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ELLOS DICEN:

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lunes, 20 de mayo de 2013

González Bribón



Es más bien bajo que alto; tiene unos ojos azules muy fríos, que, por lo punzantes, parecen oscuros (porque lo azul no pincha, como opinarán los decadentes americanos, que todo lo ven azul); cuando González Bribón mira sin odio (sin amor siempre mira) sus ojos claros parecen un lago, es decir, dos... helado, helados.

Una noche salimos de un estreno de Echegaray, de aquellos que levantan verdaderas tempestades; era en tiempos en que el burgués de las inverosimilitudes todavía no era crítico. Salíamos riñendo, como siempre; entusiasmados nosotros, indignados los enemigos; entre el barullo, junto al guardarropa, tropecé con Bribón. Me fui a él.

-¿Y usted? ¿Qué opina usted?... ¿Es usted de los nuestros, o es usted de los indignados?...
-Soy de los indignados, porque... me han perdido el gabán.
-Pero ¿qué opina usted? 
-Opino eso, que me entreguen el gabán.

Por lo visto pareció el gabán de pieles de González Bribón, y en él se metió como buen caracol literario.

González Bribón es de su tiempo, es de su pandilla, es de su tertulia, es de su periódico, es de su daltonismo, esto es, que sólo cree en el color que ha escogido para verlo todo como su cristal se lo pinta.

Se parece al río Piedra; los agravios que corren por el alma de Bribón se petrifican como la calumnia en la abadesa de "Miel de la Alcarria". Después, con el mármol, o "terra-cuota", de sus rencores, Bribón hace "bibelots" artísticos, muchas veces correctos.

Es uno de esos egoístas que no lo parecen porque son nerviosos. Se mueve mucho, pero siempre es alrededor de sí mismo.

En Bribón el "misoneísmo" (muy acentuado) es una forma de la autolatría

Todavía admira a Eguilaz, porque en tiempos de este, todavía era él, Bribón, joven, revistero de moda.

Cual esos elegantes del año sesenta y tantos, que, como quien erige un monumento al recuerdo de sus conquistas, siguen vistiéndose, en lo posible, por el corte que usaban entonces, González Bribón se ha quedado a la zaga, muy a la zaga en gusto literario, no por incapaz de comprender y sentir lo nuevo, sino por nostalgia de sus verdores; por cariño a su tiempo.

Es de los que hablan todavía de los chistes de Inza, y de los que llaman genio a Florentino Sanz, y le admiran por el "Quevedo", y porque se quedaba hasta muy tarde en el Casino.

González Bribón no nació malo. Se hizo. Primero fue romántico. Se le conocía un drama en que hablaba mucho de la luna. Pero como la sátira de la crítica le hizo ver las estrellas, todo el clair de lune se le convirtió en bilis.

Es capaz de aguardar veinte años para vengar un agravio. Frecuenta las oficinas donde sabe que tiene algún expediente que le interesa a algún crítico de los que se han burlado de su romanticismo, y emplea sus relaciones con los altos funcionarios para conseguir que el expediente no marche o marche mal.

No acostumbra ir al Congreso, ni al Ateneo, ni a ningún sitio en que haya tribuna. Pero cuando sabe que habla algún enemigo literario suyo, va. Si el otro habla bien, se calla. Pero a fuerza de paciencia consigue que el enemigo le de el gusto de ponerse malo hablando, o de estar afónico, o de no complacer a los señores... Bribón sale de "estampía" en su periódico, gritando: "¡Si no podía menos! ¡Si ya lo habíamos previsto!".

Tiene para seguir a sus adversarios la paciencia de aquel inglés que siguió a un famoso funámbulo por todo el mundo "hasta verle caerse de la cuerda y matarse". Bribón no pierde de vista "a sus rencores", y cuando los ve caer hace como que "estaba allí" por casualidad, y... ¡aquí que no peco! Parece cómplice de todas las desgracias.

Lleva a los periódicos en que tiene parte como accionista, a sus amigos y protegidos... ¿Para qué le defiendan a él? No; para que ataquen a sus enemigos.

Frecuenta mucho las librerías principales. ¿Sabéis por qué? Para espiar la venta de los libros ajenos. Procura quedarse a solas con el librero, y entonces, lleno de emoción, le pide, le suplica, que le confiese "si Fulano vende mucho". (Fulano, algún enemigo de Bribón).

Goza con verdadero deliquio de envidia satisfecha, cuando le dice el librero que no "corre tal obra".

El "crack" de la "novela larga", le tiene loco de contento. Sus principales antiguos enemigos, son "novelistas largos". (Él escribe cuentos).

También procura estar bien relacionado con los editores extranjeros, y con los editores de revistas de París, Londres, Roma, Nueva York, etcétera, etc.

¿Para qué? Para mandarles "informes" de nuestros literatos. Por supuesto, poniendo en las nubes a pocos amigos, y omitiendo o desacreditando a sus enemigos.

Bribón es el autor de esas reseñas de literatura española contemporánea que publican de tarde en tarde, así como por compasión, algunos papeles ingleses, franceses e italianos.

También se encarga con mucho gusto de mandar datos a las enciclopedias literarias, diccionarios biográficos y otras obras por el estilo.

¿Para qué? Para "omitir" a los enemigos o ponerlos de insignificantes que dan lástima.

"Hasta en la guía de forasteros" procura influir.

¿Cómo? Es toda una novela. Se hizo amigo del corrector de pruebas; un día le convidó a comer, le emborrachó, y como el otro le dijera que tenía que ir a corregir las pruebas del último "año" de "la guía", le pidió plenos poderes para ir en su lugar, a hacer sus veces. Y fue... y su enemigo mortal, X. Y. Z. que figuraba en el libro oficial en una lista que era una especie de escalafón... le rebajó dos o tres puestos y le quitó el Excelentísimo.

Últimamente averiguó que las agencias telegráficas se han metido a críticas y mandan a las provincias telegramas dando cuenta de los estrenos y juzgando, en juicio sumarísimo, las obras estrenadas.

Pues Bribón se ha hecho amigo de dos o tres Menchetas (empleo la palabra no en sentido patronímico, sino como apelativo común) y en cuanto hay estreno... de enemigo, ya se sabe, la agencia Abichuelas, o la agencia Fiebre, o la agencia Maleta les dicen a sus "provincianos": "Catástrofe teatral... autor perseguido juez de guardia... Patatas simbólicas. Todo merecido".

Puede suceder que sea mentira y se trate de un gran éxito, pero ¿quién le quita a Bribón el gusto de haber desacreditado a un enemigo por unas veinticuatro horas?

Pero no se contenta con desacreditar a los literatos que aborrece.

Les sigue la pista a los enemigos de aquellos a quien él aborrece y se complace en darles bombo. Bribón escribe unos artículos en que según su programa se habla "de todo menos de crítica literaria".

Esto es un pretexto para no tener que hablar de los libros buenos de sus enemigos.

Pero... a veces pide al lector permiso para "hacer una excepción" a favor de don Fulano... y escribe un bombo escandaloso para elogiar el libro de un cualquiera.

Y ese cualquiera siempre es algún gozquecillo que le ha mordido las pantorrillas a un literato de los que odia Bribón.

Bribón no escribe libros.

Pero estos días se ha descolgado con una gran "biografía", en papel vitela, "a varias tintas", con retrato del biografiado... un volumen de todo lujo.

Es el panegírico de don Insignificante de Tal.

Un buen mozo, que vive amontonado con la infiel esposa de Z. X. Y.... del crítico que peor trató el drama romántico en que González Bribón decía aquellas cosas de la luna.

martes, 7 de mayo de 2013

Espejito, espejito..., por Carlos Suchowolski

Se miró seriamente unos minutos, observando sus facciones con detalle, para por fin ponerse a hacer morisquetas delante del espejo, por lo general en silencio, de vez en cuando añadiendo un irreprimible sonido gutural. Así, se vio sucesivamente con cara de mono, de gnomo burlón, de viejo dolorido, de malo malísimo, de tonto, de mucho más tonto, y así más y más... Llevaba media hora ensayando expresiones diferentes y no parecía estar dispuesto a abandonar, evidentemente obsesionado por hacerlo cada vez mejor y conseguir las expresiones más novedosas y extrañas que pudiera... Parecía disponer de un arcón lleno de máscaras, plausiblemente infinitas, que se sucedían en el reflejo las unas a las otras para volver a mutar y mutar sin límite previsible. El espejo había comenzado a hastiarse, a desear detener de una vez por todas esa secuencia que se veía forzado a reflejar a pesar suyo con un creciente dolor de las mandíbulas. Le habría gustado poder gritarle “¡Basta!” al otro, al idiota que se había plantado delante de él y que ya empezaba a creer que no era el mismo a causa de los cambios. Le habría gustado, al menos, devolverle una expresión desesperada, de rechazo... o de súplica... Pero no disponía de gestos propios, de una autonomía que se lo permitiese. De repente, en el límite de la paciencia, y antes de que se perdiera aquella pose, ciertamente apropiada, tomó en préstamo el rostro terrible que el otro le obligaba a reproducir y, extendiendo las fauces abiertas del reflejo, se lo tragó de un bocado.

lunes, 29 de abril de 2013

El duende de la tienda




Érase una vez un estudiante, un estudiante de verdad, que vivía en una buhardilla y nada poseía; y érase también un tendero, un tendero de verdad, que habitaba en la trastienda y era dueño de toda la casa; y en su habitación moraba un duendecillo, al que todos los años, por Nochebuena, obsequiaba aquél con un tazón de papas y un buen trozo de mantequilla dentro. Bien podía hacerlo; y el duende continuaba en la tienda, y esto explica muchas cosas.

Un atardecer entró el estudiante por la puerta trasera, a comprarse una vela y el queso para su cena; no tenía a quien enviar, por lo que iba él mismo. Le dieron lo que pedía, lo pagó, y el tendero y su mujer le desearon las buenas noches con un gesto de la cabeza. La mujer sabía hacer algo más que gesticular con la cabeza; era un pico de oro.

El estudiante les correspondió de la misma manera y luego se quedó parado, leyendo la hoja de papel que envolvía el queso. Era una hoja arrancada de un libro viejo, que jamás hubiera pensado que lo tratasen así, pues era un libro de poesía.

-Todavía nos queda más -dijo el tendero-; lo compré a una vieja por unos granos de café; por ocho chelines se lo cedo entero.

-Muchas gracias -repuso el estudiante-. Démelo a cambio del queso. Puedo comer pan solo; pero sería pecado destrozar este libro. Es usted un hombre espléndido, un hombre práctico, pero lo que es de poesía, entiende menos que esa cuba.

La verdad es que fue un tanto descortés al decirlo, especialmente por la cuba; pero tendero y estudiante se echaron a reír, pues el segundo había hablado en broma. Con todo, el duende se picó al oír semejante comparación, aplicada a un tendero que era dueño de una casa y encima vendía una mantequilla excelente.
Cerrado que hubo la noche, y con ella la tienda, y cuando todo el mundo estaba acostado, excepto el estudiante, entró el duende en busca del pico de la dueña, pues no lo utilizaba mientras dormía; fue aplicándolo a todos los objetos de la tienda, con lo cual éstos adquirían voz y habla. Y podían expresar sus pensamientos y sentimientos tan bien como la propia señora de la casa; pero, claro está, sólo podía aplicarlo a un solo objeto a la vez; y era una suerte, pues de otro modo, ¡menudo barullo!

El duende puso el pico en la cuba que contenía los diarios viejos.

-¿Es verdad que usted no sabe lo que es la poesía?
-Claro que lo sé -respondió la cuba-. Es una cosa que ponen en la parte inferior de los periódicos y que la gente recorta; tengo motivos para creer que hay más en mí que en el estudiante, y esto que comparado con el tendero no soy sino una cuba de poco más o menos.

Luego el duende colocó el pico en el molinillo de café. ¡Dios mío, y cómo se soltó éste! Y después lo aplicó al barrilito de manteca y al cajón del dinero; y todos compartieron la opinión de la cuba. Y cuando la mayoría coincide en una cosa, no queda más remedio que respetarla y darla por buena.

-¡Y ahora, al estudiante! -pensó; y subió calladito a la buhardilla, por la escalera de la cocina. Había luz en el cuarto, y el duendecillo miró por el ojo de la cerradura y vio al estudiante que estaba leyendo el libro roto adquirido en la tienda. Pero, ¡qué claridad irradiaba de él!

De las páginas emergía un vivísimo rayo de luz, que iba transformándose en un tronco, en un poderoso árbol, que desplegaba sus ramas y cobijaba al estudiante. Cada una de sus hojas era tierna y de un verde jugoso, y cada flor, una hermosa cabeza de doncella, de ojos ya oscuros y llameantes, ya azules y maravillosamente límpidos. Los frutos eran otras tantas rutilantes estrellas, y un canto y una música deliciosos resonaban en la destartalada habitación.

Jamás había imaginado el duendecillo una magnificencia como aquélla, jamás había oído hablar de cosa semejante. Por eso permaneció de puntillas, mirando hasta que se apagó la luz. Seguramente el estudiante había soplado la vela para acostarse; pero el duende seguía en su sitio, pues continuaba oyéndose el canto, dulce y solemne, una deliciosa canción de cuna para el estudiante, que se entregaba al descanso.

-¡Asombroso! -se dijo el duende-. ¡Nunca lo hubiera pensado! A lo mejor me quedo con el estudiante...

Y se lo estuvo rumiando buen rato, hasta que, al fin, venció la sensatez y suspiró. -¡Pero el estudiante no tiene papillas, ni mantequilla!-. Y se volvió; se volvió abajo, a casa del tendero. Fue una suerte que no tardase más, pues la cuba había gastado casi todo el pico de la dueña, a fuerza de pregonar todo lo que encerraba en su interior, echada siempre de un lado; y se disponía justamente a volverse para empezar a contar por el lado opuesto, cuando entró el duende y le quitó el pico; pero en adelante toda la tienda, desde el cajón del dinero hasta la leña de abajo, formaron sus opiniones calcándolas sobre las de la cuba; todos la ponían tan alta y le otorgaban tal confianza, que cuando el tendero leía en el periódico de la tarde las noticias de arte y teatrales, ellos creían firmemente que procedían de la cuba.

En cambio, el duendecillo ya no podía estarse quieto como antes, escuchando toda aquella erudición y sabihondura de la planta baja, sino que en cuanto veía brillar la luz en la buhardilla, era como si sus rayos fuesen unos potentes cables que lo remontaban a las alturas; tenía que subir a mirar por el ojo de la cerradura, y siempre se sentía rodeado de una grandiosidad como la que experimentamos en el mar tempestuoso, cuando Dios levanta sus olas; y rompía a llorar, sin saber él mismo por qué, pero las lágrimas le hacían un gran bien. ¡Qué magnífico debía de ser estarse sentado bajo el árbol, junto al estudiante! Pero no había que pensar en ello, y se daba por satisfecho contemplándolo desde el ojo de la cerradura. Y allí seguía, en el frío rellano, cuando ya el viento otoñal se filtraba por los tragaluces, y el frío iba arreciando. Sólo que el duendecillo no lo notaba hasta que se apagaba la luz de la buhardilla, y los melodiosos sones eran dominados por el silbar del viento. ¡Ujú, cómo temblaba entonces, y bajaba corriendo las escaleras para refugiarse en su caliente rincón, donde tan bien se estaba! Y cuando volvió la Nochebuena, con sus papillas y su buena bola de manteca, se declaró resueltamente en favor del tendero.

Pero a media noche despertó al duendecillo un alboroto horrible, un gran estrépito en los escaparates, y gentes que iban y venían agitadas, mientras el sereno no cesaba de tocar el pito. Había estallado un incendio, y toda la calle aparecía iluminada. ¿Sería su casa o la del vecino? ¿Dónde? ¡Había una alarma espantosa, una confusión terrible! La mujer del tendero estaba tan consternada, que se quitó los pendientes de oro de las orejas y se los guardó en el bolsillo, para salvar algo. El tendero recogió sus láminas de fondos públicos, y la criada, su mantilla de seda, que se había podido comprar a fuerza de ahorros. Cada cual quería salvar lo mejor, y también el duendecillo; y de un salto subió las escaleras y se metió en la habitación del estudiante, quien, de pie junto a la ventana, contemplaba tranquilamente el fuego, que ardía en la casa de enfrente. El duendecillo cogió el libro maravilloso que estaba sobre la mesa y, metiéndoselo en el gorro rojo lo sujetó convulsivamente con ambas manos: el más precioso tesoro de la casa estaba a salvo. Luego se dirigió, corriendo por el tejado, a la punta de la chimenea, y allí se estuvo, iluminado por la casa en llamas, apretando con ambas manos el gorro que contenía el tesoro. Sólo entonces se dio cuenta de dónde tenía puesto su corazón; comprendió a quién pertenecía en realidad. Pero cuando el incendio estuvo apagado y el duendecillo hubo vuelto a sus ideas normales, dijo:

-Me he de repartir entre los dos. No puedo separarme del todo del tendero, por causa de las papillas.

Y en esto se comportó como un auténtico ser humano. Todos procuramos estar bien con el tendero... por las papillas.

lunes, 8 de abril de 2013

Café, por Cristina Lemus Allen


La mujer estaba sentada en la mesa más apartada del café. Ojeaba un periódico sin demasiado interés. Pero cuando algo captaba su atención fijaba la vista en la página y lo leía con detenimiento.

A un lado, una taza de café se enfriaba sin que hubiera dado un solo sorbo.

Mientras pasaba las páginas del periódico fumaba un cigarrillo con avidez, expulsando el humo por la boca, que se alejaba hacia el techo formando fantasmagóricas espirales azules.

De vez en cuando dejaba de leer y su mirada se perdía en algún punto entre la pared y el techo. Entonces yo pensaba: "No está aquí. Me encantaría saber en qué está pensando".

lunes, 1 de abril de 2013

Maestros de la ilustración - Winsor McCay


"Little Sammy Sneeze", tira publicada en el New York Herald entre 1904 y 1906. Su autor, Winsor McCay, es conocido fundamentalmente por la tira "Little Nemo", que apareció originalmente en el New York Herald entre 1905 y 1911 y en el New York American entre 1911 y 1914.
(Pinchar sobre la imagen para verla ampliada)