sábado, 31 de diciembre de 2011

El hilo encantado - Un cuento para recibir el nuevo año

En una humilde choza de madera, de las afueras de un pueblo, vivía una viuda de un carpintero con su único hijo llamado Pedro. Era un chico soñador y más aficionado a jugar y a corretear por los campos con Hilda que a estudiar encerrado en casa o en la escuela. En la escuela pensaba: "Tengo ganas de salir, para ir a jugar con Hilda". Jamás estaba conforme con nada y siempre estaba con sus ensoñaciones. En invierno, mientras patinaba en el hielo, deseaba que llegara el verano para bañarse en el río; pero en el verano, deseaba que llegara el otoño para ver como el viento elevaba graciosamente su cometa. 

Una tarde de verano, después de pasear por largo rato bajo el sol, Pedro se quedó profundamente dormido. En el sueño, se le apareció un mago que llevaba en sus manos una cajita de plata, redonda como una pelota, de la que salía un hilo de oro. El mago le dio la cajita diciéndole: "¿Ves el hilo, Pedro? Es el hilo de tu vida. Si quieres que el tiempo pase de prisa, no tienes más que tirar de él. Naturalmente, no podrás contar a nadie tu poder. Pero te advierto que el hilo, una vez sacado, no puede volver a la cajita, y no olvides que el hilo es tu propia vida, así que no lo derroches. Una vez dichas estas palabras, el mago desapareció, dejando a Pedro muy contento con lo que creía ser el mejor de todos los tesoros. Cuando quedó solo, contempló aquella cajita con su diminuto orificio, pero no se atrevió a tirar del hilo de oro. 

Al día siguiente, en la escuela, estaba más distraído que nunca y el maestro le dijo: "A ver, Pedro. Repite lo que acabo de explicar". Como es natural, Pedro no supo qué decir. "Veo que no has prestado la menor atención, así que como castigo copiarás veinte veces la lección de hoy. Entonces, Pedro sacó disimuladamente la cajita y, bajo su pupitre, tiró un poquitín del hilo de oro. Y un momento después el maestro le dijo: "Bien, ya has terminado el castigo, puedes irte". 

Pedro se sentía el más feliz de todos los mortales y, a partir de entonces se divertía continuamente, porque solo tiraba del hilo a la hora de estudiar. Nunca se le ocurría tirar del hilo cuando estaba de vacaciones o cuando estaba con Hilda. 

Pasaron así semanas y meses hasta que un día pensó: "Aunque esté siempre de vacaciones, ser niño es aburridísimo, así que aprenderé un oficio en vez de ir a la escuela y pronto podré casarme con Hilda. Por la noche, tiró mucho del hilo y a la mañana siguiente, se encontró como aprendiz en el taller de carpintero. Durante un tiempo se sintió feliz y no tiraba del hilo más que en determinadas ocasiones, cuando le parecía que tardaba demasiado el día en que cobraba su jornal, entonces tiraba un poquito del hilo y la semana pasaba volado. 

Luego se sintió impaciente, porque quería visitar a Hilda, que se encontraba fuera de la ciudad. Tras largos meses de separación sintió gran alegría al verla, y como no quería vivir ya separado de ella, le dijo: "¿Quieres casarte conmigo? Ya soy un buen carpintero". "Sí, Pedro, acepto". Como estaba en sus posibilidades nuevamente, sin que ella supiera, tiró del hilo, y se vieron marchando al templo para casarse. 

Pero no duró mucho el contento de la feliz pareja. Pedro hubo de incorporarse al servicio militar. Hilda lloraba desconsolada por la separación. "No te aflijas, verás que pronto se pasarán los años". Durante las primeras semanas de cuartel, Pedro no tiró del hilo, recordando las advertencias del mago. Además la vida de militar le resultaba agradable, por la novedad y porque sus compañeros eran muchachos despreocupados y bromistas. Le encantaba al comienzo, salir de campaña, cargar cañones con granadas, y disparar al grito del capitán. También le gustaba recibir las cartas cariñosas de Hilda. Según pasaba el tiempo, la vida en el cuartel empezó a parecerle aburrida, así que tiró de nuevo del hilo y enseguida estuvo en casa. Hilda lo recibió con gran alegría: "¡Estos dos años han pasado como un sueño!". 

"Ya no volveré a tirar más del hilo –se decía a solas–, pues siento que va pasando la edad mas bella de mi vida". Pero a veces olvidaba sus buenos propósitos, y en cuanto se sentía cansado tiraba un poco del hilo, y sus problemas se pasaban enseguida. 

De pronto, un día se dio cuenta de que su madre tenía el pelo blanco y la cara surcada de arrugas. Su aspecto era de una mujer muy fatigada. Pedro sintió remordimiento de haber hecho correr el tiempo con demasiada prisa. El tiempo pasaba rápido, y si tiraba del hilo eliminaba una enfermedad, pero enseguida aparecían otras. Cada día le resultaba más pesado el trabajo. 

Un día le dijo Hilda. "Ya has estado trabajando bastante. ¿Porque no te jubilas?". "Tienes razón, pero siento que todavía no tenemos suficientes ahorros y ya no tengo fuerzas". 

Un día que paseaba apesadumbrado por el campo, oyó pronunciar su nombre: "¡Pedro!". Miró hacia arriba y vio al mago: "¿Has sido feliz?", le preguntó. "No lo sé. La cajita que me diste era maravillosa, nunca he tenido que esperar, y tampoco he sufrido por nada..., pero la vida se me ha pasado como un soplo, y ahora me siento viejo, débil y pobre". "Cuanto lo siento, yo pensé que te sentirías el más feliz de los hombres, al poder disponer de tu tiempo a tu capricho. ¿Puedo satisfacer todavía un deseo tuyo?, ¡el que tú quieras!". "Pues me gustaría volver a vivir toda mi vida, como la viven los demás. Aprender a sufrir me enseñaría a fortalecer mi espíritu y también aprendería a esperar lo bueno y lo malo de la vida con paciencia. Sin conocer el dolor, no podré ser humano y me privaré de comprender a los que sufren". Pedro devolvió al mago la cajita de plata, y en aquel mismo momento quedó profundamente dormido. Al despertar vio con asombro que todo había sido un sueño. Al día siguiente fue a la escuela con muchas ganas de estudiar.


De este cuento circulan varias versiones por internet. Esta la he tomado de "La vida secreta de las pelusas", pues es la más parecida a la que leí en mi infancia en el libro "Leyendas Maravillosas" editado por Fher en 1976 con unas preciosas ilustraciones.

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martes, 27 de diciembre de 2011

El número 4 en 14 Huertas



El próximo 29 de diciembre se presenta el número cuatro de la revista Al Otro Lado del Espejo. Será a las 21 horas en la Asociación Cultural Catorce Huertas que está en la calle Huertas 14, 1º izq. Ext.

¡Os esperamos!

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lunes, 26 de diciembre de 2011

Felices Fiestas, felices cuentos.


Ilustración de Florence Storer para el cuento "The mouse and the Moonbeam", de Eugene Field publicado en Nueva York en 1912 en el libro "CHRISTMAS TALES AND CHRISTMAS VERSE".

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Los ojos negros X- Pedro Antonio de Alarcón





-¿Qué es el MAELSTROOM? -preguntó un grumete muy joven al más viejo marino del buque de Magno de Kimi.

-El MAELSTROOM... -respondió tristemente el anciano- es un remolino del mar, un sumidero de la tierra, un abismo sin fondo, una sepultura abierta por Dios a todos los navegantes en esta parte del Océano. El MAELSTROOM es para un buque lo que la culebra boa para el pájaro: ¡lo mira, lo atrae, lo devora! ¡Es un monstruo que nos enseña ya los dientes, que nos abre ya sus fauces, y que dentro de pocos minutos nos habrá tragado! ¿No lo oyes rugir? Inútiles son las velas, inútil el timón, inútil el remo... ¡Todo es inútil! Ponte de rodillas como yo y reza..., ¡porque el MAELSTROOM es la muerte!

El grumete se precipitó al mar.

Muchos marineros de ambas embarcaciones habían hecho ya lo mismo. Otros se mataban con sus armas. Los menos animosos pedían a sus amigos que les quitasen la vida. ¡De todas las muertes, ninguna horrorizaba tanto como la de ser tragado vivo por el MAELSTROOM!

Magno y Alfonso se miraban en silencio.

Pensaban en Fœdora.

El remolino mugía cada vez con más fuerza... La tempestad había callado... La atracción del sumidero se sobreponía al ímpetu del huracán... El viento parecía allí esclavo del agua.

La mar, negra, tersa, muda, semejante a dura lámina de plomo, formaba una especie de plano inclinado, sobre el cual se deslizaban los dos buques con espantosa velocidad, pegados el uno al otro por la propia fuerza de la corriente.

Aún distaba una legua del oculto abismo; pero no podían tardar ni cuatro minutos en llegar a él.

Los dos nobles, animados de súbito e idéntico pensamiento, arrojaron las hachas lejos de sí, se dieron la mano con solemne religiosidad, y, avanzando unidos a la proa del Finisterre, aguardaron allí la tremenda catástrofe.

Pronto crujieron ambos buques, deshaciéndose el uno contra el otro, comprimidos por la atracción... Abrazáronse entonces ferozmente Alfonso y Magno, como para asegurarse cada uno de que su rival no podría sobrevivirle ni volver a ver a Fœdora..., y un minuto después, los dos enemigos, sesenta hombres más y los destrozados restos del Thor y del Finisterre, una suprema explosión de oraciones, gemidos y blasfemias; todo..., todo se hundió para siempre en aquella espantable sima, apenas señalada los días serenos por una movible corona de leve espuma.


GUADIX, 1883.


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jueves, 22 de diciembre de 2011

Por obra y gracia del desertor - Paloma Hidalgo

-Si tu marido partió a combatir y en esta casa no ha entrado más varón desde hace más de un año, al final vas a conseguir que crea en el Espíritu Santo - decía la madre a la hija al ver crecer su vientre con el paso de los meses.

-En Él o en el fantasma que veo a veces, cuando me levanto a beber, justo delante de tu puerta. Así que cínchate bien, que no se te note, que aquí nadie cree en los fantasmas y desde hace algún tiempo, tampoco en los milagros.

Paloma Hidalgo

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martes, 20 de diciembre de 2011

Redada - Eva Medina Moreno

Íbamos con palos a terminar con el ruido traidor. Vimos a un niño escondido detrás de los contenedores de basura, con un reloj pequeño en su mano.

−Dame el reloj−le dije.

−Es mío, yo lo encontré.

−Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros.Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas.

−¡Libertad, libertad! −gritaban los aliados−. ¡Abajo los relojes, muerte a los relojes, muerte al tiempo!¡Relojes, harpías del tiempo!¡Relojes, harpías del tiempo!
Mis manos se acercaron al niño, hacia sus manos, luego subieron al cuello. El niño gritaba. Rodeé su cuello con suavidad. Gritos más profundos. Las manos se desligaron de la mente, y ya no sabía si presionaba o no. La voz débil de su garganta infantil me contestó. No la escuché, seguí, seguí, hasta oír un cuerpo contra el suelo. Cogí el reloj, lo tiré al suelo y lo pisé, oyendo mi grito:

‒¡Relojes, harpías del tiempo!¡Relojes, harpías del tiempo!


Eva María Medina Moreno

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lunes, 19 de diciembre de 2011

Los ojos negros IX- Pedro Antonio de Alarcón





Era el obscurecer del día siguiente. Reinaba en el mar la más formidable tormenta.

ElThor, montado por Magno de Kimi, y el Finisterre, mandado por D. Alfonso de Haro, estaban acribillados de balas de cañón y de fusil, y tan cerca el uno del otro, que sus bandas se tocaban a veces a impulsos del huracanado viento.

-¡Al abordaje! ¡Al abordaje! -rugían ambas tripulaciones con espantosa furia.

-¡Al abordaje! -gritaron al fin los dos jefes.

Pero la tempestad, que por momentos iba siendo más terrible, impedía el transbordo de los combatientes, hasta que, por último, la propia fuerza del vendaval unió a las dos embarcaciones, se echaron las amarras y comenzó la lucha cuerpo a cuerpo.

Magno y Alfonso se encontraron sobre la cubierta del Finisterre cada cual con un hacha en la mano y ambos heridos.

Iban a acometerse de nuevo en aquel otro género de lid, cuyo éxito podía ser favorable a Magno de Kimi, cuando se oyó un grito horrible, pavoroso, fúnebre, que salía de cien bocas heladas de espanto, y que llegó a estremecer hasta a los dos héroes:

-¡El MAELSTROOM! ¡El MAELSTROOM!

Todos repitieron este siniestro nombre, y todos arrojaron las armas. Ya no había rivales ni enemigos... ¡Ya no había más que sentenciados a una misma muerte, segura, infalible, próxima, que los heriría a todos de un solo golpe, que no dejaría rastro de ellos ni de sus naves, y de que únicamente los bardos tendrían noticia en el mundo!


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jueves, 15 de diciembre de 2011

Microrrelato - Erich A

El joven poeta estaba inspirado, como en trance. Corrió rápidamente a su mesa, escribió el poema más maravilloso jamás escrito, lo quemó y finalmente esnifó sus cenizas.

Cuando le enterraron, aún conservaba esa mueca de felicidad.

Erich A.

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martes, 13 de diciembre de 2011

Sueño de color nicotina - Esteban Brown

Salí a fumar un cigarrillo; lo he intentado varias veces y creí que la última vez lo había logrado, pero aún no puedo dejarlo. Está frio y la noche presenta el aire cargado de lluvia en suspensión, Linda noche para fumar, me dije, mientras buscaba en mis bolsillos el encendedor que parecía nunca encontrar.

Me alejo del bullicio y sigo buscando, Aquí estás, exclamo contento al encontrarlo, mientras mi cigarrillo tambalea subiendo y bajando de la punta de mis labios, como si estuviera ansioso por la proximidad del encendedor y el inicio del rito.

Por fin el fuego chamusca y tuesta el seco tabaco, haciéndolo suavemente quemar; chispea al oído, mientras aspiro la mejor de las bocanadas tibia de sabor. Es una fría noche, y de tan fría que está, yo no creería que pudiera llover si quisiera. Al frio lo siento ahora en mis ojos, como si se congelaran en cada brisa mis lagrimales y quebrara la punta de mi nariz con un filoso cincel al respirar; No, no creo que llueva, pensaba, no por lo menos dentro de estos minutos que disfrutaré del peor de los hábitos que pudiera elegir. O hasta que despierte de este magnífico sueño de un ex fumador.


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lunes, 12 de diciembre de 2011

Los ojos negros VIII - Pedro Antonio de Alarcón





Era la brevísima noche del 25 de Abril.

La aurora boreal abrasaba con su misterioso incendio la lontananza del horizonte.

Hacía un frío espantoso.

En la isla de Langœ reinaba el silencio de las tumbas.

En una ensenada de su costa meridional estaban anclados el Thor, el bergantín de Magno de Kimi, y el Finisterre, la goleta de D. Alfonso de Haro.

Ð-Ð-Ð-Ð-Ð-Ð

En lo más bravo y erizado de aquella costa levántase un dolmen colosal, resto de los altares malditos en que los escandinavos daban a Odín sangriento culto.

La luna, magnífica y resplandeciente en las regiones polares, donde el sol es tan pálido y melancólico asomó por el Sudeste su blanca faz, iluminando el ara abandonada.

A su fulgor viose a dos hombres, sentado el uno sobre el tronco de un pino roto por los hielos, y apoyado el otro en el antiguo dolmen.

Parecían dos blancos fantasmas, dos sombras de las víctimas inmoladas antiguamente sobre aquella peña.

El hombre sentado era el jarl Magno de Kimi.

El que permanecía de pie era D. Alfonso de Haro.

Los dos empuñaban corvo sable marino.

Su anhelosa respiración demostraba la violencia con que habían luchado...

Pero ambos estaban ilesos... No porque sus fuerzas o su habilidad hubieran resultado iguales, sino porque D. Alfonso, más diestro y ágil que el Conde, lo había desarmado ya tres veces, renunciando las tres a su derecho de matarlo.

El combate había sido furioso, tenaz, violentísimo.

-¡Mátame! -gritó Magno la segunda vez que el español hizo saltar de sus manos el sable.

-Yo no quiero que mueras -respondió don Alfonso-, sino regalarte cien veces la vida, para que me respondas en cambio de la de Fœdora, puesto que me has dicho que morirá si tú mueres...

-¡Luchemos otra vez! -replicó Magno.

Y el tercer combate había sido más terrible que los dos anteriores...

¡Pero también inútil! -El ímpetu del noruego siguió estrellándose en la serenidad y en la pericia del español; y cuando volvió a ser desarmado por éste era tal su fatiga, que se tambaleó como un abeto que se derrumba, y exclamó dolorosamente:

-¡Yo me mataré!... ¡Yo me mataré!... ¡¡Me sería insoportable una vida regalada por ti!!

Y fue a reclinarse en el tronco del pino caído, tal como lo hemos visto al salir la luna.

-Me dejaré matar por tu flaca mano, o me mataré yo ahora mismo -díjole a su vez don Alfonso-, si me juras no matar a Fœdora...

-Te juro lo contrario... -respondió el noruego-. ¡Te juro que Fœdora sucumbirá de todos modos! Si yo muero, nadie podrá socorrerla donde la he dejado, y perecerá de hambre. Si tu mueres, iré a matarla, como ya te he dicho... Mátame, pues... ¡Quítame la vida, como me has quitado la honra y la ventura!

-Yo no puedo matarte... -repuso el español-. ¡Pero ni tú matarás a Fœdora, ni Fœdora morirá donde la tienes encarcelada! Corro a mi barco, y con él apresaré el tuyo. Tus marineros me conducirán a precio de oro, o por no morir a manos de los míos, a la prisión de Fœdora, y la libertaré, y será mía para siempre.

-¡Acepto el duelo de tus españoles contra mis escandinavos, de mi raza contra la tuya, de mi bergantín contra tu goleta! -exclamó el jarl de Kimi, levantándose y cogiendo su sable-. Si el infierno te dio una destreza diabólica en el manejo de las armas; si mi corazón y mi brazo han sido impotentes contra tu satánica astucia, ¡no ocurrirá lo mismo en el nuevo combate a que me provocas!... ¡Al mar, Alfonso de Haro! ¡Al mar!

-¡Al mar! -contestó el español tomando el camino de la playa.


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jueves, 8 de diciembre de 2011

Un relato de Yago Arenas

Despierto, estoy desnudo.

Me levanto, reconozco la posición de la puerta y del pasillo. Avanzo. La oscuridad no impide que camine como si mi cuerpo supiese el destino y me lo estuviese ocultando. Entro en una habitación húmeda y cálida. Reconozco, pero no conozco.

Me meto en la bañera. Está fría. Me siento y coloco las manos juntas entre las piernas que mantengo dobladas, unidas y pegadas al pecho. Agacho la cabeza. Una tenue luz nace y me ilumina.

Alzo la cabeza y veo un espejo enfrente de mí. La luz se intensifica lo suficiente para ver mi más fiel reflejo. Tan fiel y verdadero que me aterra, me inunda de pavor. Me revuelvo, me resbalo y cuando intento salir de la bañera, choco.

Choco contra mí, contra mi reflejo.

Durante eternidades o segundos golpeo el espejo. Primero con mis pies desnudos, con los puños, los codos y las rodillas. Golpeo una y otra vez, con todas mis fuerzas, sin pensar absolutamente en nada, como si mi cuerpo pidiese y forzase la salida aun a costa de su integridad, como si esa nueva cárcel me hubiese alejado de toda idea que no fuese encaminada a salir de ella, como si el constante movimiento difuminase mi reflejo y eso lo hiciese más soportable.

Pero el tiempo va haciéndose poco a poco tácito y real y resignado, abrazo la ausencia del más mínimo rasguño, asumo que no siento el dolor que había de aparecer tras los golpes. La fuerza que ejerzo debería partirme las muñecas, pelar mis nudillos, hacerme sangrar. Debería tener todos los dedos de los pies rotos, los tobillos hinchados y las rodillas desencajadas. La impotencia y la rabia recién estrenadas se unen al pánico.Paro la media décima de segundo, que puede ser un siglo, suficiente para clavarme la mirada y estampar mi frente contra mi frente; doy de si las distancias para empujarme e intentar aplastarme la cabeza embestida tras embestida, lado tras lado, punto por punto.

Nada. No entiendo donde estoy, pero tampoco me lo pregunto y eso suma dos incógnitas, no sé de mi madre ni de mi hermana, ni de nadie; sólo siento su existencia lejana, pero en paz, no entiendo mis reacciones, ni el mecanismo de mis pensamientos, me son ajenas las ausencias, no entiendo de donde proviene el miedo, no entiendo. Cierro los ojos y me dejo caer en el fondo de la bañera.

Apenas abro el párpado y levanto la mirada medio palmo, distingo, aun sin verme, la cuádruple imagen de mi figura y bajo de nuevo a refugiarme, así, en esa posición recogida y encogida, el cuarto de mis reflejos me coge la espalda. Siento mi propia mirada juzgándome detrás de mí, impasible y fuerte como lo fuera yo en otro momento. El miedo, el pavor y la rabia mantienen su intensidad, pero no provocan reacciones, se ha forjado una impotencia con el mismo molde que los espejos, inmutables, irrompibles y fijos.


Texto e ilustración: Yago Arenas

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martes, 6 de diciembre de 2011

Nacer - Marilinda Guerrero Valenzuela

Lanzaba al aire la pelota, la lanzó por el maizal, lanzó al aire sus sueños, lanzó al aire su inocencia, lanzó al aire su niñez y así, la lanzaba y lanzaba, cada vez que la lanzaba hacía el amor con él. Se escondían tras el rancho y acariciaban los cuerpos juveniles, tras la escuela jugaban a besarse ciegamente, estudiando sus deseos sin pérdida de tiempo y espacio. Corría a la aldea vecina a buscarlo cuando su familia se la llevó embarazada. Corrió tras el bus cuando él le dijo que migraría al norte. Corrió tras sus sueños de nuevo, corrió tras la pelota, corrió tras el aire, tras la inocencia, tras su niñez, y al encontrarse en medio de su cuarto, con las piernas abiertas, con una sensación de ahogo, y una comadrona recibiendo a su bebé.

Marilinda Guerrero Valenzuela

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lunes, 5 de diciembre de 2011

Los ojos negros VII - Pedro Antonio de Alarcón





Comenzó la primavera en la isla de Loppen. Rompiéronse las cadenas de hielo que tenían amarrado al mar al pie del castillo. Tornaron las aves a aquel cielo. Fluyeron los arroyos. Crecieron fresales en la ablandada nieve.

Magno de Kimi se presentó a su esposa, a quien no había vuelto a ver, y le habló en estos términos:

-No me he atrevido a matarte hasta hoy porque estás criando a tu hijo. Y no he matado a tu hijo porque debo esperar para ello a que sea hombre y pueda defenderse. ¡No en vano soy noble! ¡En algo se han de diferenciar mis acciones de las tuyas! ¡Tú has manchado el nombre que heredaste y el que yo te di!... ¡Yo no debo manchar el mío! Me dispongo a partir en busca de tu cómplice, a quien mataré si Dios no me niega su ayuda. Ni uno solo de nuestros servidores quedará en esta morada... A todos me los llevo en mi bergantín. Te dejo, pues, aquí sola con tu hijo. Clavaré las puertas de hierro que comunican con el exterior y cortaré el puente que une este escollo con la isla de Loppen, de modo y forma que nadie podrá entrar en tu auxilio, ni tú podrás salir a demandarlo. Tienes a tu disposición víveres para seis meses. Si al cabo de ellos no he venido, será señal de que he muerto, y entonces tú y tu hijo moriréis de hambre... Mas si logro volver, te daré a elegir muerte.

Fœdora estrechó al corazón a su hijo y no respondió una palabra.



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domingo, 4 de diciembre de 2011

Convocamos nuestro primer Concurso de Ilustración

El Apocalípsis, ilustrado por Basil Wolverton en 1956.

Como recordaréis, hace poco tuvo lugar el II Certamen de Microrrelatos AOLDE en Facebook y elegimos precisamente el tema del Fin del Mundo. El micro ganador aparecerá publicado en el especial que estamos preparando, pero nos falta una ilustración hecha a propósito.

Por eso hemos decidido convocar un concurso para seleccionar la ilustración que acompañará al relato ganador.

Las bases son sencillas:

- Envíanos una ilustración basada en el texto ganador que aparece al final de esta entrada a nuestro correo:
revista.alotroladodelespejo@gmail.com

- El formato de la imagen debe ser jpg, con un tamaño de 25x22 cm. Puedes enviarlo en baja calidad (72ppp) pero si ganas necesitaremos una versión en alta calidad (300ppp).

- La técnica puede ser la que quieras, blanco y negro o color.

- El plazo de presentación empieza hoy 4 de diciembre y finaliza el 10 de enero.

- Anunciaremos el ganador el día 15 de enero, coincidiendo con el fin del plazo de presentación de relatos para el número especial.

El microrrelato a ilustrar es este:

Sin más... (por Chica Metáfora)

Un escalón, cien escaleras, una cuesta, laberinto de “sies” y “noes”. Manos que se agrietan y espaldas cansadas, sudor que se convierte en esencia en el descansar de la noche oscura. Siete días de una semana simplificados a cinco de trabajo, consumidos al máximo para llegar a disfrutar con delicadeza de la nimiez del fin de semana. Montados en el Planeta mientras se destruye y lo autodestruimos a patadas con los derechos y deberes de nosotros mismos. Pasa, paso, y reposamos. Todo con cheque en blanco, pensando que nada es efímero en el infinito de la edad del mundo. Los titulares hacen poso en las hemerotecas y cerramos el ordenador a las doce; ya sábado. ¿Qué pasará mañana? Pospongo la vida hasta el lunes, no creo que nada cambie, ni de modo, ni de forma, ni de sitio. Repetimos hasta morir.

En la cama, despertar matutino de domingo, en mi egoísmo de humana resentida, donde me huele a dos tostadas y a zumo de naranja recién exprimido, donde el café nos silba desde la cocina y mientras las sábanas abrigan la desnudez, no veo otro fin del mundo que no sea el día que este momento no lo pases conmigo.

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