lunes, 10 de noviembre de 2008

MIRADAS

Jacinto mira su reloj. Es la hora. Coge una cerveza de la nevera. Se dirige hacia la pequeña ventana del cuarto de estar. Desde allí divisa el parque que queda enfrente. Carla aparece por la esquina opuesta a la ventana y va directamente a los columpios que quedan delante de esta.
Se sienta sobre el neumático convertido en silla y empieza a balancearse. Atrás y adelante, cada vez un poco más fuerte, cogiendo altura. Se suelta de una mano y quita la pinza que sujeta el pelo dejándolo caer sobre la espalda, inclina hacia atrás la cabeza y la melena roza el neumático electrizándolo. Jacinto observa. Toma un sorbo de cerveza que mantiene encerrada en su mano, ni siquiera pestañea. Todo controlado, como siempre, como todos los días desde hace dos meses. Carla se eleva en el aire. Abre las piernas en un movimiento rápido. La falda se levanta por encima de su abdomen y deja ver las bragas blancas, muy blancas, un destello rápido que se clava en la retina de Jacinto. La falda vuelve a su sitio con la gravedad del viento cuando cede al impulso. Y otra vez sube y cae y sube y surgen flases albinos entre sus muslos que relampaguean a la velocidad del neumático. Carla siente calor, tiene las mejillas rojas. Se abre dos botones de su camisa descubriendo un escote largo, terso, inmovilizando unos senos que apuestan por salir del encaje malva. Y el balanceo va perdiendo fuerza, la melena se va pegando a la espalda, la falda se adhiere a los muslos con la sutileza de un ave al plisar sus alas. Da un salto y se posa en el suelo. Su cuerpo retiene el vaivén del columpio, necesita cinco segundos para tomar conciencia de la tierra. Mira hacia la ventana, espera diez segundos, diez más, da un giro, coloca la pinza en el pelo, recoge su bolsa y se va. Jacinto sabe que ella sabe que le mira. Carla sabe que Jacinto le mira y espera. Carla coge el teléfono y lo retiene en su mano. Jacinto coge su teléfono y lo apaga. Va a la nevera a por otra cerveza. Se sienta frente a la ventana.

© María Jesús Silva
(Ada)
http://esferadeletras.blogspot.com/

3 comentarios:

luisa dijo...

A veces, el deseo puede mover un columpio. El sentirse observado pone en marcha el mecanismo. mirar también. Otra cosa es interactuar con el objeto del deseo. A veces, uno juega a que no puede alcanzarlo aunque sólo nos separe de de él una simple llamada de teléfono. Puede ser más interesante, más morboso. Buen relato. Transmite. Un beso.

Luisa.

BACO dijo...

Si en vez de Jacinto se hubiese llamado James juraría que era algo de Cheveer.

Tesa dijo...

Me gusta mucho, Ada.

Visual, conciso, inquietante. Podría ser el inicio de una novela.


Un abrazo,