lunes 30 de mayo de 2011

Las Islas Voladoras I


Capítulo I: La Conferencia.

-¡He terminado, caballeros! -dijo Mr. John Lund, joven miembro de la Real Sociedad Geográfica, mientras se desplomaba exhausto sobre un sillón. La sala de asambleas resonó con grandes aplausos y gritos de ¡bravo! Uno tras otro, los caballeros asistentes se dirigieron hacia John Lund y le estrecharon la mano. Como prueba de su asombro, diecisiete caballeros rompieron diecisiete sillas y torcieron ocho cuellos, pertenecientes a otros ocho caballeros, uno de los cuales era el capitán de La Catástrofe, un yate de 100,000 toneladas.

-¡Caballeros! -dijo Mr. Lund, profundamente emocionado-. Considero mi más sagrada obligación el darles a ustedes las gracias por la asombrosa paciencia con la que han escuchado mi conferencia de una duración de 40 horas, 32 minutos y 14 segundos... ¡Tom Grouse! -exclamó, volviéndose hacia su viejo criado-. Despiértame dentro de cinco minutos. Dormiré, mientras los caballeros me disculpan por la descortesía de hacerlo.

-¡Sí, señor! -dijo el viejo Tom Grouse.

John Lund echó hacia atrás la cabeza, y estuvo dormido en un segundo.

John Lund era escocés de nacimiento. No había tenido una educación formal ni estudiado para obtener ningún grado, pero lo sabía todo. La suya era una de esas naturalezas maravillosas en las que el intelecto natural lleva a un innato conocimiento de todo lo que es bueno y bello. El entusiasmo con el que había sido recibido su parlamento estaba totalmente justificado. En el curso de cuarenta horas había presentado un vasto proyecto a la consideración de los honorables caballeros, cuya realización llevaría a la consecución de gran fama para Inglaterra y probaría hasta qué alturas puede llegar en ocasiones la mente humana.

«La perforación de la Luna, de uno a otro lado, mediante una colosal barrena.» ¡Éste era el tema de la brillantemente pronunciada conferencia de Mr. Lund!



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miércoles 25 de mayo de 2011

Aniversarios - Antonio Romero

Feliz cumpleaños, te dijo engalanada de atenciones de amigas y picardías de viejas comadres. De unas fueron el vestido blanco de estreno, el tocado florecido de jazmines, las sandalias enlazadas en los tobillos y la medallita de la Virgen de Araceli. De las otras heredó ese asomar repentino y a contraluz, ese caminar encelando al viento, y ese mirar de mocita dispuesta a hacerse hembra, cabizbajo y pillo.

Feliz cumpleaños
, repitió la dueña de tu corazón. ¿No me vas a comer a besos? Me cuentan que detrás del baile, en el estanque de las Cañas, al principiar la tarde, que como cumples dieciocho te darán permiso para visitar a tu madre, pero que mañana te llevan otra vez al regimiento, y aquí estoy, sin falta, tal como dije que te dijeran, que yo tengo palabra para usarla y dársela a quien se la quiero dar, y que si no se la di al señorito Ochitos, por mucho que me la viniera a pedir, por algo sería, ¿no? Y ahora tú, después de tantos correos, de tantos voys y vengos, ahí quieto, pasmado, sonriendo a lo medio tonto, como si te hubiera agarrado un mal aire, como si no te gustara la tarta… Algo así murmuró, algo así protestó mimosa mientras se recostaba contra aquel nogal y te invitaba a domingos.

Pero tú, demasiados palos en el riñonar, demasiadas tripas de amigos embarrando trincheras, antes de comértela a besos quisiste cerrar el pico, pensar estatua, y rebañar hasta el último milímetro de aquella celestial aparición. Porque sabías que a ese atardecer, a ese estanque, a ese nogal y a esa diosa innombrable —más tuya imposible— te aferrarías con uñas y dientes cuando el futuro, puto futuro que iguala y a todo lo lindo le saca reversos, reclamara los intereses del empréstito.

Joder, don Carlos, qué bien aprendiste las cuatro reglas del contar.

Y así, hoy, sesenta años después, no reconoces a los dos tipos que te abroncan, te llaman… ¡puto risitas!, ¡viejo pellejo!, ¡que te cagas encima adrede, para fastidiarnos el fútbol!, ¡que te hemos calado!, ¡que no te hagas el loco, ni el ido, ni el traspuesto, que cualquier día se nos hinchan los huevos y ruedas escaleras abajo!, ¡que ya verás lo que nos vamos a reír entonces!… te ponen a caldo a base de collejas, y te empuercan el rostro de tarta decorada con el logo «Valdemoros Ochoa, Residencia de la Tercera Edad».

Pero tú sonríes lejano. En una lejanía a buen recaudo.

Y eso los enoja más.


A don Carlos M. A.
el mejor contador de historias que he conocido

y a los grandísimos cabrones

que JAMÁS pudieron robarle la sonrisa



Antonio Romero

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lunes 23 de mayo de 2011

Un modelo de agricultor


El combate parecía terminado, cuando una última bala -una bala perdida- vino a dar en la pierna derecha de Fabricio. Éste hubo de regresar a su país con una pata de palo.

Al principio mostraba cierto orgullo. Entraba en la iglesia de la aldea golpeando tan fuertemente las baldosas, que se le podría haber tomado por un sacristán de catedral.

Después, ya calmada la curiosidad, durante mucho tiempo se lamentó, avergonzado, y creyó que ya nada bueno podía esperar.

Buscó con obstinación, a menudo como un alucinado, la manera de ser útil.

Y ahora helo allí, en el sendero del humilde bienestar. Sin llegar a despreciar su pierna de carne, siente alguna debilidad por la de madera.

Trabaja por un jornal. Se le asigna una fracción de terreno, y ya puede uno marcharse y dejarlo solo.

Lleva el bolsillo derecho lleno de alubias rojas o blancas, a elección.

Además, el bolsillo está roto; no demasiado, pero tampoco apenas.

Con normal apostura, Fabricio recorre el terreno a todo lo largo y ancho. Su pata de palo, a cada paso, abre un hoyo. Él sacude su bolsillo roto. Caen unas alubias. Él las recubre con ayuda del pie izquierdo y sigue adelante.

Y en tanto se gana honestamente la vida, el antiguo guerrero, con las manos a la espalda y la cabeza erguida, parece que se paseara para recobrar la salud.

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viernes 20 de mayo de 2011

Sorpresa inesperada - Patricia O.

Está ansioso por verla, a pesar del tiempo que llevan juntos aún le late fuerte el corazón cuando la ve.

Hoy decidió sorprenderla en el parque donde se conocieron y escondido tras la estatua que adorna la vieja fuente, ya vacía, la espera.

La ve parada en la esquina esperando el cambio de luz del semáforo para cruzar la calle, sabe que es su costumbre cortar camino por el parque para llegar más rápido a la casa.

Ella mira para todos lados mientras camina hasta el pequeño y vistoso puente que simula cruzar un lago inexistente, se detiene junto al único farol ya encendido y consulta el reloj.

Aprovechando esta distracción, y escondiéndose entre los árboles, se aproxima sigilosamente con una gran sonrisa a la que es su mujer desde hace 10 años y le tapa los ojos…ella le dice el nombre de otro.

Patricia O. (Patokata)

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miércoles 18 de mayo de 2011

Huellas - José Rodríguez Infante

Tan humano es sentirse joven como andar por el mundo reflejando en el rostro el paso del tiempo. Su caminar es pesado, ¿por qué las varices no perdonan o por qué dejó en la cama al hijo que aún hay que mantener? Viste chaqueta de cuero, pantalón de felpa y bufanda de lana reliada al cuello; pasa junto a la falsa acacia y parece tener clavadas cada una de las espinas, que el árbol despliega de forma airosa. ¿Cuánto tiempo hace ya desde que el marido quedó postrado en la silla? Sus manos están descuidadas, pudieran ser las de un varón si las sacásemos de contexto –observándolas lejos del brazo-. ¿Qué quiere decir la radio con eso del día de la mujer trabajadora? Mañana cambian la hora, pero es mentira, al día siguiente volverán a ser veinticuatro y le seguirá faltando una para poder llegar a fin de mes.

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lunes 16 de mayo de 2011

Un relato de Leopoldo Alas "Clarín" (España 1852-1901)

Un candidato

Tiene la cara de pordiosero; mendiga con la mirada. Sus ojos, de color de avellana, inquietos, medrosos, siguen los movimientos de aquel de quien esperan algo como los ojos del mono sabio a quien arrojan golosinas, y que, devorando unas, espera y codicia otras. No repugna aquel rostro, aunque revela miseria moral, escaso aliño, ninguna pulcritud, porque expresa todo esto, y más, de un modo clásico, con rasgos y dibujo del más puro realismo artístico: es nuestro Zalamero, que así se llama, un pobre de Velázquez. Parece un modelo hecho a propósito por la Naturaleza para representar el mendigo de oficio, curtido por el sol de los holgazanes en los pórticos de las iglesias, en las lindes de los caminos. Su miseria es campesina; no habla de hambre ni de falta de luz y de aire, sino de mal alimento y de grandes intemperies; no está pálido, sino aterrado; no enseña perfiles de hueso, sino pliegues de carne blanda, fofa. Así como sus ojos se mueven implorando limosna y acechando la presa, su boca rumia sin cesar, con un movimiento de los labios que parece disimular la ausencia de los dientes. Y con todo, sí tiene dientes, negros, pero fuertes. Los esconde como quien oculta sus armas. Es un carnívoro vergonzante. Cuando se queda solo o está entre gente de quien nada puede esperar, aquella impaciencia de sus gestos se trueca en una expresión de melancolía humilde, sin dignidad picaresca, sin dejar de ser triste; no hay en aquella expresión honradez, pero sí algo que merece perdón, no por lo bajo y villano, sino por lo doloroso. Se acuerda cualquiera, al contemplarle en tales momentos, de Gil Blas, de don Pablos, de maese Pedro, de Patricio Rigüelta; pero como este último, todos esos personajes con un tinte aldeano que hace de esta mezcla algo digno de la égloga picaresca, si hubiere tal género.

Zalamero ha sido diputado en una porción de legislaturas; conoce a Madrid al dedillo, por dentro y por fuera; entra en toda clase de círculos, por altos que sean; se hace la ropa con un sastre de nota, y, con todo, anda por las calles como por una calleja de su aldea, remota y pobre.

Los pantalones de Zalamero tienen rodilleras la misma tarde del día que los estrena. Por un instinto del gusto, de que no se da cuenta, viste siempre de pardo, y en invierno el paño de sus trajes siempre es peludo. Los bolsillos de su americana, en los que mete las manazas muy a menudo, parecen alforjas.

No se sabe por qué, Zalamero siempre trae migajas en aquellos bolsillos hondos y sucios, y lo peor es que, distraído, las coge entre los dedos manchados de tabaco y se las lleva a la boca.

Con tales maneras y figura, se roza con los personajes más empingorotados, y todos le hacen mucho caso. «Es pájaro de cuenta», dicen todos.

«Zalamero, mozo listo», repiten los ministros de más correa. Fascina solicitando. El menos observador ve en él algo simbólico; es una personificación del genio de la raza en lo que tiene de más miserable, en la holgazanería servil, pedigüeña y cazurra. «Yo soy un frailuco -dice el mismo Zalamero-; un fraile a la moderna. Soy de la orden de los mendicantes parlamentarios.» Siempre con el saco al hombro va de Ministerio en Ministerio pidiendo pedazos de pan para cambiarlos en su alea por influencias, por votos. Ha repartido más empleos de doce mil reales abajo que toda una familia de esas que tienen el padre jefe, de un partido o de fracción de partido. Para él no hay pan duro; está a las resultas de todo; en cualquier combinación se contenta con la peor; lo peor, pero con sueldo. Sus empleados van a Canarias, a Filipinas; casi siempre se los pasan por agua; pero vuelven, y suelen volver con el riñón cubierto y agradecidos.

—¿Qué carrera ha seguido usted, señor Zalamero? -le preguntan las damas.

Y él contesta, sonriendo:

—Señora, yo siempre he sido un simple hombre público.

—¡Ah! ¿Nació usted diputado?

—Diputado, no, señora; pero candidato creo que sí.

—¿Y ha pronunciado usted muchos discursos en el Congreso?

—No, señora, porque no me gusta hablar de política.

En efecto: Zalamero, que sigue con agrado e interés cualquier conversación, en cuanto se trata de política bosteza, se queda triste, con la cara de miseria melancólica que le caracteriza, y enmudece mientras mira; receloso, al preopinante.

No cree que ningún hombre de talento tenga lo que se llama ideas políticas, y hablarle a Zalamero de monarquía o república, democracia, derechos individuales, etc., etc., es darle pruebas de ser tonto o de tratarle con poca confianza. Las ideas políticas, los credos, como él dice, se han inventado para los imbéciles y para que los periódicos y los diputados tengan algo que decir. No es que él haga alarde de escepticismo político. No; eso no le tendría cuenta. Pertenece a un partido como cada cual; pero una cosa es seguirle el humor al pueblo soberano, representar un papel en la comedia en que todos admiten el suyo, por no desafinar, y otra cosa es que entre personas distinguidas, de buena sociedad, se hable de las ideas en que no cree nadie.

Zalamero, en el seno de la confianza, declara que él ha llegado a ser hombre público... por pereza, por pura inercia. «Dejándome, dejándome ir, dice, me he visto hecho diputado. Nunca me gustó trabajar; siempre tuve que buscar la compañía de los vagos, de los que están en la plaza pública, en el café, azotando calles a las horas en que los hombres ocupados no parecen por ninguna parte. ¿Qué había de hacer? Me aficioné a la cosa pública; me vi metido en los negocios de los holgazanes, de los desocupados, en elecciones. Fui elector, cazador de votos, como quien es jugador. Cuando supe bastante me voté a mí propio. El progreso de mi ciencia consistió en ir buscando la influencia cada vez más arriba. He llegado a esta síntesis: todo se hace con dinero, pero arriba. Cuanto más arriba y cuanto más dinero, mejor. El que no es rico, no por eso deja de manejar dinero; hay para esto la tercería de los grandes contratos vergonzantes. El dinero de los demás, en idas y venidas que ideaba yo, me ha servido como si fuera mío.»

Mientras muchos personajes andan echando los bofes para asegurar un distrito, y hoy salen por aquí, mañana por los cerros de Úbeda, Zalamero tiene su elección asegurada para siempre en el tranquilo huerto electoral que cultiva abonando sus tierras con todo el estiércol que encuentra por los caminos, en los basureros, donde hay abono de cualquier clase.

Aunque trata a duquesas, grandes hombres, ilustres próceres, millonarios insignes, cortesanos y diplomáticos, en el fondo, Zalamero los desprecia a todos, y sólo está contento y sólo habla con sinceridad cuando va a recorrer el distrito, y en una taberna, o bajo los árboles de una pomareda, ante el paisaje que vieron sus ojos desde la niñez, apura el jarro de sidra o el vaso de vino, bosteza sin disimulo, estira los brazos, y a la luz de la luna, con la poética sugestión de los rayos de plata que incitan a las confidencias, exclama con su voz tierna y ronca de pordiosero clásico, dirigiéndose a uno de sus íntimos aldeanos, agentes, electores, sus criaturas:

—...Y después, si Dios quiere, como otros han llegado, puedo llegar a ministro..., y como no soy ambicioso, juro a Dios que con los treinta mil reales de la cesantía me contento; sí, los treinta mil..., aquí, en esta tierra de mis padres, en la aldea, bajo estos árboles, con vosotros...

Y Zalamero se enternece de veras y suspira porque ha hablado con el corazón. En el fondo es cómo el aguador que junta ochavos y suena con la terriña. Zalamero, el palaciego del sistema parlamentario, el pobre de la Corte de los Milagros..., del salón de conferencias; el mendicante representativo no sueña con grandezas, no quiere meter al país en un puño, imponer un credo.

¡Qué credos!

Ser ministro ocho días, quedarse con treinta mil..., y a la aldea. Es todo lo Cincinnato que puede ser un Zalamero. No quiere ser gravoso a la patria. «Si me hubiesen dado una carrera, hoy sería algo. Pero un hombre como yo, ¿a qué ha de aspirar sino a ser ministro cesante cuando la vejez ya no le consienta trabajar... el distrito?»

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viernes 13 de mayo de 2011

La ciudad dividida - David Vázquez

Surgió de la nada. Aquella mañana de un mes de agosto de 1961 Marie se asomó a la ventana y observó como a unos metros de la puerta de su casa, en mitad de la calle que separaba ambos edificios, alguien había delimitado una nueva frontera. En la brevedad de un parpadeo. ‘Estas cosas surgen sin avisar’ comentaban los transeúntes asustados. Una corriente de nerviosismo recorrió a toda la población a ambos lados.

Ella creyó que era un mal sueño así que, cerró los ojos delante de la ventana y volvió a abrirlos. Y allí seguía aquella vasta extensión de piedra grisácea. Encendió la radio e intentó averiguar cuál era el motivo de semejante acto. Preocupada, bajó corriendo a comprar el periódico. Nunca lo hacía, pero empezaba a estar inquieta. Sabía que todo era consecuencia del clima bélico que se respiraba desde hacía mucho tiempo y que ya duraba algunos años. Sin embargo, ella comenzó a hacerse preguntas: ‘¿Y ahora qué? ¿Podré volver a pasear tranquilamente por las calles? ¿Será posible seguir con las costumbres cotidianas, con los quehaceres diarios como hacer la compra en el barrio? ¿Volveré a ver a Mathias?’

Eran demasiadas preguntas que inundaban su cabeza al tiempo que los soldados tomaban posiciones en las aceras, en los puestos de control – Checkpoint Charlie –, registraban casas y tiendas y extendían el miedo a su paso, al ritmo de sus botas negras golpeando el suelo al unísono. El cielo sobre la ciudad se había vuelto gris con el humo de las detonaciones, de la quema de bienes de muchos vecinos, de la quema de libros y libertades. Y por mucho que todas aquellas personas llorasen no conseguían apagar esos fuegos y no conseguían una respuesta de todo aquello que estaba sucediendo.

Marie empezó a ver como cambiaba su ciudad. Una ciudad que pedía a gritos la ayuda de otros países, pero que tardaría en llegar porque las invasiones y la guerra pillaron por sorpresa a todos. Así se extendía la violencia y cada vez más gente era depositada en campos de concentración o apaleada o saqueada en sus casas o directamente asesinada. Ella procuraba mantenerse ajena a todos los hechos y acudía estrictamente a los actos que, por obligación, no podía eludir.

Durante meses no tuvo noticias de Mathias. Fue incapaz de encontrar un taxi que la llevase al otro lado para poder buscar lo que quedase de él. Pero es que era imposible ver taxis fuera del círculo donde se movían los altos mandatarios del gobierno. Así que llegó un punto en el que abandonó. Y se sumió en noches en las que pensó que había muerto. Que podía estar enterrado en cualquier parte del país y nunca saberlo. Esas noches en las que lloró durante horas hasta que el cansancio vencía su dolor y se dormía. Siempre deseaba que, al menos, lo peor que ocurriese fuese que rehiciesen su vida uno a cada lado del mural gris que dividía algo más que la carretera. El olvido no era la peor de las opciones.

También notó la falta de libertad a su alrededor, echaba de menos saludar al tendero del puesto de frutas y verduras, no volvió a ver al Sr. Schneider, un afable anciano que pasaba las mañanas leyendo la prensa en el banco que había en frente del viejo café y que siempre acababa proponiéndola matrimonio si el condenado Mathias no lo hacía. Todo un galán, con su inseparable sombrero gris y un bastón marrón; de talla y vestimenta impecable. Seguramente en otra época era la mismísima encarnación del Don Juan, como ahora se entiende. Por primera vez estaba viendo como morían de frío en las aceras las gentes de su barrio. Daba igual la condición social de la que fuesen parte, el gélido invierno no perdonaba. Entre la población se volvió a extender un mercado negro de alimentos y Zyklon B. Nadie quería pasar la agonía de morir lentamente.

Poco a poco se fue dando cuenta de que su vida se iba desmoronando, todas sus memorias se rasgaban y vivía en un estado de alerta en el que era imposible recordar las emociones. En la calle la gente gritaba a los soldados rogando una bala en la cabeza, un tiro certero, un billete de ida fuera de aquel infierno. Ya había perdido todas las ilusiones propias de su edad, había perdido: vecinos, amigos, familiares y a su gran amor. Todo se esfumó de la noche a la mañana: sus deseos de prosperar, de crear una familia, de disfrutar de la vida. Sin embargo, paradójicamente, los cementerios seguían igual de llenos. Fue entonces cuando recordó una vieja frase que solía decir su abuelo: ‘La vida es bella, pero el sufrimiento es una forma de vida: los seres humanos siempre sufriremos’.

Se acercó a una esquina del salón, encendió su vieja radio y cogió uno de los vinilos que conformaban su pequeña colección de música. Empezó a sonar Tears de Django Reinhardt. Se sentó en su sillón, tomo un poco de tabaco sobre su mano, sacó un papelillo y se fumó tranquilamente el cigarrillo. Disfrutando cada calada, jugando con cada bocanada de humo, desconectando del horror que reinaba en su vida o lo que quedaba de ella. Desde que fue consciente del cambio sabía que vivir en la ciudad dividida no resultaba fácil. Pero por un momento dejó a un lado todas las preguntas que merodeaban sin cesar por su cabeza, tomo uno de sus libros: “Leyes naturales” de Ryszard Kapuscinski que contenía su poema favorito, ‘Desde que estás’. Algo que la transportaba a los momentos felices de su memoria, esos que tiene y mantiene arrinconados para que no se los roben ni los destrocen. Momentos de felicidad que son necesarios recuperar para mantener la cordura y la esperanza. Aquella noche no hubo nada fuera de su propia burbuja. Ni el sonido de las explosiones derribando las casas de la ciudad en otro ataque aéreo ni los disparos furtivos de media noche mordiendo el pecho de otro inocente que no quiso doblegarse ante la tiranía del régimen. Nada. Y aquella noche, desde hacía mucho tiempo, volvió a sonreír.

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miércoles 11 de mayo de 2011

Esta mañana no - Diego Volianihil

La hipoteca por pagar, la madre por llamar, la cena por organizar y la amante por cumplir. Aun no había puesto un pie en el suelo y ya debía demasiado al día. Cinco minutos más, cinco minutos más. Tardó un rato en despertarse del todo, pero su Blackberry insistía. Lo peor no era la alarma, sino el atasco de emails y mensajes cortos parpadeantes en la pantalla.

Esta vez no encendió la radio como solía hacer, ni preparó el café, ni la ropa. No encendió el portátil para leer superficialmente noticias que no le interesaban para poder luego comentarlas con sus compañeros en la oficina, no. La resaca inesperada le empujó a abrir la ventana, y pudo por fin respirar el aire puro de la ciudad contaminada.

Asomó la cabeza entre arcadas. Se quedó observando desde su séptima altura el parque de abajo. Entre los columpios y la zona canina unos yonkis se acumulaban en los bancos, fumando, bebiendo, tal vez pinchándose.Capitalizaban cada baldosa, cada papelera, de ese cementerio ajardinado diseñado para niños y perros sonrientes. Quiso sentir lástima, pero no pudo. Algo en su tripa subía y bajaba, además del alcohol; la puta envidia. Al menos ellos eran conscientes de que estaban enganchados a algo.

Diego Volianihil


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martes 10 de mayo de 2011

Concursos literarios: del 10 al 22 de Mayo

Hasta el 13 de Mayo
VIII Concurso de Relato Breve del Museo Arqueológico de Córdoba
X Premio Literario “Carlos Casares” de Microrrelato
XX Certamen Literario El Fungible
XXVII Concurso Literario de Narrativa y Poesía “Villa de Benasque”


Hasta el 15 de Mayo
Concurso de Relatos de Viajes 2011
I Certamen de Relato Boxing Day (España)
Quinto Certamen de Relato Corto “SCREAM Cielo Abierto”

Hasta el 22 de Mayo
V Concurso de Relatos Cortos Ciudad de Huesca con la Feria del Libro 2011


Si tenéis información de concursos que no hayamos publicado, dejad un comentario a poder ser con el link a las bases o entidad convocante. Gracias por vuestra colaboración.


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Hoy, en La Buena Vida, Cuento kilómetros, de Mario Crespo


Presentación del libro Cuento kilómetros (EUTELEQUIA,2011) de Mario Crespo

El cineasta Marco Besas presentará el libro, José Ángel Barrueco (escritor), Gsús Bonilla e Israel Cuchillo (poeta) e (escritor) participarán en el acto.

Hoy martes 10 de mayo, a las 20:00 h.
La Buena Vida (c/Vergara nº 10, Madrid)



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lunes 9 de mayo de 2011

Un relato de Rabindranath Tagore (India 1861-1951)

Un hombre libre

Era joven y me sentía fuerte. Aquella mañana de primavera salí de casa y grité:

— Yo estoy a disposición de quien quiera emplearme.

Me lancé al camino empedrado. En aquel mismo momento pasaba el rey, erguido en su carroza, con la espada en la mano y seguido por mil guerreros.

— Te tomo yo a mi servicio –dijo el rey-, y en compensación, te daré parte de mi poder.

Pero yo no sabía qué hacer con su poder. Y lo dejé irse.

— Yo estoy a disposición de todos. ¿Quién me quiere?

En la tarde soleada, un viejo pensativo me paró, y dijo:

— Te tomo para mis negocios. Y te compensaré con rupias sonantes.

Y comenzó a pagarme con monedas de oro.

Pero yo no sabía qué hacer con su dinero. Y me giré hacia otra parte. En la tarde llegué cerca de una casucha. Se asomó una hermosa muchacha y me dijo:

— Yo te tomo y te compensaré con mi sonrisa.

Yo quedé pensativo, preguntándome cuánto dura una sonrisa.
Mientras reflexionaba la sonrisa se apagó, y la niña desapareció en la sombra. Pasé la noche extendido en la hierba. Al amanecer estaba lleno de rocío.

— Yo estoy a disposición… ¿quién me quiere?

El sol brillaba en la arena, cuando vi a un niño que jugaba con tres conchas, sentado en la arena. Al verme levantó la cabeza y sonrió, como si me reconociera.

— Te tomo yo, y a cambio no te daré nada.

Acepté el contrato y comencé a jugar con él. A la gente que pasaba y preguntaba por mí, le respondía.

— No puedo, estoy ocupado. Y desde aquel día, me sentí un hombre libre.

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domingo 8 de mayo de 2011

Participa

¿Escribes relatos? Envíanos tus textos a revista.alotroladodelespejo@gmail.com

Los mejores, además de aparecer en este blog podrán aparecer en la versión impresa. Eso sí, procura que no sea demasiado largo y sobre todo, cuida la ortografía. Estamos deseando leerte.


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miércoles 4 de mayo de 2011

Presentación en La Marabunta

El próximo viernes 6 de Mayo, volvemos a celebrar el relato. Esta vez, nos vamos a La Marabunta, en el corazón de Lavapiés, para que los cuentos sigan respirando más allá de las páginas del libro, concretamente Al Otro Lado Del Espejo, con Talía Luís y Daniel Ortiz (ED.Escalera) y Luís Morales como maestros de ceremonia. Estaremos acompañados por algunos de los autores presentes en la antología, que nos leerán su relato o lo que consideren oportuno para hacer pasar a todos una tarde-noche cuentista: Sonia Fides, Batania, Manu Espada, Iñaki Echarte Vidarte, Estelle Talavera, Ángel muñoz (Voltios), Javier Serrano, Lola B. Gallardo, Alfonso Xen Rabanal, Mayte Sánchez Sempere, Andrés Portillo.




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martes 3 de mayo de 2011

Concursos literarios: del 3 al 15 de Mayo

Periódicamente os traeremos las convocatorias de concursos literarios relacionados con el cuento próximos a finalizar. Trataremos de hacerlo con, como mínimo, una semana de antelación.


Hasta el 6 de Mayo
XVII Certamen Literario Villa de Ermua


Hasta el 13 de Mayo
VIII Concurso de Relato Breve del Museo Arqueológico de Córdoba
X Premio Literario “Carlos Casares” de Microrrelato
XX Certamen Literario El Fungible
XXVII Concurso Literario de Narrativa y Poesía “Villa de Benasque”


Hasta el 15 de Mayo
Concurso de Relatos de Viajes 2011
I Certamen de Relato Boxing Day (España)
Quinto Certamen de Relato Corto “SCREAM Cielo Abierto”



Si tenéis información de concursos que no hayamos publicado, dejad un comentario a poder ser con el link a las bases o entidad convocante. Gracias por vuestra colaboración.

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lunes 2 de mayo de 2011

Un relato de Ryunosuke Akutagawa (Japón 1892-1927)

Kappa

Extrañamente, experimentaba simpatía por Gael, presidente de una compañía de vidrio. Gael era uno de los más grandes capitalistas del país. Probablemente, ningún otro kappa tenía un vientre tan enorme como el suyo. ¡Y cuán feliz se le ve cuando está sentado en un sofá y tiene a su lado a su mujer que se asemeja a una litchi y a sus hijos similares a pepinos! A menudo fui a cenar a la casa de Gael acompañando al juez Pep y al médico Chack; además, con su carta de presentación visité fábricas con las cuales él o sus amigos estaban relacionados de una manera u otra. Una de las que más me interesó fue la fábrica de libros. Me acompañó un joven ingeniero que me mostró máquinas gigantescas que se movían accionadas por energía hidroeléctrica; me impresionó profundamente el enorme progreso que habían realizado los kappas en el campo de la industria mecánica.

Según el ingeniero, la producción anual de esa fábrica ascendía a siete millones de ejemplares. Pero lo que me impresionó no fue la cantidad de libros que imprimían, sino la casi absoluta prescindencia de mano de obra. Para imprimir un libro es suficiente poner papel, tinta y unos polvos grises en una abertura en forma de embudo de la máquina. Una vez que esos materiales se han colocado en ella, en menos de cinco minutos empieza a salir una gran cantidad de libros de todos tamaños, cuartos, octavos, etc. Mirando cómo salían los libros en torrente, le pregunté al ingeniero qué era el polvo gris que se empleaba. Éste, de pie y con aire de importancia frente a las máquinas que relucían con negro brillo, contestó indiferentemente:

-¿Este polvo? Es de sesos de asno. Se secan los sesos y se los convierte en polvo. El precio actual es de dos a tres centavos la tonelada.

Por supuesto, la fabricación de libros no era la única rama industrial donde se habían logrado tales milagros. Lo mismo ocurría en las fábricas de pintura y de música. Contaba Gael que en aquel país se inventaban alrededor de setecientas u ochocientas clases de máquinas por mes, y que cualquier artículo se fabricaba en gran escala, disminuyendo considerablemente la mano de obra. En consecuencia, los obreros despedidos no bajaban de cuarenta o cincuenta mil por mes. Pero lo curioso era que, a pesar de todo ese proceso industrial, los diarios matutinos no anunciaban ninguna clase de huelga. Como me había parecido muy extraño este fenómeno, cuando fui a cenar a la casa de Gael en compañía de Pep y Chack, pregunté sobre este particular.

-Porque se los comen a todos.

Gael contestó impasiblemente, con un cigarro en la boca. Pero yo no había entendido qué quería decir con eso de que "se los comen". Advirtiendo mi duda, Chack, el de los anteojos, me explicó lo siguiente, terciando en nuestra conversación.

-Matamos a todos los obreros despedidos y comemos su carne. Mire este diario. Este mes despidieron a 64.769 obreros, de manera que de acuerdo con esa cifra ha bajado el precio de la carne.

-¿Y los obreros se dejan matar sin protestar?

-Nada pueden hacer aunque protesten -dijo Pep, que estaba sentado frente a un durazno salvaje-. Tenemos la "Ley de Matanzas de Obreros".

Por supuesto, me indignó la respuesta. Pero, no sólo Gael, el dueño de casa, sino también Pep y Chack, encaraban el problema como lo más natural del mundo. Efectivamente, Chack sonrió y me habló en forma burlona.

-Después de todo, el Estado le ahorra al obrero la molestia de morir de hambre o de suicidarse. Se les hace oler un poco de gas venenoso, y de esa manera no sufren mucho.

-Pero eso de comerse la carne, francamente...

-No diga tonterías. Si Mag escuchara esto se moriría de risa. Dígame, ¿acaso en su país las mujeres de la clase baja no se convierten en prostitutas? Es puro sentimentalismo eso de indignarse por la costumbre de comer la carne de los obreros.

Gael, que escuchaba la conversación, me ofreció un plato de sándwiches que estaba en una mesa cercana y me dijo tranquilamente:

-¿No se sirve uno? También está hecho de carne de obrero.

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