lunes 31 de octubre de 2011

El origen de la muerte - Anónimo Masai


Al principio no había muerte. Ésta historia narra cómo llegó al mundo.

Hubo un hombre llamado Leeyio, el primero puesto por Naiteru-Kop en la tierra. Leeyio fue llamado por Naiteru-Kop y recibió las siguientes instrucciones:

- Cuando un hombre muera, deberás preparar su cuerpo. Recuerda que siempre habrás de decir estas palabras: "muera el hombre, mas regresará; muera la luna y en lo remoto permanecerá.

Pasaron muchos meses antes de que nadie falleciera. Cuando, finalmente, la muerte llegó al hijo de un vecino, avisaron a Leeyio para que preparase las honras fúnebres. Mientras esto hacía, recitó las palabras que le habían sido transmitidas. Pero cometió un error y dijo:

- Muera la luna, mas regresará; muera el hombre y en lo remoto permanecerá.

Después de esto, nadie sobrevivió a su propia muerte. Transcurrió el tiempo y fue el hijo del mismo Leeyio quien encontró el fin. El entristecido padre, más meticuloso en esta ocasión, recitó con cuidado:

- Muera el hombre, mas regresará; muera la luna y en lo remoto permanecerá. 

Al escuchar estas palabras, respondió Naiteru-Kop: 

- Ya es demasiado tarde. El día que te confundiste nació la muerte entre vosotros.

Desde entonces, ningún humano regresa de la muerte. Desde entonces es la luna quien, tras desaparecer, regresa al mundo de los vivos.


Texto extraído de Cuentos Africanos

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Los ojos negros II - Pedro Antonio de Alarcón




Sobre las áridas peñas de la isla de Loppen asiéntase un castillo que parece riscosa excrecencia de la montaña; tan musgosos y viejos son sus muros, tallados casi todos en la roca viva.

Aquella guarida de buitres no ha sido obra de edificación, sino de excavacióny desbastes. Es un monolito ahuecado coronado de almenas.

Algunos óvalos, abiertos en la peña para llevar aire al interior, indican vagamente el descenso a los siete pisos del castillo, en el último de los cuales, inaccesible completamente a los rigores del invierno, habitan los señores de aquel alcázar subterráneo.

No tenemos para qué decir qué hora era... Allí es siempre de noche.

En un salón triangular, tapizado y alfombrado de ricas pieles de marta y de rengífero, y alumbrado por tres grandes lámparas, ardía un enorme tronco de teoso pino. Huía el humo arremolinado, semejando movible columna salomónica, por el techo horadado de aquella aristocrática gruta, excavada a cien pies de profundidad, en tanto que una inmensa galería, abierta enfrente de la chimenea, traía ráfagas de aire tibio y perfumado.

Dos personajes había en este aposento.

Dormía el uno, sentado en disforme sillón de encina, y era Magno de Kimi, el Jarl o Conde reinante de la isla Loppen.

Tendría veinticinco años: vestía larga túnica de pieles negras, por debajo de la cual asomaba un traje medio guerrero, medio cortesano, sumamente lujoso. Este joven, que en el Mediodía hubiera pasado por feo, o cuando menos por raro, no carecía de cierta belleza local. Era pequeño de talla, un poco grueso, o, por mejor decir, muy recio y fornido; moreno de cara, o más bien pardo tirando a rojo, pero con cabellos rubios como el oro, sumamente largos y espesos, y ojos de un azul tan claro como el cielo de España en despejado día de Enero. Su rostro, en fin, imberbe como el de una mujer, tenía, sin embargo, tal aire de fuerza y de entereza varonil, que nadie hubiera puesto en duda el salvaje valor del noble escandinavo.

Enfrente de él, e iluminada dulcemente por los resplandores del hogar, rezaba en silencio una mujer, que más parecía una niña; blanca como el alabastro; rubia también, con ojos celestes, semejantes a dos turquesas, y hermosa y triste como las siempre moribundas flores de aquellas fugaces primaveras. Envolvía todo su cuerpo anchísima bata de dobles pieles de armiño, cuya blancura deslumbraba, y cubría su cabeza gracioso capuchón de blondas... Con aquel traje parecía la joven una rosa flotando en golfos de nacarada espuma, un elegante cisne de albo plumaje, la luz matutina reflejada en intacta nieve.
Era la jarlesa Fœdora, la esposa del joven Magno.

Mucho tiempo hacía que los cónyuges estaban en aquella actitud... Él haciendo como que dormía, y ella haciendo como que rezaba.

Fœdora, en cuyo rostro se veían las huellas de un dolor sin consuelo, clavaba los ojos en las juguetonas llamas del hogar. Mas si por acaso los tornaba un momento hacia la sombría figura de Magno, no era sin que leve temblor la agitase, ni sin que al punto volviera a fijar la vista en la lumbre, prosiguiendo con más fervor sus oraciones.

Una vez abrió Magno los ojos repentinamente, y sorprendió la tímida mirada que le dirigía su esposa.
-¿Dormíais? -murmuró ésta con voz dulce y apagada.

-Yo no duermo nunca...-respondió Magno-. ¿Por qué me mirabais de aquella manera?

Fœdora tembló de nuevo y cruzó las manos.

-¡Porque os amo mucho! -respondió al cabo de un momento.

Y se enjugó las lágrimas y tornó a sus oraciones.

Pero sus dedos no atinaban a pasar las cuentas de ámbar del rosario.

Y ya no hablaron más, y habían hablado más que de costumbre.



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viernes 28 de octubre de 2011

Juicios rápidos - Paloma Hidalgo

A mí me empiezan a entrar dudas de que yo sirva para ésto. Al mirar al pasillo y ver cientos de expedientes archivados en carpetas de colores, se me cae el alma al suelo. Lo peor es que luego me cuesta una barbaridad encontrarla porque se entretiene leyéndolos. Cuando por fin doy con ella, casi siempre está triste y desanimada al comprobar que no he podido solucionar algo que lleva esperando cuatro o cinco meses. Lo que me aterra es que algún día no pueda volver a encontrarla. Conozco muchos desalmados, demasiados, los tengo archivados en carpetas de color azul cielo.


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miércoles 26 de octubre de 2011

Aplastamiento - Marian Alefes Silva

Prendida sobre un libro púrpura, dando el aspecto de una verruga, estaba, me parece, indecisa. Tomé el libro y la verruga se sujetaba obstinadamente, lo sacudí con fuerza pero fue inútil, entonces me quedé mirando la cosa esa, y de repente sentí que me miraba, ¡semejante cosa mirándome! Me aproximé para indagar con detalle. Era como una mosca alargada, una mosca de dos puestos, por decir algo; en todo caso una verruga bien particular, con pequeñas partes que encajaban unas con otras, bastante compacta. Con lo primero que encontré a la mano la arranque y fue a dar al piso. Cayó en seco, como una roca, hasta me pareció sentir alguna vibración bajo mis pies. Se quedó ahí, sembrada. La verruga ahora sobre el piso, continuaba mirándome. La volví a empujar, esta vez con el pie, y como si hubiera puesto en marcha un mecanismos, la cosa esa se puso a berrear, bueno, era más como un zumbido, un redoblar de tambores o algo así. El sonido estaba perfectamente acompasado con sus movimientos, movimientos similares a los de un carro de cuerda dando círculos. Me pareció claro, la cosa esa estaba furiosa; lanzando sus protestas de redoblante mientras daba vueltas cerca a mis pies. Se me paso por la cabeza acabar con su disgusto de un solo movimiento. Espere para ver que pasaba, pero si que tenia cuerda, dale que dale con la berreadera, y es que ya hasta las paredes vibraban, sí… No había de otra, levante el pie para liquidar el asunto, apunté a la verruga, le puse el pie encima golpeando con fuerza, y de paso el piso se fue abajo. Di unas vueltas para terminar cayendo sobre la espalda, rompiendome cada hueso. Quise reponerme pero el techo se vino encima aplastando la mitad de mi cuerpo, no pude más que berrear. Ya exhausto, noté entre las ruinas a la cosa esa…, ese abultamiento protervo, parado sobre el libro púrpura, inmóvil, con cada una de sus piezas intactas; me miró resuelta, casi como riéndose, sí, seguro era eso.

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lunes 24 de octubre de 2011

Los ojos negros I - Pedro Antonio de Alarcón


Tienes los ojos negros,
ojos de luto...
Mi corazón lo lleva
desde que es tuyo.



Más allá del círculo polar ártico, en los confines de la Laponia, cerca de Hammesfer -último punto habitable del continente europeo,- se levanta, sobre un mar helado cada año durante seis meses, la negra, escarpada y colosal isla deLoppen.

Caían las primeras escarchas de 1730: era el 15 de Agosto.

Las noches tenían ya cerca de tres horas, y la aurora boreal lucía en ellas, cerrando el arco esplendoroso de los crepúsculos simultáneos de la mañana y de la tarde.

Hacía una semana que la luna aparecía en aquel cielo después de mes y medio de absoluta ausencia.

Todo anunciaba la proximidad del invierno, cuyo blanco fantasma, no bien asoma por el Polo, envuelve en su inconmensurable sudario todas aquellas tristes latitudes.

Los nobles se encerraban en sus castillos, los pobres en sus cuevas, los osos blancos entre témpanos de hielo secular.

Algunas aves hacían su nido entre las grietas de los desgajados abetos, en tanto que otras levantaban el vuelo hacia el Mediodía buscando nuevas primaveras.

Los balleneros y los groenlanderos dábanse a la vela con dirección a Europa, temerosos de quedar clavados en una mar helada...

Los campos, los puertos, los pueblos mismos veíanse desiertos y abandonados. No parecía sino que una horrible epidemia había pasado por ellos, o que se aproximaba, amenazándoles, un desastroso conquistador.

Y así habían de permanecer aquellas regiones durante ocho meses, o sea hasta el 15 de Abril, que comienza el derretimiento de los hielos.


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viernes 21 de octubre de 2011

Post-it® -:Pedro Sánchez Negreira

Superada la tormenta de la crisis de los siete años, acabamos encallando en la de los quince. Abatidos, decidimos recurrir a la Terapia de Pareja. Allí descubrimos que nuestra única alternativa era dar rienda suelta a nuestras fantasías eróticas. Cómo negar que esta solución reveló, más en ella que en mí, una imaginación ubérrima que supuso el comienzo de nuestro juego de amantes recientes.


Como quince años de matrimonio no habían sido suficientes para atrevernos a arrostar nuestras vergüenzas, acordamos confesarnos nuestros deseos en notas.


En su primer Post-it® –estándar, cuadrado, amarillo- ella me decía que siempre había querido hacerlo en un parking a la hora en la que casi no se encuentran plazas libres. En el siguiente –cuadrado y azul neón suave- me hablaba de los probadores de Zara en rebajas. Después vino el redondo y rosa en el que me incitaba a buscarla en el vestuario del gimnasio.

En uno naranja, con forma de flor, me citó en el salón de actos del colegio de los niños. En el rojo, con diseño de labios de mujer, escribió que desde que habían estrenado el ascensor panorámico que subía al mirador, no había pensado en otra cosa. La noche que lo probamos, al bajar, colé dos paréntesis en el letrero exterior con mi edding 500: ASCENSOR PUB(L)ICO.


Yo sólo usé un Post-it® -76 x 127, verde neón intenso- para contarle que mi única fantasía era que incluyéramos a otra mujer en nuestro juego. Así fue como se coló M. en nuestras vidas. Lo que nunca le conté fue que la cama y las destrezas de M. habían sido mi refugio desde nuestros primeros desencuentros, ocho años atrás.


El terapeuta tenía razón. Remontamos la crisis y todo fue perfecto hasta hoy, en que he llegado a casa y me he encontrado con un post-it® fucsia, con diseño de flecha, señalando la puerta. Dejó escrito que se ha enamorado locamente de M. y se ha fugado con ella.


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miércoles 19 de octubre de 2011

Metafóricamente hablando - Alberto García Salido

El mimo, el malabarista, el gafapasta y la chica con rastas detienen su vehículo bajo el rojo del semáforo. Detrás de ellos se amontonan, lentamente, coches de cartón, un par de bicicletas y una multitud de artistas que viajan gratis sobre patines de un lado a otro de la ciudad. La calle (son las once de la mañana) está casi vacía y los diferentes puntos de encuentro mantienen el bullicio de ideas que suele acontecer a esas horas. Entre la gente que cruza el paso de cebra destaca un ejecutivo de traje oscuro, corbata negra y camisa a rayas claras. Los caminantes, enfrascados en la lectura, evitan tocarle con giros bruscos disimulados. El ejecutivo activa su reloj de oro y deja el maletín en el suelo antes de comenzar el espectáculo. Se sitúa en el centro de la calzada, delante los que esperan la luz verde, y extrae un montón de folios de su maletín, una carpeta, dos bolígrafos y un teléfono móvil. Tras una reverencia comienza a escribir números mientras calcula como una bestia y pasa hojas como un loco. Grita "¡Compra!, ¡Compra!" al teléfono mientras convierte las venas de su cuello en un árbol que sacude las ramas. Al sonido de la alarma del reloj se detiene, estira la corbata, guarda las cosas y repite la reverencia. Después abre las manos y se dirige hacia el mimo (que se mete en su caja de cristal invisible), el malabarista (que lanza al aire el monociclo mientras da un salto), el gafapasta (que abre un cuaderno para escribir dos líneas) y la chica con rastas (que saca un diábolo).

El semáforo pasa a verde y abandonan al ejecutivo en el centro de la calzada. Los coches eléctricos, los patines y los monociclos se deslizan a su lado. Él regresa al paso de cebra y se apoya en una farola pensativo. Puede que sea el momento de cambiar el espectáculo.
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lunes 17 de octubre de 2011

Ya no tengo cáscaras para mis cerdos - Anónimo chino



La montaña Jefú queda a poca distancia de nuestra aldea. Allí, cerca de un pequeño lago, existe un templo conocido como el de la Madre Wang. Nadie sabe en qué época vivió la Madre Wang, pero los viejos cuentan que era una mujer que fabricaba y vendía aguardiente. Un monje taoísta tenía la costumbre de ir a beber a crédito en su casa. La tabernera no parecía prestarle mayor atención a esa demora en el pago: el monje se presentaba y ella lo servía de inmediato.

Un día el taoísta le dijo a la Madre Wang:

-He bebido tu aguardiente, y como no tengo con qué pagártelo, voy a cavar un pozo.

Cuando terminó el pozo se dieron cuenta de que contenía un buen aguardiente.

-Es para pagar mi deuda -dijo el monje, y se fue.

Desde aquel día la mujer no tuvo necesidad de hacer aguardiente. Servía a sus clientes el licor que sacaba del pozo, mucho mejor que el que anteriormente fabricaba con cereal fermentado. Su clientela aumentó enormemente. En tres años hizo una gran fortuna de decenas de miles de onzas de plata.

De improviso, un día volvió el monje. La mujer le agradeció efusivamente.

-¿Es bueno el aguardiente? -le preguntó el monje.

-Sí, el aguardiente es bueno -admitió-. ¡Lástima que como no fabrico el aguardiente, ya no tengo cáscaras de cereal para alimentar a mis cerdos!

Riéndose, el taoísta tomó el pincel y escribió en el muro de la casa:

La profundidad del cielo no es nada,
el corazón humano es infinitamente más hondo.
El agua del pozo se vende por aguardiente,
pero la mujer se lamenta de no tener cáscaras para sus cerdos.

Terminado su cuarteto, el monje se fue, y del pozo sólo salió agua.

Texto tomado de la Biblioteca Digital Ciudad Seva.
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viernes 14 de octubre de 2011

Éste domingo, "Simpatía por el relato" en Getafe Negro

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El afán de los ciclos - Germán Hernández

Para Santiago Porras



Cuando él extendió su reloj hacia la señorita al otro lado del mostrador, sintió un revoloteo en la boca del estómago, unas diminutas mandíbulas de ansiedad, ella se volvió hacia una mesita y destapó el pequeño laberinto que ya había consumido su batería.

- Es un buen reloj
- Gracias
- ¿Y hace cuanto lo tiene?
- Como cuatro años, me lo regaló mi… mamá.

En ese momento no sabía todavía por qué le había mentido sobre el aparato, ni para qué le daba esas explicaciones.

- ¡Listo! Tome. –

El tomó el reloj y se lo puso en su muñeca y le pagó. Quiso demorar un poco más mientras ajustaba la hora y la miraba de reojo, entonces ella le dijo:

- Es un buen reloj, ahora tiene batería para cuatro años más.

Y él lamentó muchísimo tener que esperar tanto tiempo para volver a verla.



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jueves 13 de octubre de 2011

El planteamiento - Damián Cordones

Zambo parece un idiota, un idiota común, sin embargo, una tarde festiva en la que regresaba a su choza atravesando la plaza en muchedumbre, un muchacho se rió de él, alegando, probablemente, sus ropas viejas, sus zapatos mugrientos, su flequillo aplastado y su mano manca retorcida pegada al pecho. Deteniendo sus andares torpes, sorprendentemente Zambo replicó, lo que asustó un poco al muchacho. Zambo replicó un “por qué”, y el muchacho que estaba rodeado de otros, quedó en silencio. De nuevo, Zambo, parado allí entre los muchos, con su mano retorcida pegada al pecho, dijo, otra vez, con voz muy aflautada pero remota: “por qué”, y uno de los que había allí en la horda (el más desvergonzado y un poco bufón) dijo entre risas: “pareces un hombre de otra época, de viejo, de época vieja y peor”. Entonces, Zambo, apenas sin cambio en su expresión triste y bobalicona, dijo: “Imagina que eres transportado a una civilización inferior, ¿qué ibas tú a enseñarles?” Hubo un principio de risas nerviosas y después un silencio y después unas risas nerviosas, mientras Zambo allí parado.

Este fue su planteamiento, y después, además, antes de irse, les dijo: “Yo soy el que duerme mientras ustedes velan”.

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miércoles 12 de octubre de 2011

¿Rascacielos? - David Moreno

Recientemente instalaron un nuevo ascensor en el edificio; el anterior se atascaba cada dos por tres y subir hasta el octavo piso suponía un gran esfuerzo. 

El día que lo estrené, descendiendo hasta la planta calle, sucedió que primero me creció el pelo (cuando ya era calvo hacía un par de años), luego noté en la cara acné juvenil y finalmente, justo cuando el ascensor se detuvo, me encontré babeando, a cuatro patas y con pañales. 

Desconcertado, alcé la cabeza hacia arriba y los botones quedaban altísimos. 

Ante la ausencia de vecinos, tan sólo pude gatear escaleras arriba con la suerte de que ya en el primer piso, me crecieron los dientes y en el segundo, aunque inestable, mi cuerpo se enderezó. Ahora voy por el piso setenta, ayudado por un bastón.


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lunes 10 de octubre de 2011

Quien no te conozca que te compre


No nos atrevemos a asegurarlo, pero nos parece y querernos suponer que el tío Cándido fue natural y vecino de la ciudad de Carmona.

Tal vez el cura que le bautizó no le dio el nombre de Cándido en la pila, sino que después todos cuantos le conocían y trataban le llamaron Cándido porque lo era en extremo. En todos los cuatro reinos de Andalucía no era posible hallar sujeto más inocente y sencillote.

El tío Cándido tenía además muy buena pasta.

Era generoso, caritativo y afable con todo el mundo. Como había heredado de su padre una haza, algunas aranzadas de olivar y una casita en el pueblo, y como no tenía hijos, aunque estaba casado, vivía con cierto desahogo.

Con la buena vida que se daba se había puesto muy lucio y muy gordo.

Solía ir a ver su olivar, caballero en un hermosísimo burro que poseía; pero el tío Cándido era muy bueno, pesaba mucho, no quería fatigar demasiado al burro y gustaba de hacer ejercicio para no engordar más. Así es que había tomado la costumbre de hacer a pie parte del camino, llevando el burro detrás asido del cabestro.

Ciertos estudiantes sopistas le vieron pasar un día en aquella disposición, o sea a pie, cuando iba ya de vuelta para su pueblo.

Iba el tío Cándido tan distraído que no reparó en los estudiantes.

Uno de ellos, que le conocía de vista y de nombre y sabía sus cualidades, informó de ellas a sus compañeros y los excitó a que hiciesen al tío Cándido una burla.

El más travieso de los estudiantes imaginó entonces que la mejor y la más provechosa sería la de hurtarle el borrico. Aprobaron y hasta aplaudieron los otros, y puestos todos de acuerdo, se llegaron dos en gran silencio, aprovechándose de la profunda distracción del tío Cándido, y desprendieron el cabestro de la jáquima. Uno de los estudiantes se llevó el burro, y el otro estudiante, que se distinguía por su notable desvergüenza y frescura, siguió al tío Cándido con el cabestro asido en la mano.

Cuando desaparecieron con el burro los otros estudiantes, el que se había quedado asido al cabestro tiró de él con suavidad. Volvió el tío Cándido la cara y se quedó pasmado al ver que en lugar de llevar el burro llevaba del diestro a un estudiante.

Éste dio un profundo suspiro, y exclamó:

- Alabado sea el Todopoderoso.

Por siempre bendito y alabado, -dijo el tío Cándido.

Y el estudiante prosiguió:

- Perdóneme usted, tío Cándido, el enorme perjuicio que sin querer le causo. Yo era un estudiante pendenciero, jugador, aficionado a mujeres y muy desaplicado. No adelantaba nada. Cada día estudiaba menos. Enojadísimo mi padre me maldijo, diciéndome: eres un asno y debieras convertirte en asno.

Dicho y hecho. No bien mi padre pronunció la tremenda maldición, me puse en cuatro pies sin poderlo remediar y sentí que me salía rabo y que se me alargaban las orejas. Cuatro años he vivido con forma condición asnales, hasta que mi padre, arrepentido de su dureza, ha intercedido con Dios por mí, y en este mismo momento, gracias sean dadas a su Divina Majestad, acabo de recobrar mi figura y condición de hombre.

Mucho se maravilló el tío Cándido de aquella historia, pero se compadeció del estudiante, le perdonó el daño causado y le dijo que se fuese a escape a presentarse a su padre y a reconciliarse con él.

No se hizo de rogar el estudiante, y se largó más que deprisa, despidiéndose del tío Cándido con lágrimas en los ojos y tratando de besarle la mano por la merced que le había hecho.

Contentísimo el tío Cándido de su obra de caridad se volvió a su casa sin burro, pero no quiso decir lo que le había sucedido porque el estudiante le rogó que guardase el secreto, afirmando que si se divulgaba que él había sido burro lo volvería a ser o seguiría diciendo la gente que lo era, lo cual le perjudicaría mucho, y tal vez impediría que llegase a tomar la borla de Doctor, como era su propósito.

Pasó algún tiempo y vino el de la feria de Mairena.

El tío Cándido fue a la feria con el intento de comprar otro burro.

Se acercó a él un gitano, le dijo que tenía un burro que vender y le llevó para que le viera.

Qué asombro no sería el del tío Cándido cuando reconoció en el burro que quería venderle el gitano al mismísimo que había sido suyo y que se había convertido en estudiante. Entonces dijo el tío Cándido para sí:

- Sin duda que este desventurado, en vez de aplicarse, ha vuelto a sus pasadas travesuras, su padre le ha echado de nuevo la maldición y cátale allí burro por segunda vez.

Luego, acercándose al burro y hablándole muy quedito a la oreja, pronunció estas palabras, que han quedado como refrán:

- Quien no te conozca que te compre.

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domingo 9 de octubre de 2011

II Certamen de Microrrelatos AOLDE en Facebook - Relatos sobre el fin del mundo


El pasado 27 de Septiembre, tenía que haberse acabado el mundo. Hay quién dice que será el 21 de Octubre y otros hablan de 11 de Noviembre.

En lo que se acaba o no, os proponemos un microrrelato precisamente sobre EL FIN DEL MUNDO.

Publicad en el muro del grupo vuestro micro, máximo 200 palabras, hasta el 9 de Noviembre y votad a vuestros favoritos. El ganador se decidirá por número de "Me gusta". En caso de empate, el equipo de AOLDE tendrá la última palabra... la última, sí, porque intentaremos publicar el resultado coincidiendo con EL FIN DEL MUNDO del día 11/11/11

Tanto el ganador como los finalistas más votados aparecerán publicados en el blog de la revista y en próximos números de la revista en papel.

Y ahora, todos a escribir, es la última oportunidad antes del FIN DEL MUNDO.


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jueves 6 de octubre de 2011

De aquí a Chimplandhú - Carlos Burgos

Dice un proverbio de Chimplandhú (lo sabe tan bien como su himno cualquier chimplandhiota):
“Cuando un niño rompe algo, es capaz de inventarse una historia tan fabulosa, que le disculpa de cualquier castigo. Lo único que merece por haber hecho ambas cosas, es que le cuentes otra historia igual de fantástica, sobre por qué ese objeto era tan valioso para ti”.

Chimplandhú es un islote (para quien no lo sepa), de cuyo archipiélago no recuerdo el nombre; por estar siempre distraído en las clases de geografía.

Viéndolo desde el mar nadie diría que está habitado, pero lo está. Vaya que si lo está.

Lo cierto es que la única ciudad, escondida en el cráter del único volcán (no es un volcán muy grande), que corona la única montaña de está pequeña isla, está construida sin la seguridad de que dicho volcán sea inactivo. Así que cada vez que a un chimplandhiota le suenan las tripas, o expele alguna ventosidad por culpa del plato nacional (a base de legumbres y coliflor que crecen en esas pequeñas laderas volcánicas), el resto de compatriotas creen estar ante los últimos instantes de sus vidas y se entregan al libertinaje y al desenfreno.

Pero no crean ustedes que todo allí es fiesta carnal y regocijo… Chimplandhú es un estado soberano autoritario y monárquico, y, como tal, tiene su rey.

Sin embargo, como la ciudad, Chimplandhiópolis, tiene apenas media docena de casas y está habitada por seis ciudadanos, el rey se ve obligado a hacer también de: cartero, pregonero, sereno y correveidile. Y aunque por ello no se le caen los anillos (que para eso es el rey), las joyas incrustadas en ellos son tan grandes, que le dificultan coger los sobres de la saca del reparto; motivo por el que el correo siempre llega con retraso en Chimplandhú.

Todas las tardes, no siempre a la misma hora, se iza la bandera a toda pompa y jabón (improvisada con alguna prenda colorida y todavía húmeda) y se canta el himno; que cada uno de los seis chimplandhiotas inventa según su estado de ánimo.

Tal capacidad creativa, hace que todo acto parezca bastante informal; y siempre que algún periodista, de esos malintencionados, le ha preguntado al rey: “¿Por qué no impone el estado marcial?”; éste siempre responde: que el día que él ordenase a un chimplandhiota hacer lo que no quiere, dejaría de ser el rey de Chimplandhú (cargo, por otra parte, al que se accede de forma totalmente democrática).

Para terminar, me gustaría decir que en Chimplandhú, actualmente, no hay ninguna religión oficial; porque la única que hubo hace tiempo, pertenecía a uno de los estados vecinos; en el que adoraban al dios del fuego y hacían sacrificios a las entrañas del volcán. Se dice que los habitantes de Chimplandhú son descendientes directos de aquellos que fueron arrojados al cráter. Hay, incluso, quien asegura que se trata de ellos mismos, por ser tan longevos como son y el cráter tan pequeño como es.

Así que, si alguna vez va usted a Chimplandhú y no se pierde por el camino, déles muchos recuerdos de mi parte.

Texto e ilustración:

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miércoles 5 de octubre de 2011

Los hombres de arcilla - Marian Alefes Silva

Ya hace un tiempo, en un lugar de los innumerables que hay sobre la tierra (un lugar sin distingo), un sujeto de muchos otros, acaso buscando distracción, cogió un trozo de arcilla y de esta hizo la figura de un hombre. Claro que esto no sucedió a si no más, lo cierto es que le tomó tiempo, digamos que una sucesión de lapsos indeterminados. No se sabe si consiguió la anhelada distracción, si es que era esto lo que buscaba…, en todo caso la figura estaba allí, erguida sobre el suelo. Se quedó contemplando al pequeño hombre agrisado, y supo que no se trataba de una figura vulgar, entre la masa que conformaba la cabeza fue descubriendo, rasgo a rasgo, un rostro; si, un rostro como el suyo, y sin embargo desemejante. Se preguntaba, ahora que lo veía claramente, de donde había surgido, ¿de su imaginación? Pero no recordaba haber imaginado un rostro…

Cada vez que examinaba la figura encontraba algo nuevo: un pliegue a la altura del cuello, una mancha sobre el pecho, una cicatriz en el vientre, incontables lineas en la palma de la mano… Presentía que en algún momento la figura articularía un movimiento, produciría con los órganos que seguro medraban en su interior alguna sustancia primordial, y por ultimo, de su boca una voz grave surgiría. Supo entonces que esta figura terminaría haciendo otra figura, y que esta otra haría otra que seguramente terminaría haciendo lo mismo, y así indefinidamente. Esto era algo que no podía soportar, la idea de que un gesto suyo se desprendiera y multiplicara para terminar convirtiéndose en quien sabe que… De un solo golpe aplasto a la figura. Bajo su mano solo quedo una masa informe y agrisada, y sobre esta, la incontestable huella de su mano.


Texto e ilustración: Marian Alefes Silva
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martes 4 de octubre de 2011

El cowboy y la noche - Carlos Almira Picazo

Germán me apunta con su dedo índice en la sien. No ha tenido mucha suerte en la vida: “¡Arriba las manos, papá!”, me ordena. Obedezco. Transcurrido un minuto, emprende la fuga. Recojo las lentes quebradas del suelo.

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lunes 3 de octubre de 2011

Don Manuel en Pago Chico

Una de las frecuentes revoluciones provinciales quedó por milagro dueña de algunos partidos. Entre ellos se contaba Pago Chico, pues la junta central revolucionaria envió como delegado un capitán de línea cuyo marcial ascendiente subyugó a los infelices paisanos que dragoneaban de vigilantes, con medio sueldo para acrecer los gajes del comisario oficialista, quien escapó al primer asomo de revuelta, temiendo la infidelidad y la venganza de los subalternos. Tomose la policía con cuatro gatos, sin disparar un tiro, y como «muerto el perro se acabó la rabia», la comuna quedó en manos de los opositores.

-¡Viva la revolución! -gritaba el pueblo poco después, saliendo de sus casas al saberse triunfante.

El capitán Pérez reunió enseguida a los opositores principales (que habían creído deber patriótico no derramar sangre de hermanos y convecinos) y deliberó con ellos acerca del buen gobierno inmediato de Pago Chico. De la deliberación resultaron, como es lógico, miembros de la Municipalidad, todos los presentes, y el capitán quedó al frente de la comisaría y demás fuerzas armadas.

Pero considerose decorativo y de acuerdo con los altos ideales que se perseguían a tanta costa, nombrar un intendente imparcial, fundamentalmente honrado y universalmente querido. Sólo don Juan Manuel García reunía estas condiciones, y don Juan Manuel García fue puesto a la cabeza de la comuna.

Era un hombre ya maduro, rico para aquel rincón y aquella época, muy bondadoso, muy conciliador enemigo de chismes y politiquerías, y a quien todos rodeaban de la consideración debida a un ente superior por la experiencia, la práctica y el buen sentido natural que ponía gustoso al servicio de cualquiera. Todos esperaban grandes cosas de él... ¡pero no tan grandes!

Pasado el primer momento de entusiasmo y de embriaguez, los demás municipales cayeron en la cuenta de que, «podían comprometerse demasiado», pues como al fin y al postre «los gobiernos son gobiernos», el de la provincia acabaría por rehacerse a la corta o a la larga, en cuyo triste y probabilísimo trance iban a quedar peor que nunca. Estos temores se acentuaban con la falta de noticias fidedignas, pues el telégrafo seguía interrumpido, y sólo llegaban al Pago rumores contradictorios. Silvestre, el boticario, al ver las caras recelosas y la nerviosidad de los municipales, murmuraba epigramáticamente:

-El miedo no es sonso, ni junta rabia.

Para atenuar, en efecto, las futuras responsabilidades y sacar el cuerpo en lo posible a las amenazadoras represalias, los funcionarios comenzaron por ralear y acabaron por no presentarse en la Municipalidad, dejando en manos de don Juan Manuel la suma de los poderes públicos.

Éste, viendo la diserción, pensaba:

-¡No hay mal que por bien no venga! ¡Así, solito y mi alma, podré hacer mucho más!...

El capitán Pérez, buen muchacho, aunque no de largos alcances, le presto incondicionalmente su apoyo material y moral: ya había arriesgado, «metiéndose en la revolución», lo bastante para que no le dolieran prendas.

-Gota más, gota menos, el amargo no aumenta y el veneno es el mesmo -decía aplicando a su situación el proverbio popular.

Y con este poderoso auxiliar, don Juan Manuel, comenzó a poner orden en la administración; reprimió abusos, cortó coimas, castigó defraudaciones, limpió las oficinas y dependencias de empleados inútiles, criaturas del favoritismo, puso a raya a la empresa del alumbrado, persiguió sin cuartel a los cuatreros, convirtió, en fin, a Pago Chico en una Arcadia... salvo los odios que nacían violentos en todas partes.

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El diario oficialista no aparecía. La Pampa, de Viera, aplaudía a todo trapo al intendente, y don Juan Manuel, rodeado como cualquier dictador, de una corte de aduladores, interesados o entusiastas, por muy sensato, prudente y modesto que fuera, no advertía las resistencias, el descontento, la oposición crecientes. Había tomado gusto al poder, usábalo sin fiscalización ni restricciones y se lo pasaba discurriendo proyectos y planes de bienandanza y prosperidad general.

A ser más justa y equitativa la humanidad pagochiquense le hubiera erigido un monumento -estatua o arco triunfal-. ¡Pues no señor! Sólo la posteridad sabe honrar a los grandes hombres, y ella misma tiene, a veces, tan poco discernimiento, que don Juan Manuel corre peligro de quedarse sin laureles, ni aún póstumos.

Una vez puesta en mejor pie la administración, preocupáronlo sobremanera las obras públicas: el edificio de la Municipalidad se caía a pedazos, los caminos eran pantanos invadeables o vertiginosas montañas rusas, la tablada un chiquero, las calles, rompecabezas, y las acequias del riego, mal cuidadas, estaban inmundas, destrozadas, cegadas en gran parte. Qué síntesis del vandalismo oficialista... Como los fondos escaseaban hasta la completa ausencia, don Juan Manuel no sabía cómo remediar tamaña devastación, cuando de repente atravesó su cerebro una idea genial, engendrada por el recuerdo de una conversación con el bearnés Navarrot, jardinero de su chacra. Allá en los Pirineos, los vecinos hacían desde tiempo inmemorial las obras públicas, construcción y conservación de carreteras, caminos de herraduras, sendas, etc., trabajando uno o más días al mes si era necesario, enviando un substituto si no podían o querían hacerlo personalmente, o en último caso, suministrando dinero para pagar al peón que hiciese sus veces. Iluminado por este recuerdo, don Juan Manuel echó sus cuentas:

-El partido de Pago Chico tendrá unos ocho o diez mil habitantes vaya uno a averiguarlo después de las trampas que han hecho los gubernistas en el censo, con propósitos electorales! ¡Bueno, no importa! Sea como sea, si todos -descontando naturalmente las mujeres y los niños-, trabajan un día por mes en bien de la comuna, en menos de un año se habrán hecho maravillas. ¡Ya estuvo, pues! ¡Manos a la obra!

Como mera fórmula, pero también para mayor tranquilidad de conciencia, habló del asunto con Silvestre, que en su entusiasmo, comenzó a imitar el silbo y el estampido de las bombas de estruendo y a canturrear su estrofa preferida de la Marsellesa.

-Magnífico, don Juan Manuel -gritó, por fin-. Vamos a imitar a los galenses del Chubut, que por su propia iniciativa, sin ayuda oficial, ni decretos del gobierno ni un centavo de gasto, se han hecho magníficos caminos y obras estupendas de irrigación. Lo leí hace poco, en un libro... ¡Ah, bravo! ¡Viva don Juan Manuel García! ¡Pshit... pum... Pshit... puum!... ¡Sean eternos!...

Y él mismo, convertido en amanuense, escribió el iradé convocando a los vecinos para distribuirles sin más discusión el trabajo...

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Viera escribió en La Pampa, con muchos circunloquios, que la ordenanza podía no parecer muy constitucional y provocar alguna oposición, pero que, en vista de las circunstancias, la bondad del propósito, etc., había que apoyarla resueltamente... Los destronados entretanto, no desperdiciaron la ocasión de volver por su patrimonio de tanto tiempo, y se movieron como epilépticos, armando el lazo. Pago Chico parecía un avispero.

El día fijado por la ordenanza y a la hora prescripta, don Juan Manuel entró en la Municipalidad, lleno de satisfacción y regocijo. No era, en apariencia, para menos: el largo salón, el potrero llamado patio, las mismas oficinas, estaban de bote en bote. No cabía un alfiler.

-¡Qué me contaban de oposición! -decíase el intendente provisional- ¡Aquí están todos, como un guante!

Pero en cuanto entró diose vuelta la tortilla: un murmullo hostil de desaprobación y enojo fue creciendo hasta el escándalo. Todos hablaban, todos gritaban a un tiempo, gesticulando con los brazos por sobre las cabezas, y entre la alborotada batahola discerníanse frases de este porte: ¡dictadura! ¡anticonstitucional! ¡excesos humillantes! ¡tiranía! ¡demencia! ¡loco de atar! ¡a su casa! ¡al manicomio! ¡muera! ¡abajo!

Don Juan Manuel, colorado como un tomate, con la melena blanca revuelta y erizada, pudo a duras penas y merced a un último resto de prestigio, llegar, abriéndose paso hasta la tarima del fondo, encaramarse, tratar de que le escucharan:

-¡Compatriotas! Se trata del bien común, y con un pequeñísimo esfuerzo...

-¡Abajo! ¡Ya nos secan a impuestos! ¡No es constitucional! ¡Que lo saquen! ¡A sembrar papas! ¡Coco-ro-có! ¡Guau, guau!

El intendente buscó con los ojos al capitán Pérez, aterrado por aquel indecible «titeo». Por fin lo vio, con el brazo recostado en el marco de la puerta, las piernas cruzadas y un palito entre los dientes; se encogía de hombros, «jugándole risa», declarándose impotente, porque él tampoco «las iba» con la ordenanza. Algo más atrás, Silvestre, hacía señas desesperadas: ¡no, no!

El tirano, gritando a voz en cuello, consiguió dominar un instante la infernal algarabía:

-¡Compatriotas! ¡Tienen razón! ¡Me declaro gusano! ¡Ahí queda eso! ¡Busquen madre que los envuelva! ¡Yo, a mi chacra! ¡Que talle otro!

Y calándose el sombrero, cruzó impertérrito y altivo la multitud sorprendida, subió al tílbury, que lo esperaba a la puerta, y dando un latigazo al caballo -única manifestación de su cólera-, echó un ajo como una casa y salió del pueblo al trotecito.

Horas después, los situacionistas formaban una nueva Municipalidad mixta («mistonga» decía Silvestre), y volvían a tomar, disimuladamente todavía, la sartén por el mango. El capitán juzgó acto de prudencia tomar el portante, porque el gobierno provincial se rehacía. Todo encajó otra vez en el viejo quicio y... así terminó la ominosa dictadura pagochiquense de don Juan Manuel.

-¡También meterse a hacer cosas! -le decía más tarde Silvestre-. íLa Constitución, la Constitución, amigo!... ¡Para gobernar sin opositores es preciso no hacer nada y sobre todo, nada bueno!...

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