sábado, 7 de diciembre de 2013

Los alfileres de Slater no tienen punta


«Los alfileres de Slater no tienen punta, ¿no te has fijado?», dijo la señorita Craye volviéndose, cuando la rosa se desprendió del vestido de Fanny Wilmot, y Fanny se inclinó, con los oídos rebosantes de música, para buscar el alfiler en el suelo.
Estas palabras impresionaron en gran manera a Fanny, mientras la señorita Craye tocaba el último acorde de una fuga de Bach. ¿Acaso la señorita Craye iba realmente a la tienda de Siater a comprar alfileres?, se preguntó Fanny Wilmot, traspuesta durante un instante. ¿Esperaba en pie, la señorita Craye, ante el mostrador, igual que todos los demás, y le daban un recibo, con la calderilla envuelta en él, y se metía la calderilla en el bolso, y después, una hora más tarde, delante de su mesa tocador, sacaba los alfileres? ¿Para qué necesitaba alfileres la señorita Craye? A fin de cuentas bien se podía decir que, más que ir vestida, iba enfundada, como una cucaracha, prietamente ceñida por su caparazón, de azul en invierno y de verde en verano. ¿Qué necesidad de alfileres tenía — Julia Craye—, quien, al parecer, vivía en el fresco y vitreo mundo de las fugas de Bach, tocando para sí lo que le diera la gana, y accediendo a tener sólo una o dos alumnas, en la Escuela de Música de Archer Street (eso decía la directora, la señorita Kingston), como favor especial a la directora, quien «la tenía en la mayor admiración, desde todos los puntos de vista»? La señorita Craye quedó en muy mala situación, mucho temía la señorita Kingston, al morir su hermano. Oh, sí, tenían cosas muy hermosas, cuando vivían en Salisbury, y su hermano Julius era, desde luego, un hombre muy conocido: un famoso arqueólogo. Era un gran privilegio poder estudiar con ellos, decía la señorita Kingston («Mi familia los conocía de toda la vida, eran gente típica de Canterbury», decía la señorita Kingston), pero a una niña le daba siempre un poco de miedo; una tenía que procurar no dar portazos, ni entrar de sopetón en un cuarto. La señorita Kingston, que siempre hacía esbozos de personalidades, el primer día del curso, mientras recibía cheques y escribía los correspondientes recibos, esbozó, en este instante, una sonrisa. Sí, ciertamente, de chica había sido revoltosa y un tanto bruta; había entrado pegando un salto, con lo que hizo saltar todas aquellas verdes jarras romanas y demás cosas que había en las vitrinas. Los Craye no estaban acostumbrados a tratar con niños. Ningún Craye se casó. Tenían gatos; y los gatos, pensaba una, saben tanto acerca de urnas romanas y cosas parecidas, como el que más. 
«¡Mucho más de lo que yo sabía!», dijo alegremente la señorita Kingston, mientras escribía su nombre al pie del recibo, con su caligrafía alegre y ampulosa, debido a que siempre había sido mujer con sentido práctico. A fin de cuentas, de eso vivía.
En este caso, pensó Fanny Wilmot, mientras buscaba el alfiler, bien podía ser que la señorita Craye hubiera dicho «los alfileres de Slater no tienen punta» al azar. Ningún Craye se había casado. La señorita Craye nada sabía de alfileres, nada de nada. Pero quiso romper el hechizo que dominaba la casa; quiso romper el vidrio que la separaba de todos los demás. Cuando Polly Kingston, aquella alegre jovencita, había dado el portazo, haciendo saltar las jarras romanas, Julius, después de comprobar que no se habían producido desperfectos (éste fue su primer impulso), miró, ya que las vitrinas se encontraban junto a la ventana, a Polly corriendo hacia su casa a través del campo; miró con la mirada que su hermana a menudo tenía, aquella mirada sostenida y dominante.
«Estrellas, sol, luna», parecía decir la mirada, «la margarita en la hierba, fuegos, hielo en los cristales de la ventana, mi corazón está con vosotros. Pero», siempre parecía añadir, «os quebráis, pasáis, os vais.» Y, al mismo tiempo, cubría la intensidad de ambos estados mentales con «No puedo alcanzaros, nó puedo llegar hasta vosotros», en tono de deseo frustrado. Y las estrellas se desvanecían, y los niños se iban. Este era el hechizo, ésta era la vitrea superficie que la señorita Craye quiso romper, para demostrar, después de interpretar con gran belleza a Bach, a modo de recompensa a una alumna favorita (Fanny sabía que era la alumna favorita de la señorita Craye), que también ella, al igual que todas las demás, entendía en alfileres. Los alfileres de Slater no tenían punta.
Sí, el «famoso arqueólogo» también había tenido aquella mirada. «El famoso arqueólogo »... cuando dijo estas palabras, firmando cheques, comprobando el día del mes, hablando tan alegre y francamente, hubo en la voz de la señorita Kingston un matiz indescriptible indicativo de la existencia de algo raro; algo raro en Julius Craye; y quizá fuera exactamente la misma cosa que también era rara en Julia. Una hubiera jurado, pensó Fanny Wilmot, mientras buscaba el alfiler, que en fiestas y reuniones (el padre de la señorita Kingston era clérigo), a los oídos de la señorita Kingston llegó algún comentario, o quizá fue sólo una sonrisa, o un matiz, cuando el nombre de Julius era mencionado, que le había dado cierta «impresión » con respecto a Julius ¿raye. Huelga decir que jamás había hablado de ello a nadie. Pero, siempre que la señorita Kingston hablaba de Julius u oía mencionar su nombre, esto era lo primero que acudía a la mente; y resultaba una idea seductora; algo raro había habido en Julius Craye.
Y esto mismo se daba también en Julia, medio vuelta hacia atrás, sentada en el taburete del piano, sonriendo. Está en el campo, está en el vidrio de la ventana, está en el cielo —la belleza; y no puedo alcanzarla; no puedo poseerla—, yo, parecía añadir con aquella leve crispación de la mano tan característica en ella, que la adoro apasionadamente, ¡la daría al mundo entero, para que la poseyera! Y cogió el clavel que había caído al suelo, mientras Fanny buscaba el alfiler. Lo oprimió, a juicio de Fanny, voluptuosamente, con sus manos de suaves venas, en las que destacaban los anillos de color de agua, con perlas. La presión de las manos de la señorita Craye parecía aumentar cuanto de más brillante había en la flor; resaltarlo; hacerla más rizada, más fresca, más inmaculada. Lo raro en la señorita Craye, y quizá también en su hermano, consistía en que aquel apretón y presa de los dedos se combinaba con una perpetua frustración. Incluso ahora ocurría con el clavel. Tenía las manos en él, lo oprimía, pero no lo poseía, no gozaba de él, no por entero, no del todo.
Ningún Craye se había casado, recordó Fanny Wilmot. Recordaba que una tarde en que la lección había durado más de lo usual y ya había oscurecido, Julia Craye dijo: «La utilidad de los hombres, sin la menor duda, es la de protegernos», sonriéndole con aquella misma extraña sonrisa, mientras en pie le abrochaba el abrigo, lo cual le dio conciencia, lo mismo que la flor, hasta las yemas de los dedos, de su juventud y brillantez, pero, lo mismo que la flor, Fanny sospechaba que también le dio sensación de incomodidad.
«Yo no quiero que me protejan», dijo Fanny riendo, y, cuando Julia Craye, fijando en ella aquella extraordinaria mirada, le dijo que no estaba muy segura de ello, Fanny se sonrojó a las claras bajo la admiración de sus ojos.
Los hombres sólo servían para eso, había dicho Julia Craye. ¿Se debería quizás a esto, se preguntó Fanny, con la vista fija en el suelo, que no se hubiera casado? A fin de cuentas, no había vivido toda la vida en Salisbury. «Con mucho, la parte más agradable de Londres», había dicho en cierta ocasión, «(pero hablo de hace quince o veinte años) es Kensington. Se llegaba a los jardines en diez minutos; era como hallarse en pleno campo. Se podía cenar en zapatillas sin coger frío. Kensington era igual que un pueblo entonces, ¿sabes?», había dicho.
En este punto se calló, para denunciar después las corrientes de aire de los metros.
«Era para lo que servían los hombres», había dicho con extraña y seca amargura. ¿Contribuía esto a despejar la incógnita de por qué no se había casado? Cabía imaginar todo género de escenas, en su juventud, cuando con sus hermosos ojos azules, su nariz recta y firme, su aire de fría distinción, su arte de pianista, su rosa abriéndose con casta pasión en el pecho de su vestido de muselina, había atraído, primero, a los jóvenes para quienes esas cosas, las tazas de porcelana y los candelabros de plata y la mesa con incrustaciones, ya que los Craye tenían bellos objetos cual éstos, eran maravillosas; hombres jóvenes, aunque no suficientemente distinguidos; hombres jóvenes de la ciudad catedralicia, sin ambiciones. A éstos había atraído primero, y luego a los amigos de su hermano, en Oxford o Cambridge. Llegaban en verano; la paseaban en barca de remos por el río; continuaban por carta la discusión acerca de Browning; y quizás hacían lo preciso, en las raras ocasiones en que Julia Craye paraba en Londres, para mostrarle ¿los jardines de Kensington? 
«Con mucho, la parte más agradable de Londres, Kensington (pero hablo de hace quince o veinte años)», había dicho en cierta ocasión. Se llegaba a los jardines en diez minutos, en pleno campo. Una podía sacar de esto lo que quisiera, pensó Fanny Wilmot, fijémonos, por ejemplo, en el señor Sherman, el pintor, viejo amigo de la señorita Craye; citarle para que fuera a buscarla, un soleado día del mes de junio; para que la llevara a tomar el té bajo los árboles. (También se habían tratado en aquellas fiestas en las que una iba con zapatillas sin temor a coger frío.) La tía u otro pariente entrado en años esperaría allí, mientras ellos contemplaban la Serpentine. Miraban la Serpentine. Quizás él la llevó a remo a la otra orilla. La compararon con el Avon. Y la señorita Craye seguramente hubiera calificado la comparación con gran furia. Los panoramas fluviales eran importantes para ella. Iría sentada un poco encorvada, un poco anguloso el cuerpo, a pesar de que a la sazón era grácil, llevando el timón. En el momento crítico, sí, ya que aquel hombre había decidido que debía hablar ahora —era la única ocasión de estar a solas con ella—, estaba hablando con la cabeza vuelta hacia atrás, en una postura absurda, con gran nerviosismo, por encima del hombro, y en aquel preciso momento, ella le interrumpió con ferocidad. Gritando, le dijo que, por su culpa, chocarían contra el puente. Fue un momento de horror, de desilusión, de revelación, para los dos. No puedo tenerlo, no puedo poseerlo, pensó Julia Craye. Entonces él no pudo comprender por qué Julia había accedido a ir con él. Con un recio golpe del remo contra el agua, dio la vuelta a la barca. ¿Lo dijo con el solo fin de darle un chasco? Remó y la devolvió al punto de partida, donde le dijo adiós.
El escenario de estos hechos podía variarse a voluntad, pensó Fanny Wilmot. (¿Dónde estaría el alfiler?) Podía ser Rávena, o Edimburgo, ciudad en la que la señorita Craye había regentado la casa de su hermano. La escena podía cambiarse, igual que el joven caballero y los detalles de la manera en que todo ocurrió, pero algo había que tenía carácter constante —la negativa de Julia Craye, su ceño, su enfado contra sí misma después, sus razonamientos, y su alivio—, sí, ciertamente, su inmenso alivio. Quizás el mismísimo día siguiente se levantó a las seis de la mañana, se envolvió en su manto, y anduvo desde Kensington hasta el río. Se sentía tan agradecida que no sacrificó su derecho a ir allá y ver las cosas en el momento en que mejor están —antes de que la gente se levante—, es decir, Julia Craye hubiera podido desayunar en cama, si hubiera querido. No sacrificó su independencia.
Sí, Fanny Wilmot sonrió, Julia no había puesto en peligro sus costumbres. Estaban a salvo; y sus costumbres hubieran quedado adversamente afectadas, si se hubiera casado. «Son ogros», dijo una tarde, casi riendo, cuando otra alumna, muchacha recientemente casada, recordó de repente que llegaría tarde a la cita con su marido y se fue presurosa.
«Son ogros», había dicho, riendo con tristeza. Un ogro quizás hubiera obstaculizado el desayuno en cama, con paseos al alba hasta el río. ¿Y qué hubiera ocurrido (aunque ello era inconcebible) si hubiese tenido hijos? Adoptaba pasmosas precauciones para protegerse de los resfriados, de la fatiga, de las comidas fuertes, de las comidas inadecuadas, de las corrientes de aire, de las estancias calurosas, de los viajes en metro, por cuanto jamás pudo determinar con exactitud qué cosa, entre todas las dichas, era la que le producía aquellos horribles dolores de cabeza que convertían su vida en algo parecido a un campo de batalla. Estaba siempre empeñada en una lucha para ganar por la mano al enemigo, hasta el punto que su empeño no dejaba de tener cierto interés; si, por fin, pudiera derrotar al enemigo, la vida seguramente le parecería un tanto sosa. Pero, en realidad, el bélico enfrentamiento tenía carácter perpetuo —por una parte, el ruiseñor o el panorama que amaba apasionadamente—, sí, los panoramas y los pájaros engendraban pasión en ella; por otra parte, el húmedo sendero o la horrenda caminata cuesta arriba que la dejaban inútil para todo, en la mañana siguiente, y le reportaban uno de sus dolores de cabeza. En consecuencia, cuando con habilidad reunía todas sus fuerzas y se las arreglaba para visitar Hampton Court en la semana en que más lucía el azafrán —esas relucientes y luminosas flores eran sus favoritas—, esto representaba una victoria. Era algo duradero, algo eternamente importante. Unía aquella tarde al collar de los días memorables, que, para ella, no tenía tantas vueltas como para impedirle recordar esto o aquello; aquel panorama, aquella ciudad; para poner el dedo, sentir, saborear, aspirar, la calidad que le daba carácter único.
«El pasado viernes hizo un día tan hermoso », dijo, «que decidí que debía ir allá.» En consecuencia, se había dirigido a Waterloo, en su gran aventura —visitar Hampton Court— sola. De una forma natural, aunque quizá tonta, una se apiadaba de ella por una causa por la que ella nunca pedía piedad (por lo general era reticente, y sólo hablaba de su salud de la misma manera en que el guerrero habla del enemigo), una se apiadaba de ella por hacer siempre sola cuanto hacía. Su hermano había muerto. Su hermana era asmática. Y consideraba que el clima de Edimburgo era bueno para ella. Para Julia era infame. También cabía la posibilidad de que las asociaciones anejas a Edimburgo fueran dolorosas para Julia, puesto que su hermano, el famoso arqueólogo, había muerto allí; y ella había amado a su hermano. Vivía en una casita, junto a Brompton Road, en total soledad.
Fanny Wilmot vio el alfiler; lo cogió. Miró a la señorita Craye. ¿Realmente, tan sola estaba la señorita Craye? No, la señorita Craye era firme e inefablemente, aunque sólo fuera por aquel instante, una mujer feliz. Fanny la había sorprendido en un momento de éxtasis. Allí estaba sentada, medio de espaldas al piano, con las manos unidas en el regazo, sosteniendo erecto el clavel, y detrás de ella se veía el nítido cuadrado de la ventana, sin cortina, morado a la luz de la atardecida, intensamente morado, en contraste con las brillantes luces eléctricas, sin pantalla, que iluminaban la austera sala de música. Julia Craye, sentada, encorvada y sólida, sosteniendo la flor, parecía nacida de la noche londinense, parecía echársela a la espalda como un manto, y la noche parecía, en su austeridad e intensidad, un efluvio del espíritu de Julia Craye, algo creado por ella para que la rodeara. Fanny la miraba.
Por un instante, todo pareció transparente a la vista de Fanny Wilmot, y, como si la señorita Craye fuera transparente, Fanny Wilmot vio la mismísima fuente del ser de la señorita Craye, manando sus puras gotas de plata. Vio el pasado que había detrás de ella, lo vio más y más hondamente. Vio las verdes jarras romanas en pie en la vitrina; oyó a los muchachos de la escolanía jugando al cricket; vio a Julia descendiendo serenamente los curvos peldaños que conducían al jardín con césped; luego la vio sirviendo el té bajo el cedro; suavemente cogió entre las suyas la mano del viejo; la vio yendo de un lado para otro, a lo largo de los pasillos de la vieja morada catedralicia, con toallas en la mano, para marcarlas; lamentándose, mientras trabajaba, de la mezquindad del vivir cotidiano; y envejeciendo lentamente, y desechando prendas cuando llegaba el verano, porque, a su edad, eran demasiado coloridas para que ella las llevara; y cuidando a su padre en la enfermedad; y delimitando todavía más la senda que seguía, a medida que su voluntad se orientaba con mayor rigidez hacia su solitaria meta; viajando austeramente; contando los gastos y calibrando en su parca bolsa la suma precisa para este viaje, para aquel antiguo espejo; persistiendo obstinadamente, dijera la gente lo que dijere, en elegir los placeres según su gusto, para sí sola. Vio a Julia... 
Julia llameaba. Julia estaba incandescente. Ardía en la noche como una blanca estrella muerta. Julia abrió los brazos. Julia la besó en los labios. Julia la poseía. 
«Los alfileres de Slater no tienen punta», dijo la señorita Craye, riendo de una manera rara y distendiendo los brazos mientras Fanny Wilmot se prendía la flor en su pecho con dedos temblorosos.