sábado, 6 de noviembre de 2010

LOS CHICOS DE LAS TAQUILLAS

Hashi y Kiku fueron abandonados por sus madres en las taquillas de una estación de tren. A Kiku lo encontraron porque el calor le hizo gritar. A Hashi, porque el calor le hizo heder. Y eso marcó para siempre el rumbo de sus vidas. Hashi busca un sonido concreto, el latido del corazón de su madre. Huye de la casa de sus padres adoptivos y se instala en el Toxicentro, el paraíso para los proscritos en Tokio. Se pinta las uñas de verde, se prostituye, y entre cliente y cliente recibe lecciones de canto. Hasta que un coche negro aparece en El Mercado, el lugar donde todo lo que se vende se vende ahí, y de él baja D, el cazatalentos. Bajo la piel fresca de Hashi halla la voz más hipnótica que encontró jamás. "Haré de ti una estrella, niño", le asegura. Contrata a un detective para que busque a la madre de Hashi. El encuentro será en un programa en directo de televisión. D podrá comprarse otro rascacielos. Kiku, porque quiere correr y volar, se hace saltador de pértiga. Entrena su cuerpo, vigila su mente, y durante un instante separa los pies de un mundo que aborrece, un mundo lleno de gente con aspecto de globo hinchado al que le encantaría reventar. Y porque lo aborrece, recuerda una palabra: datura. Un amigo le aconsejó que no la olvidara si alguna vez quería reducir Tokio a cenizas. Y quiere. Delicada y cruda, voraz y discreta, la novela de Murakami transporta al lector a los confines del desaliento. Con parsimonia, y sin estridencias ni concesiones, dibuja a sus personajes de forma tan precisa que no sólo comprendemos por qué desean la destrucción, sino que nos hace partícipes de esa explosión que cubrirá el mundo de blanco.

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