lunes 23 de enero de 2012

Juan el bobo


Allá en el campo, en una vieja mansión señorial, vivía un anciano propietario que tenía dos hijos, tan listos, que con la mitad hubiera bastado. Los dos se metieron en la cabeza pedir la mano de la hija del Rey. Estaban en su derecho, pues la princesa había mandado pregonar que tomaría por marido a quien fuese capaz de entretenerla con mayor gracia e ingenio.

Los dos hermanos estuvieron preparándose por espacio de ocho días; éste era el plazo máximo que se les concedía, más que suficiente, empero, ya que eran muy instruidos, y esto es una gran ayuda. Uno se sabía de memoria toda la enciclopedia latina, y además la colección de tres años enteros del periódico local, tanto del derecho como del revés. El otro conocía todas las leyes gremiales párrafo por párrafo, y todo lo que debe saber el presidente de un gremio. De este modo, pensaba, podría hablar de asuntos del Estado y de temas eruditos. Además, sabía bordar tirantes, pues era fino y ágil de dedos.

- Me llevaré la princesa - afirmaban los dos; por eso su padre dio a cada uno un hermoso caballo; el que se sabía de memoria la enciclopedia y el periódico, recibió uno negro como azabache, y el otro, el ilustrado en cuestiones gremiales y diestro en la confección de tirantes, uno blanco como la leche. Además, se untaron los ángulos de los labios con aceite de hígado de bacalao, para darles mayor agilidad. Todos los criados salieron al patio para verlos montar a caballo, y entonces compareció también el tercero de los hermanos, pues eran tres, sólo que el otro no contaba, pues no se podía comparar en ciencia con los dos mayores, y, así, todo el mundo lo llamaba el bobo.

- ¿Adónde vais con el traje de los domingos? - preguntó.

- A palacio, a conquistar a la hija del Rey con nuestros discursos. ¿No oíste al pregonero? - y le contaron lo que ocurría.

- ¡Demonios! Pues no voy a perder la ocasión - exclamó el bobo -. Y los hermanos se rieron de él y partieron al galope. - ¡Dadme un caballo, padre! - dijo Juan el bobo -. Me gustaría casarme. Si la princesa me acepta, me tendrá, y si no me acepta, ya veré de tenerla yo a ella.

- ¡Qué sandeces estás diciendo! - intervino el padre. - No te daré ningún caballo. ¡Si no sabes hablar! Tus hermanos es distinto, ellos pueden presentarse en todas partes.

- Si no me dais un caballo - replicó el bobo - montaré el macho cabrío; es mío y puede llevarme. - Se subió a horcajadas sobre el animal, y, dándole con el talón en los ijares, emprendió el trote por la carretera. ¡Vaya trote!

- ¡Atención, que vengo yo! - gritaba el bobo; y se puso a cantar con tanta fuerza, que su voz resonaba a gran distancia.

Los hermanos, en cambio, avanzaban en silencio, sin decir palabra; aprovechaban el tiempo para reflexionar sobre las grandes ideas que pensaban exponer.

- ¡Eh, eh! - gritó el bobo, ¡aquí estoy yo! ¡Mirad lo que he encontrado en la carretera! -. Y les mostró una corneja muerta.

- ¡Imbécil! - exclamaron los otros -, ¿para qué la quieres?

- ¡Se la regalaré a la princesa!

- ¡Haz lo que quieras! - contestaron, soltando la carcajada y siguiendo su camino.

- ¡Eh, eh!, ¡aquí estoy yo! ¡Mirad lo que he encontrado! ¡No se encuentra todos los días!

Los hermanos se volvieron a ver el raro tesoro.

- ¡Estúpido! - dijeron -, es un zueco viejo, y sin la pala. ¿También se lo regalarás a la princesa?

- ¡Claro que sí! - respondió el bobo; y los hermanos, riendo ruidosamente, prosiguieron su ruta y no tardaron en ganarle un buen trecho.

- ¡Eh, eh!, ¡aquí estoy yo! - volvió a gritar el bobo -. ¡Voy de mejor en mejor! ¡Arrea! ¡Se ha visto cosa igual!

- ¿Qué has encontrado ahora? - preguntaron los hermanos.

- ¡Oh! - exclamó el bobo -. Es demasiado bueno para decirlo. ¡Cómo se alegrará la princesa!

- ¡Qué asco! - exclamaron los hermanos -. ¡Si es lodo cogido de un hoyo!

- Exacto, esto es - asintió el bobo -, y de clase finísima, de la que resbala entre los dedos - y así diciendo, se llenó los bolsillos de barro.

Los hermanos pusieron los caballos al galope y dejaron al otro rezagado en una buena hora. Hicieron alto en la puerta de la ciudad, donde los pretendientes eran numerados por el orden de su llegada y dispuestos en fila de a seis de frente, tan apretados que no podían mover los brazos. Y suerte de ello, pues de otro modo se habrían roto mutuamente los trajes, sólo porque el uno estaba delante del otro.

Todos los demás moradores del país se habían agolpado alrededor del palacio, encaramándose hasta las ventanas, para ver cómo la princesa recibía a los pretendientes. ¡Cosa rara! No bien entraba uno en la sala, parecía como si se le hiciera un nudo en la garganta, y no podía soltar palabra.

- ¡No sirve! - iba diciendo la princesa -. ¡Fuera!

Llegó el turno del hermano que se sabía de memoria la enciclopedia; pero con aquel largo plantón se le había olvidado por completo. Para acabar de complicar las cosas, el suelo crujía, y el techo era todo él un espejo, por lo cual nuestro hombre se veía cabeza abajo; además, en cada ventana había tres escribanos y un corregidor que tomaban nota de todo lo que se decía, para publicarlo enseguida en el periódico, que se vendía a dos chelines en todas las esquinas. Era para perder la cabeza. Y, por añadidura, habían encendido la estufa, que estaba candente.

- ¡Qué calor hace aquí dentro! - fueron las primeras palabras del pretendiente.

- Es que hoy mi padre asa pollos - dijo la princesa.

- ¡Ah! - y se quedó clavado; aquella respuesta no la había previsto; no le salía ni una palabra, con tantas cosas ingeniosas que tenía preparadas.

- ¡No sirve! ¡Fuera! - ordenó la princesa. Y el mozo hubo de retirarse, para que pasase su hermano segundo.

- ¡Qué calor más terrible! - dijo éste.

- ¡Sí, asamos pollos! - explicó la hija del Rey.

- ¿Cómo di... di, cómo di... ? - tartamudeó él, y todos los escribanos anotaron: «¿Cómo di... di, cómo di... ?».

- ¡No sirve! ¡Fuera! - decretó la princesa.


Tocóle entonces el turno al bobo, quien entró en la sala caballero en su macho cabrío.

- ¡Demonios, qué calor! - observó.

- Es que estoy asando pollos - contestó la princesa.

- ¡Al pelo! - dijo el bobo. - Así, no le importará que ase también una corneja, ¿verdad?

- Con mucho gusto, no faltaba más - respondió la hija del Rey -. Pero, ¿traes algo en que asarla?; pues no tengo ni puchero ni asador.

- Yo sí los tengo - exclamó alegremente el otro. - He aquí un excelente puchero, con mango de estaño - y, sacando el viejo zueco, metió en él la corneja.

- Pues, ¡vaya banquete! - dijo la princesa -. Pero, ¿y la salsa?

La traigo en el bolsillo - replicó el bobo -. Tengo para eso y mucho más - y se sacó del bolsillo un puñado de barro.

- ¡Esto me gusta! - exclamó la princesa -. Al menos tú eres capaz de responder y de hablar. ¡Tú serás mi marido! Pero, ¿sabes que cada palabra que digamos será escrita y mañana aparecerá en el periódico? Mira aquella ventana: tres escribanos y un corregidor. Este es el peor, pues no entiende nada. - Desde luego, esto sólo lo dijo para amedrentar al solicitante. Y todos los escribanos soltaron la carcajada e hicieron una mancha de tinta en el suelo.

- ¿Aquellas señorías de allí? - preguntó el bobo -. ¡Ahí va esto para el corregidor! - y, vaciándose los bolsillos, arrojó todo el barro a la cara del personaje.

- ¡Magnífico! - exclamó la princesa. - Yo no habría podido. Pero aprenderé.

Y de este modo Juan el bobo fue Rey. Obtuvo una esposa y una corona y se sentó en un trono - y todo esto lo hemos sacado del diario del corregidor, lo cual no quiere decir que debamos creerlo a pies juntillas.

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viernes 20 de enero de 2012

El esclavo de los dientes.


Cuando Harald tenía siete meses de edad le salió su primer diente. Entonces su padre le dijo:

- Todas las crías de mi ganado, corderos y terneros y potros, que han nacido desde que este bebé nació hasta el día de hoy, serán para él. También le doy este esclavo, Olaf. Estos son mis regalos para mi hijo por su primer diente.

El niño creció rápidamente y tan pronto como pudo caminar pasaba fuera la mayor parte del tiempo. Corría por el bosque, subía a las colinas y se metía en el arroyo. Pasaba la mayor parte del tiempo con su esclavo de los dientes, porque el rey había dicho a Olaf:

- Atiende siempre a su llamada.

Ahora bien, este Olaf conocía muchas historias, y a Harald le gustaba oírlas.

- Vayamos a la Roca de Aegir, Olaf, y me cuentas cuentos - , decía casi a diario.

Así que comenzaron a atravesar las montañas. El hombre llevaba un abrigo largo y suelto de lana de color blanco, ceñido a la cintura con una correa. Llevaba zapatos gruesos y polainas de cuero. Alrededor del cuello llevaba un collar de hierro soldado de manera que no podía quitárselo. En él, unos extraños signos llamados runas rezaban:

- Olaf, esclavo de Halfdan.

La ropa de Harald era elegante. Una capa de terciopelo gris colgaba de sus hombros, sujeta sobre su pecho con una gran hebilla de oro. Cuando ondeaba al viento, mostraba el brillante forro escarlata y la parte inferior de una chaquetilla también escarlata. Sus pies y piernas estaban cubiertos con medias de lana gris. Unos cordones de oro rodeaban sus piernas desde los zapatos hasta las rodillas. Una banda de oro sujetaba su largo y rubio pelo.

Caminaban por un terreno abrupto, subiendo empinadas y ásperas colinas. Algunas parecían hechas totalmente de piedra, con un poco de tierra algunas zonas. Grandes rocas colgaban de ellas, con árboles creciendo en sus grietas. Algunas se había desprendido y rodado colina abajo.

- Thor las rompió -, dijo Olaf. - Él cabalga por el cielo y arroja su martillo a las nubes y a las montañas. Eso provoca el trueno y el relámpago y las grietas de las colinas. Su martillo nunca falla, y siempre vuelve a su mano para ser lanzado de nuevo.

Cuando llegaron a la cima de la colina miraron hacia atrás. Muy por debajo de ellos había un valle suave y verde. Frente a ellos el mar se adentraba en la tierra formando un fiordo. A cada lado del fiordo las altas paredes de roca oscurecían el agua con su sombra. Alrededor del valle se alzaban altas colinas cubiertas de oscuros pinos. A lo lejos estaban las montañas. En el valle se hallaban las casas de Halfdan ocupando una yarda cuadrada.

- ¡Qué pequeñas se ven nuestras casas ahí abajo! - dijo Harald. - Pero casi puedo… Sí, puedo ver el dragón rojo en el techo del salón de fiestas. ¿Te acuerdas de cuando me subí y me senté en la cabeza, Olaf?

Él se rió, golpeó sus talones y echó a correr.

Al fin llegaron a la Roca de Aegir y treparon a su parte superior plana. Harald se acercó al borde y miró desde allí. Una pared de roca irregular se extendía hacia abajo doscientos metros hasta las negras aguas del fiordo. Olaf lo miró por un rato y luego dijo:

- ¿No palideces, Harald? ¡Bien! Un niño que puede hacer frente al acantilado de Aegir no tendrá miedo de hacer frente a la guerra, cuando sea un hombre.

- Oh, no tengo miedo de la guerra -, exclamó Harald.

Echó hacia atrás la capa y sacó una pequeña daga de su cinturón.

- ¡Mira! - gritó, - ¿no brilla como una espada? y no tengo miedo. Pero después de todo, esto es una cosa de bebé. Cuando tenga ocho años voy a tener una espada, una afilada arma de guerra.


Hizo girar la daga como si fuera una espada larga. Entonces corrió y se sentó en una roca junto a Olaf.

- ¿Por qué es esta la roca de Aegir? - le preguntó.

- Ya sabes que Asgard está en el cielo -, dijo Olaf. - Es una ciudad maravillosa donde las casas de oro de los dioses están en medio de una arboleda de oro. Un alto muro corre a su alrededor. En la casa de Odín, el padre de todo, hay un gran salón de fiestas, mayor que toda la tierra. Su nombre es Valhalla. Dispone de quinientas puertas. Las vigas son lanzas. En el techo de paja cuelgan escudos. Hay armaduras en los bancos. En el trono se sienta Odin, un casco de oro en la cabeza, una lanza en la mano. Dos lobos se encuentran a sus pies. A su derecha y a su izquierda se sientan todos los dioses y diosas, y en todo el salón se sientan miles y miles de hombres, todos los valientes que han muerto.

"Es bueno estar en Valhalla, pues no hay aguamiel que los hombres puedan hacer mejor y nunca se agota. Y hay poetas que cantan canciones maravillosas que los hombres nunca han escuchado. Y ante las puertas del Valhalla hay un gran prado donde los guerreros luchan todos los días y reciben y provocan gloriosas y dulces heridas. Y pasan toda la noche de fiesta, y sus heridas se curan. Sin embargo, nadie puede ir al Valhalla, excepto los guerreros que han muerto valientemente en la batalla. Los hombres que mueren a causa de la enfermedad van con las mujeres, los niños y los cobardes a Niflheim. Allí Hela, que es la reina, siempre se burla de ellos, y un frío terrible se apodera de sus huesos, y se sientan y se congelan.

"Hace años Aegir era un gran guerrero. Aegir el de la gran mano, le llamaban. En más de una batalla su espada cantó y envió a muchos guerreros al Valhalla. Muchas espadas mordieron su carne y le dejaron cicatrices, pero ninguna le hirió de muerte. Así que encaneció y sus brazos se debilitaron. Hubo paz en aquel país y Aegir se lamentaba diciendo:

- Ya soy viejo. Las batallas han cesado. ¿Tengo que morir en la cama como una mujer? ¿No veré Valhalla?

Dijo Odin hace mucho tiempo:

"Si un hombre es viejo y se acerca a la muerte y no puede morir en la lucha, que halle la muerte de alguna manera valiente y estará conmigo en Valhalla”.

"Así que un día llegó Aegir a esta roca.

- ¡Una hazaña para ganar Valhalla! -exclamó.

"Entonces sacó su espada y la elevó sobre su cabeza y con el escudo en alto saltó y murió en las aguas del fiordo."

- ¡Oh! -exclamó Harald, poniéndose en pie. - Creo que Odin se puso de pie delante de su trono y le dio la bienvenida con alegría cuando entró por la puerta de Valhalla.

- Eso dicen las canciones -, dijo Olaf, - los poetas todavía cantan esa hazaña por toda Noruega.



Extraído del libro Viking Tales de Jennie Hall, publicado en 1902 por Rand McNally & Co. e ilustrado por Victor R. Lambdin. El libro está disponible para su descarga en The Project Gutenberg.
Traducción de Mayte Sánchez Sempere.

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jueves 19 de enero de 2012

La pelea - Jorge Decarlini

Imagino que le solté una bien fuerte y salí corriendo. Al despertar, únicamente siento dolor en la cabeza y en los nudillos. Sé que uno de los dos es por la resaca. El resto del cuerpo, extrañamente intacto. Aunque en la mano debe haber algo roto. No, si fuera eso, no podría haber dormido. Bueno, pues una fractura, al menos. La sangre seca recubre los dedos amoratados. Ni siquiera recuerdo a ese cabrón. Me sobrevienen ráfagas efímeras con alguno de sus gestos, con facciones volátiles. No logro recomponer una imagen mental de su cara, sólo sombras. Noto que algo se clava en mi piel. Hay vidrios minúsculos entre las sábanas. Parece que por medio hubo una botella. Siempre la hay. Tengo que levantarme.

Recorro el pasillo y meo en el baño. Luego, al abrir el grifo, veo cristales en el lavabo. Levanto la mirada y descubro la huella de un golpe brutal en el espejo. Exactamente, en el lugar en el que debería verse mi reflejo.

Jorge Decarlini

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miércoles 18 de enero de 2012

ATENCIÓN: Ampliamos el plazo para El Fin Del Mundo

Será cosa de las fiestas, los mantecados, las comilonas y el cava... el caso es que algunos autores nos han pedido un poquito más de tiempo. Pero tiene que ser poco, no nos pille el fin del mundo a medias.
Por tanto, AMPLIAMOS EL PLAZO DE PRESENTACIÓN DE RELATOS E ILUSTRACIONES hasta el domingo 22 de Enero. Ni un minuto más.

Ánimo y a por los alienigenas, tsunamis, terremotos, maldiciones bíblicas, profecías ocultas, epidemias, cataclismos medioambientales, radiaciones extremas, colisiones planetarias, polaridades invertidas y demás espantos.

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