viernes 29 de julio de 2011

Escalofríos para el calor


La estábamos esperando. Necesitábamos una buena dosis de terror para combatir el calor del verano. Recién salida de imprenta Vinalia: Trippers from the Crypt,  con el suplemento Masters of Horror. 

80 autores, 80 escalofríos. Más información AQUÍ.


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jueves 28 de julio de 2011

Brillante idea - Patricia O.

Hacía horas que Juan no paraba de calcular, los gastos superaban la cantidad de billetes que serían su sueldo de ése mes.

Las deudas de la familia se habían acumulado desde que le habían quitado el puesto de privilegio que tuviera por años y los hiciera vivir como reyes.

Sólo veía dos posibles soluciones, meterse en un préstamo mediante la hipoteca de la casa que era de sus hijos ó tratar de cobrar algunos de los seguros que tenía contratados.

Pensando en esto se acostó y pensando en esto al otro día partió hacía el trabajo; esa noche, una llamada telefónica le solucionaría el problema a la familia.

El auto de Juan se había estrellado en la carretera, al parecer se había quedado sin frenos; en el correr de unos días los beneficiarios podrían pasar a cobrar la cuantiosa póliza de su seguro de vida.

Patricia O. (Patokata)

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martes 26 de julio de 2011

Concursos literarios

A partir de ahora, publicaremos los concursos de los que tenemos noticia en este formato y trataremos de ir adelantando información con algo más de tiempo. Gracias por vuestro interés y aportaciones.

lunes 25 de julio de 2011

Costumbres de los ahogados


Hemos tenido ocasión de entablar relaciones bastantes íntimas con estos interesantes borrachos perdidos del acuatismo. Según nuestras observaciones, un ahogado no es un hombre fallecido por submersión, contra lo que tiende a acreditar la opinión común. Es un ser aparte, de hábitos especiales y que se adaptaría a las mil maravillas a su medio si se lo dejase residir un tiempo razonable. Es notable que se conserven mejor en el agua que expuestos al aire. Sus costumbres son extrañas y, aunque ellos gustan desempeñarse en el mismo elemento que los peces, son diametralmente opuestas a la de éstos, si se permite expresarnos así. En efecto, mientras los peces, como es sabido, navegan remontando la corriente, es decir en el sentido que exige más de sus energías, las víctimas de la funesta pasión del acuatismo se abandonan a la corriente del agua como si hubieran perdido toda energía, en una perezosa indolencia. Su actividad sólo se manifiesta por medio de movimientos de cabeza, reverencias, zalemas, medias vueltas y otros gestos corteses que dirigen con afecto a los hombres terrestres. En nuestra opinión, estas demostraciones no tienen ningún alcance sociológico: sólo hay que ver en ellas las convulsiones inconscientes de un borracho o el juego de un animal.

El ahogado señala su presencia, como la anguila, por la aparición de burbujas en la superficie del agua. Se los captura con arpones, lo mismo que a las anguilas; el uso de garlitos o líneas de fondo resulta a este efecto menos provechoso.

En cuanto a las burbujas, se puede caer en el error por la gesticulación desconsiderada de un simple ser humano que sólo se halla en el estado de ahogado provisorio. En este caso, el ser humano no es en extremo peligroso y en todo comparable como lo hemos dicho más arriba, a un borracho perdido. La filantropía y la prudencia exigen distinguir dos fases en su salvamento: 1) la exhortación a la calma; 2) el salvamento propiamente dicho. La primera operación, imprescindible, se efectúa muy bien por medio de un arma de fuego, pero hay que estar familiarizado con las leyes de la refracción; en la mayoría de los casos, basta con un golpe de remo. Sólo queda - segunda fase - capturar al objeto por el mismo método que a un ahogado ordinario.

Es raro que los ahogados se desplacen formando bancos, a la manera de los peces. De ello se puede inferir que sus ciencias sociales son aún embrionarias, a menos que se juzgue más simple suponer que su combatividad y valor guerrero es inferior al de los peces. Es por ello que éstos se comen a aquellos.

Estamos en condición de probar que hay un solo punto en común entre los ahogados y los demás animales acuáticos; desovan como los peces, aunque sus órganos reproductores, para el observador superficial, parezcan conformados como los de los humanos. Desovan, a pesar de esta grave objeción: ninguna ordenanza de la prefectura protege su reproducción por la veda momentánea de su pesca.

Corrientemente, un ahogado se vende a 25 francos en el mercado de la mayoría de los departamentos, constituyendo una fructífera y honesta fuente de recursos para la población ribereña. Sería pues de interés patriótico fomentar su reproducción; de lo contrario, a falta de esa medida, sería grave la tentación, para el ciudadano ribereño y pobre, de fabricar ahogados artificiales, igualmente merecedores de la prima, por medio del maquillaje por vía húmeda de otros ciudadanos vivos.

El ahogado macho, en la estación del desove, que dura casi todo el año, se pasea en su desovadora, descendiendo como de costumbre la corriente, la cabeza hacia adelante, la cintura levantada, las manos, los órganos de desove y los pies meneándose sobre el agua. Permanece de buen grado balanceándose entre las hierbas. Su hembra también desciende la corriente, con la cabeza y las piernas volcadas hacia atrás y el vientre al aire.

Así es la vida.


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sábado 23 de julio de 2011

El relato de Raul Garces







En la noche de San Juan las playas aparecian salpicadas de fulgurantes hogueras. Mientras el mar, movido por su naturaleza, preparaba una enorme ola.

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viernes 22 de julio de 2011

El relato de Diana Luz Bravi







Atravesar las hogueras de San Juan (sin quemarse) trae buena fortuna.

Olvidando que lo disfrute o no, la noche de San Juan siempre llega. Algunas veces hay un anticipo, un crepitar azul y persistente en las paredes. Otras, empieza sin introitos, las hogueras rumorean por toda la ciudad, astillan de dorado las arenas. Obsérvese, escudríñese, tome carrera y láncese tan rápido como pueda mientras va despojándose sin más de sus vestidos, tratando de no despertar a las fuerzas del orden. Usted cruzará la hoguera, golpeará alguna puerta y lo recibirán con los brazos abiertos, lo agasajarán, lo colmarán de besos y después de un tiempo algún niño advertirá que usted está totalmente desnudo.

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jueves 21 de julio de 2011

El relato de Elinés Molinar





Deseos cumplidos

Salió de casa radiante con su largo vestido blanco, la sonrisa dibujada en la cara y su cabellera al viento. Más que caminar, parecía que flotaba sobre la arena recorriendo las diferentes hogueras que iluminaban la playa esa mágica noche de San Juan. Entre risas, chispas y alegría, nadie se dio cuenta cuando ella saltó a las llamas con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Cuando finalmente pudieron apagar la hoguera, lo único que encontraron fue una carta de amor fechada un año atrás en el que su amado le prometía volver para estar juntos. Y un artículo de una vieja revista que decía que en la mágica noche de San Juan, el fuego convierte en realidad todos los deseos.

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miércoles 20 de julio de 2011

El relato de Begoña Gamonal Flores






Crepita nuestra hoguera. Y crepitamos en ella.

Crepitan nuestros sueños. Crepitan bajo la inmensidad de las llamas de olor a incienso, desbordando los deseos de la noche.

Con nostalgia , bajo el paraguas de las estrellas y rodeados por las bocanadas de las chispas desprendidas de la ardiente madera, de extintos objetos que ya no pueden cobijarnos, damos los últimos mordiscos de la coca ; algunos trozos desteñidos vuelan y se detienen frente a nuestra mirada, mientras paladeamos los mil y un sabores de fruta, crema y chicharrones acompañados con cava. Regamos de él nuestros labios.

Un año para incinerar, incinerado, con la incerteza del devenir del siguiente, de saber si , de nuevo, el arco iris vendrá tintado de sangre, o esta vez, nos llevará al paraíso multicolor. A nuestro sueño. Dame la mano y bésame, amor. Bajo el rescoldo de los momentos a punto de ser extintos.

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martes 19 de julio de 2011

Concursos literarios del 19 al 31 de Julio

Hasta el 20 de Julio
XIII CERTAMEN DE RELATOS RAFAEL GONZÁLEZ CASTELL

Hasta el 21 de Julio
CONCURSO DE POESÍA Y RLATO DEL AYUNTAMENTO DE LAGUNA DE DUERO
PREMIO A LA CREACIÓN LITERARIA JOVEN “ROBERTO BOLAÑO” (Chile)


Hasta el 26 de Julio
I Concurso de Microrrelatos a través del Micro
XXXVIII CERTAMEN LITERARIO DE CHESTE con motivo de las Fiestas de la Vendimia de 2011


Hasta el 28 de Julio
CONCURSO LITERARIO PREMIO DE RELATOS CAMPO GRANDE

Hasta el 29 de Julio
12º PREMIO LITERARIO SOBRE EL ZAPATO FEMENINO "Luis García Berlanga"
Premio Nacional de Cuento La Cueva 2011
VIII CONCURSO NACIONAL DE NARRATIVA MACEDONIO FERNÁNDEZ (Argentina)
XIII CONCURSO NACIONAL DE LITERATURA Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)


Hasta el 30 de Julio
I CONCURSO BBK LAND DE RELATOS DE VIAJE Y AVENTURA
SEGUNDA EDICIÓN “PREMIO JUAN LUZIAN” de narrativa bonaerense (Argentina)
V CONCURSO LITERARIO ADOLFO BIOY CASARES DE Cuento y Poesía (Argentina)
VI CONCURSO CANDIL LITERARIO DE CUENTOS Y RELATOS
XXX CERTAMEN JUAN ORTIZ DEL BARCO

Hasta el 31 de Julio
2º CONCURSO REGIONAL DE POESÍA Y CUENTO COLECTIVO PARATOPIA 
CONCURSO UN MAR DE PALABRAS
I CERTAMEN DE GÉNERO FANTÁSTICO Descubriendo Nuevos Mundos
I CONCURSO DE CUENTOS “EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA” CARTAGENA 2011 (ESPAÑA)
II CONCURSO PORTADA DE  “Los Cuentos de la Granja”
III CONCURSO DE RELATO HUMORÍSTICO “OCURRENCIAS VARIAS”
Primera Convocatoria miNatura Ediciones
VII PREMIOS ANDRÓMEDA
XII CONCURSO DE CUENTOS “CIUDAD DE MARBELLA”
XV PREMIO MARÍA DE MAEZTU
XXIX CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS  “Los Cuentos de la Granja”
XXXV PREMIO "FÉLIX FRANCISCO CASANOVA" 2011
“DE, PARA, POR…LAS MUJERES DE LA SIERRA DE SEGURA” - MODALIDAD RELATO CORTO

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lunes 18 de julio de 2011

El alma de la máquina


La silueta del maquinista con su traje de dril azul se destaca desde el amanecer hasta la noche en lo alto de la plataforma de la máquina. Su turno es de doce horas consecutivas.

Los obreros que extraen de los ascensores, los carros de carbón, míranlo con envidia no exenta de encono. Envidia porque mientras ellos abrasados por el sol en el verano y calados por la lluvia en el invierno, forcejean sin tregua desde el brocal del pique hasta la cancha del depósito, empujando las pesadas vagonetas, él, bajo la techumbre de zinc, no da un paso ni gasta más energía que la indispensable para manejar la rienda de la máquina.

Y cuando, vaciado el material, los tumbadores corren y jadean con la vaga esperanza de obtener algunos segundos de respiro, a la envidia se añade el encono, viendo cómo el ascensor los aguarda ya con una nueva carga de repletar carretillas, mientras el maquinista, desde lo alto de su puesto, parece decirles con su severa mirada:

-¡Más aprisa, holgazanes, más a prisa!

Esta decepción que se repite en cada viaje, les hace pensar que si la tarea les aniquila, culpa es de aquel que para abrumarles la fatiga no necesita sino alargar y encoger el brazo.

Jamás podrán comprender que esa labor que les parece tan insignificante, es más agobiadora que la del galeote atado a su banco. El maquinista, al asir con la diestra el mango de acero del gobierno de la máquina, pasa instantáneamente a formar parte del enorme y complicado organismo de hierro. Su ser pensante conviértese en autómata. Su cerebro se paraliza. A la vista del cuadrante pintado de blanco, donde se mueve la aguja indicadora, el presente, el pasado y el porvenir son reemplazados por la idea fija. Sus nervios en tensión, su pensamiento se reconcentra en las cifras que en el cuadrante representan las vueltas de la gigantesca bobina que enrolla dieciséis metros de cable en cada revolución.

Como las catorce vueltas necesarias para que el ascensor recorra su trayecto vertical se efectúan en menos de veinte segundos, un segundo de distracción significa una revolución más, y una revolución más, demasiado lo sabe el maquinista, es: el ascensor estrellándose, arriba, contra las poleas; la bobina, arrancada de su centro, precipitándose como un alud que nada detiene, mientras los émbolos, locos, rompen las bielas y hacen saltar las tapas de los cilindros. Todo esto puede ser la consecuencia de la más pequeña distracción de su parte, de un segundo de olvido.

Por eso sus pupilos, su rostro, su pensamiento se inmovilizan. Nada ve, nada oye de lo que pasa a su derredor, sino la aguja que gira y el martillo de señales que golpea encima de su cabeza. Y esa atención no tiene tregua. Apenas asoma por el brocal del pique uno de los ascensores, cuando un doble campanillazo le avisa que, abajo, el otro espera ya con su carga completa. Estira el brazo, el vapor empuja los émbolos y silba al escaparse por las empaquetaduras, la bobina enrolla acelerada el hilo del metal y la aguja del cuadrante gira aproximándose velozmente a la flecha de parada. Antes que la cruce, atrae hacia sí la manivela, y la máquina se detiene sin ruido, sin sacudidas, como un caballo blando de boca.

Y cuando aún vibra en la placa metálica al tañido de la última señal, el martillo la hiere de nuevo con un golpe seco, estridente a la vez. A su mandato imperioso el brazo del maquinista se alarga, los engranajes rechinan, los cables oscilan y la bobina voltea con vertiginosa rapidez. Y las horas suceden a las horas, el sol sube al cénit, desciende; la tarde llega, declina, y el crepúsculo, surgiendo al ras del horizonte, alza y extiende cada vez más a prisa su penumbra inmensa.

De pronto un silbido ensordecedor llena el espacio. Los tumbadores sueltan las carretillas y se yerguen briosos. La tarea del día ha terminado. De las distintas secciones anexas a la mina salen los obreros en confuso tropel. En su prisa por abandonar los talleres se chocan y se estrujan, más no se levanta una voz de queja o de protesta; los rostros están radiantes.

Poco a poco el rumor de sus pasos sonoros se aleja y desvanece en la calzada sumida en las sombras. La mina ha quedado desierta.

Sólo en el departamento de la máquina se distingue una confusa silueta humana. Es el maquinista. Sentado en su alto sitial, con la diestra apoyada en la manivela, permanece inmóvil en la semioscuridad que lo rodea. Al concluir la tarea, cesando bruscamente la tensión de sus nervios, se ha desplomado en el banco como una masa inerte.

El proceso lento de reintegración al estado normal se opera en su cerebro embotado. Recobra penosamente sus facultades anuladas, atrofiadas por 12 horas de obsesión, de idea fija. El autómata vuelve a ser otra vez una criatura de carne y hueso que ve, que oye, que piensa, que sufre.

El enorme mecanismo yace paralizado. Sus miembros potentes, caldeados por el movimiento, se enfrían produciendo leves chasquidos. Es el alma de la máquina que se escapa por los poros del metal, para encender en las tinieblas que cubren el alto sitial de hierro, las fulguraciones trágicas de una aurora toda roja desde el orto hasta el cenit.

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jueves 14 de julio de 2011

Carmen Lafuente, ganadora del I Certamen de Microrrelatos AOLDE en Facebook

El relato ganador de nuestro primer certamen en Facebook, para el que proponíamos el tema de la Noche de San Juan, ha sido el de Carmen Lafuente. Aquí lo tenéis, seguro que os va a gustar.

Toys in de attic, por Brice Challamel

David abrió la puerta, el olor que desprendía el desván le transportó al pasado, cuando subía a escudriñar los trastos amontonados por su abuela, que a el se le antojaban tesoros.

La entrada en tromba de sus dos nietos le devolvió a la realidad.
 
Los niños le habían pedido ayuda para elegir algunos muebles e inmolarlos esa noche en la hoguera de San Juan.

Seleccionados los objetos, asieron entre los tres una mesilla de considerables dimensiones y comenzaron el descenso. De repente un mal paso, confusión, griterío y el mueble salió despedido por las escaleras ,se estrelló resquebrajándose con un fuerte rugido al llegar a su destino.

David vió como entre el montón de astillas se erguía una caja indemne. Era la caja utilizada en su infancia para guardar la colección de cuentos de Calleja, que le regaló su tía un verano. De adolescente la buscó en vano y ahora ahí estaba. La magia de la noche se había adelantado, salvando a su Rosebud de ser destruida en la pira.


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lunes 11 de julio de 2011

Cuento de embustes


Había vez y vez una Princesa muy estrafalaria, que dijo a su padre, el cual deseaba que tomase estado, que no se casaría sino con aquel que supiese mentir más que ella, y ella lo hacía de manera que nadie podía sobrepujarla. Llegó esto a oídos de un pastorcillo que anidaba por el campo.

-Yo me presentaré -dijo para sus adentros-, que de seguro le gano en mentir la palma a la Princesa; que mentir me lo ha enseñado una culebra descendiente de la del Paraíso -y se fue a Palacio.

-¿Qué traes? -le preguntó al verle llegar la Princesa.

-Sepa V. A. R. -respondió el pastorcillo- que he viajado mucho y que le vengo a relatar mis viajes.

-Bien está -dijo la Princesa-; pero si dices una palabra de verdad, te mando echar a la calle con cajas destempladas.

-Mi primer viaje fue largo -dijo el pastorcillo-, porque estando sembrando una palma, creció tan de pronto y tan alta, que me levantó consigo hasta el cielo. Llegué allí en tan buena ocasión, que me hallé en la boda de las once mil vírgenes; y porque a una de ellas eché un requiebro, me alargó San Pedro un puntapié, que me botó fuera. Atravesé en mi caída el mar, y me encontré con la luna, en la que me entré por un ojo, y me hallé que tenía los sesos de plata y los cabellos de oro; me descolgué por uno de ellos; la luna volvió la cara, y al verme se cortó el cabello de un bocado; este se desprendió, y caí en una calabaza, donde lo pasé muy bien, hasta que llevaron mi casa a la plaza, donde la compraron para un convento de monjas. Las monjas creyeron que era yo un gusano y me tiraron con la basura a la huerta del convento; habiendo caído un aguacero, me nací allí. Corteme las raíces con mi navaja y eché a andar por esos mundos. Llegué a un río, eché las redes, y pesqué un borrico; me monté en él y seguí caminando. A los dos días vi que tenía el animal una matadura; se le enseñé a un albéitar, que me mandó que le pusiera habas; se las puse y nació un habar que parecía un bosque; cogí una escopeta y me puse a cazar en él y maté a un jabalí; era hembra, y después de muerta parió una vieja, que bauticé, y le puse «Nací-tarde». La tía «Nací-tarde» se enamoró de mí, y por verme libre de ella me subí en una tortuga que corría más que el viento, y en un santiamén me llevó a los profundos centros de los mares. Allí me encontré un convento de sardinas, de que era priora una ballena, que al verme abrió su bocaza y me tragó; pero con un chorro de agua, que echó por las narices me lanzó a la orilla. Allí me encontraron tendido unos marineros, y como la sal del mar se había cuajado, y estaba yo todo blanco y agarrotado, me vendieron a unos «santi-barati», que a su vez me vendieron a un sevillano, que me puso en el patio de su casa, rodeado de tiestos con matas. La primera noche llovió, y con eso se me derritió la sal y pude echar a correr. Supe que Su Alteza Real buscaba para premiarlo a uno que fuese más embustero que ella, y dije: Allá voy a probarle que yo lo soy.

-Pues ya dijiste una verdad, pues mientes más que yo -dijo la Princesa-, por lo cual no te puedes casar conmigo; pero como has mentido tan bien, mejor que otro alguno, es justo que te premie y te dé un buen destino. ¿Qué destino hay vacante? -preguntó S. A. R. al ministro.

-Señora -respondió el ministro-, no hay otro alguno que el de director de la «Gaceta», por haber muerto esta mañana el que lo era.

-Pues que sea inmediatamente dado dicho destino a este pastor, por los méritos que ha contraído -repuso la Princesa.

Y así sucedió, y el pastorcillo siguió mintiendo en al «Gaceta», por lo cual las gentes dieron en decir: «Mientes más que la 'Gaceta'»; dicho que se hizo refrán y dura hasta el día.

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lunes 4 de julio de 2011

Las Islas Voladoras VI



Capítulo VI: El Regreso.

-¡Hurra! -gritaron los habitantes de El Havre, abarrotando cada centímetro del muelle. El aire vibraba con gritos jubilosos, campanas y música. La masa oscura que los había estado amenazando durante todo el día con una posible muerte estaba descendiendo sobre el puerto y no sobre la ciudad. Los barcos se hacían rápidamente a mar abierto. La masa negra que había ocultado el sol durante tantos días chapuzó pesadamente (pesamment), entre los gritos exultantes de la multitud y el tronar de la música, en las aguas del puerto, salpicando la totalidad de los muelles. Inmediatamente se hundió. Un minuto después había desaparecido toda traza de ella, exceptuando las olas que cruzaban la superficie en todas direcciones. Tres hombres flotaban en medio de las aguas: el enloquecido Bolvanius, John Lund y Tom Grouse. Fueron subidos rápidamente a bordo de unas barquichuelas.

-¡No hemos comido en cincuenta y siete días! -murmuró Mr. Lund, delgado como un artista hambriento. Y relató lo sucedido.

La isla de Johann Goth ya no existía. El peso de los tres bravos hombres la había hecho repentinamente más pesada.

Dejó la zona neutral de gravitación, fue atraída hacia la Tierra, y se hundió en el puerto de El Havre.


Conclusión.

John Lund está ahora trabajando en el problema de perforar la Luna de lado a lado. Se acerca el momento en que la Luna se verá embellecida con un hermoso agujero. El agujero será propiedad de los ingleses.

Tom Grouse vive ahora en Irlanda y se dedica a la agricultura. Cría gallinas y da palizas a su única hija, a la que está educando al estilo espartano. Los problemas científicos todavía le preocupan: está furioso consigo mismo por no haber pensado en recoger ninguna semilla del árbol de la Isla Voladora cuya savia tenía el mismo, el mismísimo sabor que el vodka ruso.

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viernes 1 de julio de 2011

La caminata - Ángel Muñoz "Voltios"

Hasta aquel día no había tenido ocasión de saber, con certeza, lo que es sentir temor. Uno puede tratar de aproximarse, a lo largo de su vida, observando los ojos perdidos y desquiciados de los chiquillos, los del tercer mundo, que no tienen nada que llevarse a la boca, o en las miradas desorbitadas de aquellos que debido a una catástrofe natural pierden todo, encontrándose con lo puesto. Eso sí, el tamiz dramático que saben aplicar los telediarios, a la hora de la sobremesa, a estas situaciones es único, para hacernos sufrir un poquito.

Pero es un temor lejano, ajeno, que nunca nos pertenecerá. Hasta que llega el nuestro, y es ahí, cuando uno se acojona.

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Acostumbraba, los días que libraba en el trabajo, a colocarse el chándal, las deportivas, la radio con sus cascos y salir a caminar, o correr según se terciase. Esa mañana, temprano, tampoco rompió la rutina.

Procuraba que la climatología le acompañase, y solía escoger la primavera o el verano para sus caminatas de hora u hora y media. El resto del año prefería guarecerse entre las ropas de la cama y los pliegues de su esposa.

No llevaba reloj de pulsera pero calculaba que serían las ocho o así, y a esas horas, Ramiro y Andrés, sus hijos, ya andarían mentalizándose para ir a trabajar. Mientras, su locutor preferido le susurraba las noticias más interesantes con las que se abría el día.

Con paso firme comprobó que aquella mañana se encontraba más ágil que otras, y decidió acelerar el paso a la par que se desprendía de la sudadera. El sol, con calma, empezaba a hacer sus estragos.

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Le resultaba imposible incorporar la cara para mirársela en el espejo. Sabía de sobra, y ese era uno de los distintos temores que le atenazaban, como iba a encontrarse el rostro si era capaz de atreverse a contemplarlo.

El agua que corría por el grifo no daba abasto para limpiar la sangre que embadurnaba el lavabo. Se sujetaba al mueble de la pila como podía, con escasas fuerzas, dejando que el resto de su cuerpo, un peso totalmente muerto, reposase sobre el suelo.

Debía, tenía que llamar a emergencias o al menos a su mujer, pero el fuelle se le había terminado en el momento que entró, dando bandazos, en el baño.

Aun así, su mujer, no tardaría mucho en aparecer. Vendría cargada con la compra, y juntos, irían al hospital más próximo.

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Cuando quiso echar la vista atrás solo pudo contemplar un sol ubicado, perfectamente, en el centro del cielo. Mediodía. Más horas de caminata de lo previsto, pero se sentía bien y su casa no quedaba lejos. Guardó la radio en un bolsillo junto con los cascos dispuesto a regresar. Un zumbido. Cada vez, el zumbido, más contiguo a él. El motor de una motocicleta. Tres, sí tres personas a horcajadas sobre la misma. Dos hombres y una mujer. Llegaron a su altura. Probablemente serían gitanos del poblado chabolista al que se había aproximado sin percatarse de ello.

Le pidieron dinero. Lo propio. No llevaba un duro encima, y era verdad. Les quiso entregar la radio y los cascos. Ellos le pidieron la ropa. Él se negó, les contestó que a su casa no volvía en pelotas ni loco. Fue su última palabra. El más bajo, con coleta y pelo grasiento, le atizó un cabezazo en la cara. Sintió el calor de la sangre, la ceja rota, la sensación de irse al suelo. Ella le trabó las piernas con una zancadilla. Desplomado, abatido, fue golpeado y ninguneado. En posición fetal trató de protegerse. La navaja, siempre una maldita navaja en el camino. El sol se reflejó en ella. Después, las frescura de su lecho, del río, que lo acogió entre sus aguas.

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El agua seguía corriendo por el lavabo diluyendo la sangre. Un último mareo, muy fuerte, éste no era como los anteriores y sabía que no podría soportarlo. Ese era su temor. Se acojonó. Se acojonó y mucho porque se dio cuenta que aunque su esposa llegase a tiempo no podrían ir juntos al hospital.

La llave introduciéndose en la cerradura de la puerta de entrada es lo último que pudo oír.


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