sábado, 24 de septiembre de 2011

Boleto - María Gómez Barroso

Yo creo que lo mejor que puedo hacer es matarlo, eso es, sí señor, matarlo, porque lo que ha hecho es imperdonable y debo terminar el encargo esta noche: mañana termina el plazo y no puedo pedir más prorroga porque acabarán matándome a mí. Dios... dios me abandonó hace tiempo, el suficiente como para que pasara a escribirlo con minúsculas primero y a blasfemar después, pero para que por lo menos exista lo que Julia llama la justicia cósmica o no sé qué, debo matar al Boleto ¿o no? ¿Aplaudirán mi decisión? ¿O a cuántos decepcionaré si termino con su existencia de un plumazo? Pero si lo dejo ir después de tanto trabajo, ¿no seré un pusilánime, un sin sustancia o lo que es peor... predecible? Llegados a éste punto, sólo tengo dos certezas: la primera es que clavar los codos en el escritorio mientras miro la pared desconchada frente a mí no es la mejor postura para tomar decisiones, y la segunda es que no sé qué hacer. Ahora mismo todo es posible, pero mañana cuando le entregue el paquete a Julia ya no habrá solución: mañana el Boleto estará muerto, o vivo, una de las dos, pero no las dos. Uno no puede estar muerto y vivo al mismo tiempo, ¿o sí? A veces morir es el único modo de ser inmortal, hay decenas de casos así, ¿no? Mierda... Dos años trabajando en esta historia para encontrarme perdido en la duda a estas alturas de la película. No sé por qué tuve que decidir dedicarme a esto, es horrible. Está todo preparado, sé perfectamente cómo debería ocurrir y tiene que ser esta noche ¡Hazlo! ¿O no lo hagas? El Boleto irá al callejón por última vez esta noche y allí lo mataré, aprovechando que volverá a dejarla sola en la casa. La policía ya estará sobre aviso y entrará a por la niña en cuanto él se vaya: un problema menos, los niños buenos nunca deben morir. Pero, si por una vez una niña buena muriera, todo el mundo se quedaría pasmado, dirían ¿qué pasa aquí? Eso no es normal, eso nunca ocurre, todo el mundo está demasiado acostumbrado a ver cómo triunfa el bien en estas cosas y a ganar sus apuestas. Aquel que tose y escupe sangre morirá a no mucho tardar, el amigo que no destaca, el que cae bien y es gracioso también morirá siempre y por eso yo maté al Perchas. ¿Pero El Boleto?, ¿y la niña? Estoy pensando que si me da por matar a la niña y dejar ir al Boleto... quizá aún esté a tiempo de no ser predecible. Al fin y al cabo sólo la tiene secuestrada, no la ha matado ni violado; ni siquiera la ha torturado un poco. Vale, sí, está desnutrida y tiene rozaduras en las manos por estar siempre atada, pero ¿es eso tan grave como para que yo, esta noche, lo sentencie? En cambio ella, con sólo trece años ya es toda una lolita. Todo el mundo intuirá que intentó ganarse al infeliz del Boleto con miraditas seductoras de putilla en ciernes. Todo el mundo intuirá lo que pasaba, que la niña lo tenía todo y el Boleto nada. Ella es una nena bonita, lista y de familia rica, y él un desahuciado, un pobre hombre, alcohólico y drogadicto, sí, pero no es mala persona. ¿Cómo le voy a matar si no se le ocurrió nada mejor para conseguir dinero que secuestrar a un angelito rubio y despiadado? Y la pared desconchada frente a mi escritorio no me da la respuesta por más que miro, y Julia quiere que lo mate y que le entregue el pliego mañana a primera hora si quiero el dinero, y yo llevo dos años con esta historia a cuestas siguiendo al Boleto en sus penurias, observando sus andanzas y modelando a medias su siguiente paso ¿cómo voy a matarlo? La vida real es así, a veces mueren los angelitos rubios sin que nadie sepa nunca que eran unos monstruos y a veces sobreviven los demonios roñosos de uñas mugrientas sin que nadie sepa nunca que tenían el alma bien pulcra. Pero Julia no quiere saber nada de la vida real, quiere que sobrevivan los que parecen guapos, limpios y buenos; quiere matar a los que se ven horribles, viciosos o enfermos... Quiere darle al público lo que necesita leer, y dice que para lo demás ya está la realidad. Quiere que le entregue el manuscrito mañana mismo para poder pasarlo de una vez a galeradas y dice con cara de chiste que eso sólo ocurrirá si le doy boleto al Boleto, como si la cosa tuviera gracia. Supongo, pues, que ya sólo me queda éste último capítulo para matarlo ¿o no?



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4 comentarios:

Ximens dijo...

María:
En la primera lectura me sacas una gran sonrisa. Creo que es un auténtico monólogo en primera persona,nada de caótico. Al principio creo que se trata de algo real, y luego, antes de que lo dijera el personaje me dí cuenta de que eran las divagaciones de un escritor, pero ya muy avanzada la historia. En mi caso me has hecho creer que era un asesino.
Las divagaciones del escritor las siento como propias: lo pongo o lo quito, lo mato o no.
- Me gustó las frases, por lo que simbolizan:
"A veces morir es el único modo de ser inmortal"
-"el amigo que no destaca (morirá)". Es este mundo donde solo cabe el éxito.

Y dicho esto, decirte que me gusta el monólogo por lo realista que es, por el lenguaje y la naturalidad que transmite. Felicidades.

L.P dijo...

María, desde el primer párrafo no he podido dejar de leer, y lo peor es que casi todo el tiempo he creído que el personaje era un asesino a sueldo, capaz de cambiar de tercios y eliminar a la niña.
Es un monólogo muy conseguido y un tipo de narrador (no me acuerdo como se llama)que logra engañar al lector hasta el final, muy complicado de conseguir y tú lo usas con mucha soltura.
Estupendo relato. Quiero más.

Abrazos
Loli

Pedro Sánchez Negreira dijo...

¡Excelente relato, María!

He disfrutado con el giro final que le has dado, dado que lejos de sentirme engañado, la sorpresa me ha hecho volver al inicio con el fin de gozar en la relectura sabiendo el final.

Enhorabuena por un cuento estupendo.

Elysa dijo...

María, es un monólogo que me encanta por lo natural que suena, has conseguido dotarlo de realidad. Me he pasado casí todo el cuento decidiendo quién era el narrador, hasta llegar a ese final donde se ve al escritor con todas sus dudas, ¿lo mato o no?
Muy bueno.

Enhorabuena