UNA VIDA MODELO

sábado 7 de noviembre de 2009


Qué vacío descubre uno en sí mismo/ cuando uno mismo busca su yo interno./ Qué ser desagradable se contempla/ cuando su propio ser uno examina.
José María Fonollosa.



Se despertó cansado y con dolor de cabeza. Con dolor de brazos. Con una insoportable pesadez de espalda.
Eran las siete y diez de la mañana. Igual que todas las mañanas.
Hacía años que no necesitaba ya el despertador. Su reloj interno le marcaba siempre la hora, mecánica, rutinariamente, incluso los días en los que no tenía que ir a trabajar.
Buscó a tientas las zapatillas por la alfombra, para no despertar a su mujer, y salió sin hacer ruido de la habitación.
Mientras se duchaba, enjabonándose lentamente y recibiendo el agua tibia en la cara, pensó de nuevo en lo mismo.
La cosa, ciertamente, estaba llegando a un punto extremo. Tenía cuarentaiséis años, una mujer y dos hijas que alimentar, y no podía soportar más su trabajo.
Se sentía desmotivado y atrapado por la cadena voraz del consumo, por el sistema falso que, como a tantos otros, le quisieron vender: sé productivo, sé responsable, cásate, cómprate un piso, aparenta ser buen padre, buen marido, endéudate, vive por encima de tus posibilidades, de tus necesidades, créatelas, hazte esclavo de ellas, aguanta, revienta, envejece, muérete...
Llevaba casi veinte años trabajando en la misma fábrica, hipotecándose en ella, desgastándose por dentro y por fuera, y se sentía sin fuerzas para continuar haciendo lo mismo.
Había tocado fondo.

Mientras se afeitaba, con la toalla enrollada en la cintura, contempló su rostro en el espejo: las bolsas hinchadas de los ojos, las arrugas en la frente, las manchas parduzcas en su piel. Sin duda alguna, aparentaba más edad de la que realmente tenía.
Desayunó un café y unas galletas, se tomó una aspirina, se vistió en la habitación procurando no hacer ruido y salió de casa.
De camino a la fábrica, siguiendo el recorrido de todos los días, volvió a pensar en lo mismo. Nunca le había resultado divertido el trabajo, pero hasta ese momento había podido siempre con él. Lo consideraba un mal menor, un medio para costearse una forma de vida. Sin embargo, desde hacía algún tiempo, todo había ido cambiando en su cabeza. El trabajo le resultaba, más que nunca, insoportable e inútil, su autoestima se había derrumbado y sentía un desinterés creciente por la mayoría de las cosas que le rodeaban. Como si todo, de la noche a la mañana, careciera por completo de sentido, sus valores, sus esquemas, sus proyectos y su maquinal forma de vida.
Quizá tenga que ser así, pensó, quizá no deba preocuparme, darle vueltas, quizá sea simplemente que me estoy haciendo viejo...
Se detuvo, como cada mañana, en la Churrería del Sur, un pequeño quiosco entre las moles de hormigón, y le sirvieron en la barra su copa de orujo acostumbrada.
Bebió un sorbo y hojeó por encima el periódico: crímenes, guerras, pobreza, descensos en la Bolsa, corrupción política, programas de televisión... Le pareció el mismo guión de siempre, las mismas noticias repetidas una y otra vez, el mismo montaje, la misma dinámica, la misma información: una realidad plagiándose absurda y despiadadamente días tras día.
Bebió otro trago apoyado en la barra y miró a su alrededor. También aquellas, las de sus compañeros, le parecieron de algún modo las mismas caras, las mismas facciones veladas por el mismo cansancio, por la misma náusea, por el mismo miedo. Todos tenían semejantes problemas, semejante trabajo, semejantes familias, veían los mismos programas de televisión y conversaban invariablemente de las mismas cosas. Todos, de una forma u otra, tenían marcado en sus rostros el sello apático de la resignación.
Apuró la copa de orujo y siguió andando por la avenida. La mañana estaba encapotada y ventosa, desapacible, y todo el mundo se dirigía apresuradamente al trabajo, cientos de personas circulando como autómatas por las calles, dispuestas a desempeñar su tedioso papel en el engranaje forzado de la sociedad.
En el fondo - se dijo - les debe pasar a todos lo mismo. Tarde o temprano tienen que pensar que nada tiene sentido, que nada merece realmente la pena... Pero que hay que seguir aguantando...
Cuando llegó a la fábrica, una enorme nave de facturación de piel, se dirigió al vestuario y, como todas las mañanas, se cambió en su taquilla de ropa: un mono de color gris, gafas y guantes protectores y un calzado ancho y holgado.
Entró en la nave, saludó a sus compañeros de turno y conectó su máquina de barbear y cortar piel.
Mientras daba forma al cuero, manejando cuidadosamente las cuchillas, pensó en lo que estaría haciendo entonces su mujer. Habría desayunado ya y estaría vistiéndose para ir al trabajo, otra fábrica semejante a la suya donde, igual que él, había desperdiciado toda su juventud. Imaginó su cuerpo envejecido y cansado enfundándose en la ropa, sus piernas blancas e hinchadas, salpicadas de venillas rojas, deslizándose en las medias, su melena recogida en una insulsa coleta, su cara ojerosa apresuradamente maquillada. La imaginó despertando a las niñas y despidiéndose casi al instante de ellas, bajando a la calle y corriendo bajo el cielo asfixiante y gris de la mañana. Y le pareció, de nuevo, que las cosas no tendrían por qué ser de ese modo.

Entonces, súbitamente, como si despertara al fin de un sueño, decidió hacer lo que había estado planeando casi a diario desde hacía varios meses.
Acercó su brazo a una de las cuchillas, lo situó por encima de la protección del guante de malla, ya a pocos centímetros del codo, y lo introdujo sin pensárselo en la cortadora.
No sintió apenas dolor. Sólo un intenso fuego.
Vio su mano en el suelo, moviendo convulsivamente los dedos en el interior del guante, y su brazo seccionado que comenzaba a sangrar: pequeñas flores brillantes, al principio, que progresivamente fueron aumentando de tamaño hasta teñir su vista de rojo.
Cayó de bruces, golpeándose contra el piso en la frente, y pese a todo, en lo profundo, se sintió en parte aliviado. Inútil al fin para la sociedad.

Antes de gritar, imaginó unas largas y bien merecidas vacaciones.

EGO DE ESCRITOR

viernes 6 de noviembre de 2009


Un hombre aseguró en el Telediario que mantuvo la calma leyendo mi novela en el avión averiado.

Tuve que sabotear el motor de un Boeing 747 para que alguien, por fin, me leyese.


Oscar Sipán

NAVEIRAS IN THE ROAD: Lleída City

jueves 5 de noviembre de 2009




Apuntes para una teoría de la cerveza-ficción

miércoles 4 de noviembre de 2009

Hoy Miércoles 4/11/2009
TRES ROSAS AMARILLAS
20:00h
c/San Vicente Ferrer nº34,
metro tribunal. MADRID






extraido del blog:
http://escaletra.blogspot.com/

Primer principio de la cerveza-ficción:
No hay principios. Ni siquiera finales.

Nada que demostrar o sostener, ninguna moraleja. Y si por casualidad surge alguna, será una moraleja con fecha de caducidad, de las que pierden el gas después de unas horas y pensadas de día parecen menos convincentes. Y nada convenientes.
La cerveza-ficción no pretende explicar o criticar a la sociedad en que se crea, aunque puede, en casos muy especiales y fundamentados, abogar por causas justas como la extensión del cierre de los bares o la rebaja del precio de las bebidas en los mismos.
Se puede mentir, inventar y hasta deformar, porque si no dejaría de ser literatura para convertirse en autopsia de la realidad, sociología de barra, filosofía de bar, metafísica etílica y noctámbula, en resumen: un coñazo.
Y de eso ya tenemos bastante.

Segundo principio de la cerveza-ficción:
No es necesario ingerir bebidas espirituosas para escribirla. Pero ayuda cantidad.

No es el efecto del alcohol el que impulsa las narraciones, aunque en muchos casos las aceita, les presta agilidad a sus ruedas pequeñas e indecisas, tipo carro de supermercado, y propicia la dualidad realidad-irrealidad que caracteriza a las narraciones de este modesto género que he dado en llamar cerveza-ficción.
No debe confundirse el papel optativo pero recomendable del alcohol —sea o no derivado del lúpulo— con el verdadero motor de las historias; es un medio y no un fin en sí, forma parte de la tinta pero nunca es el papel del relato. Y no es una opción estética, aunque en muchos casos su presencia y consumo acabe vinculándolo a la narración como pretexto. ¿Hay mayor tranquilidad que leer una historia delirante que acabamos de redactar y saber que, si es una bazofia, siempre podremos decir y decirnos aquello de «cuando lo escribí estaba como una cuba»?
Numerosos autores con y sin renombre u obra que los justifique han usado el alcohol como una musa complaciente, como algodón para tapar los oídos a los ruidos ajenos, los de los caseros reclamando el alquiler atrasado, los de las esposas reclamando atención o dinero, los de sus jefes de tristes trabajos reclamando más aplicación, Martínez, que está usted en la luna todo el tiempo. Y aún así, el cometido de la bebida en la construcción de narraciones de cerveza- ficción no está tan claro. No olvidemos que el escritor es un ser esencialmente vanidoso y tangencialmente egoísta, por lo que difícilmente admitirá que es la bebida la que le hace escribir, ni siquiera que le sirve de ayuda, aunque sostenga este argumento cuando alguien del círculo próximo le advierta que empina demasiado el codo.
En realidad, la importancia de la bebida en este tipo de relato reside en la localización, el escenario del acto de beber mientras ves los elementos de tu próxima historia: los bares. Pero eso nos lleva al tercer principio de la cerveza- ficción.

Tercer principio de la cerveza-ficción:
Aunque no todo acabe en un bar, debe comenzar en un bar o referirse a un bar aunque sea en el recuerdo.

La vida, la verdadera vida mentirosa, ocurre en los bares. Aunque uno beba en ellos un refresco de naranja (espacio disponible para publicidad).
La gente tiene una concepción equivocada de la utilidad de un bar. Se suele creer que es un sitio para hacer relaciones laborales después del horario de trabajo, para ligar o compararse, para seguir compitiendo como si no bastaran diez horas diarias o más de torneo desigual, para ser otros sin dejar de ser los mismos, para beber, lisa y abundantemente. Y puede que un bar sirva para todo eso, pero no es su función principal.
La gente va a los bares para sacar de paseo sus historias, dejar que estiren las piernas y que en más de un caso, luzcan esas mismas piernas. No se trata sólo de observar y tomar notas, sino de vivir —bebas o no licores— ese absurdo coherente de la noche, que empieza en la barra y acaba cuando sale el sol, ya sea tras las ventanas o en las entrepiernas. Y es al abrir esas ventanas o entrepiernas donde encontraremos el material para nuestras historias de cerveza-ficción. (También podemos encontrar un resfriado o una infección venérea, pero el oficio de escribir tiene sus riesgos.)

Cuarto principio de la cerveza ficción:
Todo está inventado, pero nadie ha leído todos los libros que existen.

Cualquier lector o aspirante a escritor que pretenda enrolarse en la filas de la cerveza-ficción, se encontrará de inmediato con algún espabilado que le señalará con suficiencia que el género que aquí presentamos no es para nada novedoso. Al listillo en cuestión le sobrarán ejemplos, comenzando tal vez por Bukowski y Miller, saltando por Lowry o ciertos cuentos de Carver, para seguir con Chandler o Kerouac.
Que no cunda el pánico ni se desate la violencia: el erudito tiene razón, ya que lo que esta denominación pretende no es innovar ni revolucionar las letras. Nada de eso. Se trata de ponerle un nombre a algo que ya existe, e intentar obtener a cambio algún dinero o favores sexuales. Como la medicina alternativa, pero sin tener que engullir cuarenta y cuatro pastillas al día.

Quinto principio de la cerveza ficción:
La literatura es una exageración.

Se intuye en el primer principio, pero exige un desarrollo. Los fanáticos de la «verosimilitud», los que ponen pegas hasta a la ingenuidad de Caperucita Roja frente a las argucias del Lobo Feroz, rara vez se sorprenden de que el jodido lobo hable o pueda hacerse pasar por una dulce abuelita. Cualquier relato exagera el asunto a tratar, al seleccionar o enfatizar momentos y aspectos para dejar otros en segundo plano. Se pretende poner en relieve algo y para ello hay que ocultar lo demás. Sin embargo, en lo que a cerveza-ficción se refiere, es necesario que la mentira sea verdadera al menos en una mínima proporción, que lo narrado tenga un origen cierto, fruto de la experiencia o de la observación. Y como el que pasa demasiado tiempo en los bares acaba viendo doble, es indudable que la observación se vuelve más abundante, aunque un tanto borrosa.
Sexto principio de la cerveza ficción:
El género no importa

No faltará quien «acuse» a este tipo de relatos de machistas y destinados exclusivamente al público masculino del tipo garrulo medio. Nada más equivocado. En lo que se refiere a la noche, los bares y los deseos desatados, la chicas (y apréndelo pronto si quieres tener material para tus relatos de cerveza-ficción o comerte una rosca de cuando en cuando), sólo se diferencian de los chicos porque orinan sentadas (aunque en los bares a los que me refiero, y por motivos de higiene, practican en realidad un delicado equilibrio digno de un tratado que refute la ley de la gravedad). Muchos de los relatos de este libro podrían haber sido escritos por una mujer, cambiando sólo el género del narrador y la ropa interior del mismo.
El verdadero machismo, me temo, consiste en referirse a las mujeres como seres etéreos, carentes de pasiones instantáneas, y tratarlas luego como objetos caros o baratos. Tomad nota, lectoras: tras esta dura apariencia se esconde un tipo sensible. (A ver si cuela.)

Séptimo principio de la cerveza ficción:
La posteridad no existe.

No te plantees cada relato como si el firmarlo o llegar a publicarlo pudiera acabar con tus posibilidades de recibir el Premio Nobel en el futuro lejano. No te lo darán nunca, y si lo hacen, serás tan viejo que no te darás cuenta. Conozco a docenas de excelentes escritores paralizados en la mitad de su primera novela porque aspiran a cambiar el mundo con ella. Pretenden hacer de su primera obra una obra maestra que les inmortalice. Yo suelo preguntarles qué escribirán después de esa novela perfecta, si logran acabarla. Y ellos piden otra copa y se quedan cavilando, porque no lo habían pensado.
Para escribir cerveza-ficción tienes que renunciar a esos prejuicios. Lo más probable es que este género resulte efímero y caiga pronto en el olvido.
Pero debes luchar para evitar que eso suceda.
Para que lo que ves de noche no se borre de día.
Para que los amores perdidos y los vasos derramados tengan sentido.
Y para que yo pueda vender este libro de relatos de cerveza-ficción y otro similar que estoy escribiendo.
Esta ronda la pagas tú.
La próxima, que la apunten en mi cuenta.


________________________Carlos Salem
________________________Casa Tirso. Lavapiés, 2009

somos malasaña

martes 3 de noviembre de 2009


Marbella, 31 de noviembre

lunes 2 de noviembre de 2009


Marie es una camarera francesa con unas tetas enormes y bien colocadas. Vasili es un matón de la mafia rusa que está dispuesto a cambiar de trabajo si Marie se lo pide. Jesús es un empresario español que mantiene a Marie a cambio de un par de felaciones diarias. Jesús dice que follar es de camioneros. Lleva el pelo engominado hacia atrás y colecciona corbatas. Marie dice que hacerse rayas tan grandes es de camioneros. Lleva el pelo suelto y le encantan los tacones. Marie le pide a Vasili que lo deje. Vasili dice que tiene contrato hasta fin de mes.

Vasili entra en el bar, escupe en el suelo, mira a Marie, vuelve a escupir, saca la pistola de su costado y apunta a Jesús. Jesús se hace una raya enorme en la barra y le dice a Marie que se la chupe. Vasili encañona a Jesús, dispara y le vuela la tapa de los sesos. Marie coge el billete y se mete la raya. Vasili besa a Marie y le pide que se vaya con él. Marie dice que no. Ahora es la viuda de Jesús.

Texto por: Mario Créspo
Ilustración: Sonia Pulido

Mujeres cuentistas / Antología de relatos

domingo 1 de noviembre de 2009

26 de noviembre
20:30 h
en “Tres rosas amarillas”,



PRÓXIMA APARICIÓN

Cuentan y relatan: Inés Matute, Inma Luna, Ángeles Jurado, Ana pérez Cañamares, Roxana Popelka, Marina Sanmartín, Déborah Vukušić y Carmen Camacho.

Ediciones Baile del Sol
http://www.bailedelsol.org/

¿Qué quiere la mujer? fue la única pregunta que según propia confesión Freud nunca pudo contestarse.
Tienen ustedes ahora en las manos la posibilidad de encontrarle su respuesta: nueve excelentes escritoras españolas muy siglo XXI no han dejado tema sin abordar ni sentimiento humano desatendido. Del cuento extenso al microrrelato, nos ofrecen lectura para todos los gustos. Por eso mismo cabe adentrarse con paso firme en cada uno de los textos.
“Hic sunt leones” solía estar escrito en los antiguos mapas cuando los cartógrafos se enfrentaban con tierras inexploradas. Aquí hay leones, peligros imposibles de enfrentar, se pensó también cuando escritoras de calidad se arriesgaron a abordar el lenguaje desde sus muy personales posicionamientos. Hoy en día, un importante número de ellas ha cartografiado sus propios territorios interiores y lingüísticos, que lectores y lectoras avisadas exploran con placer. La presente antología ofrece nuevos derroteros para incursionar en tierras que fueron ignotas hasta no hace tanto tiempo.
Envidio a quienes se sumergirán por primera vez en este libro que brinda el placer de una aventura hecha de deslumbramientos y posibles peligros. Son páginas ricas, húmedas de un erotismo femenino.
¿Creen ustedes como yo que las escritoras encaran el lenguaje desde un ángulo distinto del de los escritores? ¿Acaso nunca se han planteado la cuestión? Ahora tienen la oportunidad de hacerlo. Sean valientes. Enfrenten con gusto a estas nueve leonas españolas que apuestan en serio por la literatura. Esto sí es lo que quiere la mujer: decir su verdad, expresar su deseo y disfrutar el gozo del fluir en el lenguaje, a fondo y desde el fondo. Secreto de secretos que intimidó al padre del psicoanálisis. Y a tantos otros.


Luisa Valenzuela

 
Al otro lado del espejo. Design by Pocket