pero, una vez más, nada hice. Y tal y como había hecho con la primera, guardé la carta.
En los meses siguientes continuaron llegando cartas que leí y guardé sin darles nunca respuesta. La oferta se renovaba en todas (junto a un número de teléfono móvil, siempre el mismo), y en cada una Nathalie me iba contando cosas de su vida, de sus emociones, de sus deseos, incluso de sus melancolías. En resumen, deduzco ahora: se iba construyendo ante mí, sin conocernos ni encontrarnos, como la mujer que esperaba que un día me atrajera tanto como para hacerme sucumbir.
La llamé un día de verano. No me preguntes por qué. No sé si fue simple curiosidad, o cansancio de aquel ritual neurótico, o si de un golpe se juntó una dosis de deseo y otra de imprudencia, las necesarias para aceptar una cita con la hermana de una empleada bajo premisas cuando menos inconvenientes. Nathalie atendió nerviosa el teléfono. Aceptó sin rechistar el lugar y la hora que, casi autoritario, dispuse.
Ése fue mi último acto de poder sobre ella. Porque cuando la encontré, en el lugar estipulado, esperándome aunque yo llegaba con algún minuto de antelación, me causó una conmoción bajo la que todavía me encuentro. Llevaba unos pantalones ceñidos, los hombros descubiertos y una blusa de poco escote, pero lo bastante ajustada como para hacerme sentir el poderío de aquellos pechos que la llenaban hasta comprometer sus costuras. Desde el primer momento, y aunque se la veía insegura e inquieta, el fulgor amarillo de sus ojos se expuso sin pudor a mi escrutinio, y aún más desembarazada se mostró a la hora de hablar de sus sentimientos, sus ensoñaciones, sus fantasías.
Aquella tarde no pasó nada. Quiero decir, ni siquiera la rocé. Pero los dos supimos que la próxima vez que volviéramos a vernos tendríamos que arrojarnos el uno en brazos del otro. Así lo constatamos, en una extraña y ardiente conversación telefónica que tuvimos al otro día.
Y volvimos a vernos. Esta vez ella vino escotada, y con falda, y mis manos tardaron poco en pasearse por sus muslos y buscar acomodo entre sus copiosos pechos de color bronce. Fue entonces cuando le dije, como una broma, que tenía piel de árabe, y ella me respondió que también donde no se veía, y que si quería comprobarlo. Temí el momento de encontrarme desnudo ante ella, después de tantos meses de onanismo compensatorio. Pero cuando desabroché su sujetador y sus pezones oscuros se ofrecieron a mis labios, cuando bajé su tanga gris y su sexo moreno me llamó como la madre de todos los abismos, sentí que mi miembro se afirmaba con una rotundidad antigua y desconocida.
Y así sigue, un mes después, cada vez que su boca ansiosa lo recibe, cada vez que sediento busca él su vientre. La vida es así de excéntrica, Adela: cuando ya no toca, allí donde no debía, viene y estalla.
Aunque estés muerta, espero que lo comprendas. No tengo más remedio que amarla, porque sigo siendo un trozo de vida, absurdo y desvalido. Un trozo de vida que, pase lo que pase, te añora siempre.



de Lorenzo Silva, en el Nº1 de AL OTRO LADO DEL ESPEJO



IMPRIME ESTE POST

jueves 22 de abril de 2010

UN AÑO DE AL OTRO LADO DEL ESPEJO

Hace aproximadamente un año que este proyecto de locos llamado "Al otro lado del espejo" dio sus primeros pasos. Pasa el tiempo, sí, pero no pasa en balde. Ahora podemos echar la mirada atrás y darnos cuenta de que la idea no era tan descabellada. La Vida Rima puso todas sus energías para sacar esto adelante. El resultado es una revista para cuentistas, un espejo dedicado al relato que ha sido atravesado por un buen número de autores e ilustradores consagrados y noveles, una confabulación artística contra la normalidad y, sobre todo, una prueba fehaciente de que con voluntad y entrega se pueden conseguir grandes cosas.
El balance de este año es claro. Cuatro números; un fantástico "Especial Peques" escrito por y para niños; decenas de miles de visitas a las versiones digitales; unas ediciones impresas deluxe; un blog situado en los primeros puestos de los ranking literarios; incontables adhesiones al manifiesto por el cuento de Esteban Gutiérrez Gómez (semilla de todo lo demás); grandes cantidades de nuevos amigos; y, sobre todo, mucho cuento, muchos cuentos que nos siguen llegando para poblar páginas de futuro. Gracias, gracias a todos.


Nada mejor que una gran fiesta este jueves 22 de abril de 2010 para celebrarlo con todos vosotros. Estaremos en el Tapas y Fotos (c/ Doctor Piga 7, Metro Lavapiés, MADRID) a eso de las 20:30 horas. Allí presentaremos el nº 2 de la revista y dejaremos además el micrófono abierto para aquellos que quieran acercarse con sus microrrelatos y regalarnoslos directamente de su voz.
NO. ESTA VEZ NO OS LO PERDÁIS.

Luis Morales en: http://luigidante.blogspot.com/


IMPRIME ESTE POST

martes 20 de abril de 2010

VEN A COMPARTIR CON NOSOTROS EL PRIMER AÑO DE VIDA DE LA REVISTA EN UNA NOCHE GRANDE DE CUENTO

Madrid viejo, mi Madrid de niño, es una oleada de nubes o de ondas. No sé. Pero, sobre todos los blancos y azules, sobre todos los cantos, sobre todos los sones, sobre todas las ondas,
hay un leit motiv:
AVAPIÉS




JUEVES 22 ABRIL 2010, A eso de las 20:30H;
En el “TAPAS Y FOTOS” del Avapiés;
c/ Doctor Piga nº7, Madrid; metro Antón martín, Lavapiés .
BREVE PRESENTACIÓN DEL Nº2 de la Revista AL OTRO LADO DEL ESPEJO,
&
MICRO ABIERTO
para los que tengan algo que contar, ya sabes, traes tu material (máximo 1, A4)
te apuntas, y lo lees.
Os Esperamos.

VISUALIZA EL CONTENIDO EN http://issuu.com/alotroladodelespejo/docs/aolde2 Y SI TE GUSTA, ENCARGA TU EJEMPLAR IMPRESO AQUÍ


Madrid terminaba allí entonces. Era el fin de Madrid y el fin del mundo. Con ese espíritu crítico del pueblo que encuentra la justa palabra, que ya hace dos mil años se llamaba la voz de Dios –Vox populi, vox Dei-, el pueblo había bautizado los confines del barrio. Había las “Américas” y había además el “Mundo Nuevo”. Y efectivamente, aquel era otro mundo. Hasta allí navegaba la civilización, llegaba la ciudad. Y allí se acababa.
Allí empezaba el mundo del as cosas y de los seres absurdos. La ciudad tiraba sus cenizas y su espuma allí. La nación también. Era un reflujo de la cocción de España, de la periferia al centro. Las dos olas se encontraban y formaban un anillo que abrazaban la ciudad. En aquella barrera viva sólo se encontraban los iniciados, la Guardia Civil y nosotros, los chicos. Barrancos y laderas de espigas eternamente amarillas, siempre secas siempre y siempre ásperas. Humos de fábrica y regueros de establos malolientes. Pegujales de tierra aterronada , negra y podrida, arroyos sucios y grietas resecas, árboles epilépticos y espinos y cardos hostiles, perros flacos de costillas en punta, palos de telégrafos polvorientos, con las tazas de cristal rotas, cabras comedoras de papel viejo, botes de conserva vacíos y roñoso, chozas hundidas de rodillas en la tierra. Gitanos con las patillas en hacha, gitanas de falda de colorines manchadas de mugre, mendigos de barba y de piojos espesos, chiquillos todo trasero y todo tripa con los cagajones chorreando en los muslos y el botón del ombligo saliente en la bomba morena de la panza. Se llamaba barrio de las Injurias.
Era el punto más bajo de la escala social que empezaba en la Plaza de Oriente, en el Palacio con sus puertas abiertas a los cascos de plumas y a los cascotes embrillantados , y terminaba en Avapiés, que escupía el detritus final del otro mundo, a las “Américas”, al “Mundo Nuevo”.
Avapiés era, por tanto, el fiel de la balanza, el punto crucial entre el ser y el no ser. Al Avapiés se llegaba de arriba o de abajo. El que llegaba de arriba había bajado el último escalón que le quedaba antes de hundirse del todo. El que llegaba de abajo había subido el primer escalón para llegar a todo. Millonarios han pasado por el Avapiés antes de cruzar la Ronda y convertirse en mendigos borrachos. Traperos, cogedores de colillas y de papeles sucios y de gargajos y de pisotones, subieron el escalón del Avapiés y llegaron a millonarios. Así que, en Avapiés se encuentran todos los orgullos: el haber sido todo y no querer ser nada, el de no haber sido nada y querer ser todo

de Arturo Barea, (la forja) LA FORJA DE UN REBELDE, (debolsillo,2009)

NOTA: Hace unos días mandamos esta información a nuestros contactos y amigos, pero con la particularidad de que la fecha prevista era el JUEVES 15 de ABRIL, por causas ajenas a nosotros ha sido imposible que sea en la misma, rogamos nos disculpéis, y de paso modifiquéis la fecha correcta, que os apuntamos en este post, en vuestras agendas, blogs, etc,etc,,,. Muchas gracias.

NOTA 2:En los mails, también estaba equivocado el autor al que corresponde el estracto del texto que acompaña a la información, y que no es otro, que Arturo Barea, y no "Ramón", de mismo apellido y que se dedica a las artes escénicas.

IMPRIME ESTE POST

IMPRIME ESTE POST