viernes, 26 de diciembre de 2008

TORMENTA

Durante la noche, se desató la tormenta. Densos nubarrones, negros como el carbón, se habían estado concentrando desde hacía días. No habría sido la primera vez que el cielo se hubiera cubierto de nubes que no dejaran caer ni gota. Pero esta vez yo sabía que el temporal era inevitable.
A la mañana siguiente me levanté mareada. Los truenos apenas me habían dado tregua, apenas había conseguido dormir unas horas. El espejo me devolvió una imagen penosa: ojos enrojecidos, ojeras pronunciadas y cutis extremadamente pálido.
El ruido procedente del dormitorio me hizo pensar en lo peor. Volví a la alcoba esperando que no fuera verdad lo que me temía. Todas mis pinturas estaban tiradas por el suelo, esparcidas, arruinadas. Tan sólo un par de lápices de labios podían ser aprovechados. Ya no podría esconder mi aspecto al resto del mundo.
- ¡Maldita sea! - exclamé, como si a Belcebú le afectaran mis gritos.- ¡Maldito gato!
Belcebú, el malicioso gato negro con el que convivo, decidió volver justo el día en el que el cartero me subió la carta certificada a casa. El felino había estado fuera desde hacía semanas, lo que sin duda me hizo albergar esperanzas. Siempre que sale por la ventana, en busca de nuevas juergas gatunas, espero que no vuelva. No es que le desee nada malo. Simplemente, no nos soportamos el uno al otro. Nunca debí recogerlo de la calle. Imagino que lo hice porque me recordaba a él, y por esa misma razón no me atrevo a echarle definitivamente de casa.
Me vestí con premura y bajé a la parada del autobús. Ni siquiera me tomé el tiempo de comer algo. Sabía que si me quedaba en casa dos minutos más, ya no saldría. No podía permitirme el lujo de seguir pensándomelo. No habría más oportunidades.
Mis blancas mejillas estaban casi congeladas cuando por fin llegó el coche de línea y
me subí en él. No había nadie más, sólo estábamos el conductor y yo. Aunque tenía todos los asientos para elegir, decidí sentarme al final, al lado de la ventana. En cuanto el motor se puso en marcha, saqué del bolsillo de mi abrigo la carta y me dispuse a leerla, como si no supiera prácticamente de memoria cada uno de los párrafos, cada una de las frases, cada una de las palabras que tan bien habían sido elegidas por su autor.
Cuando terminé, levanté la cabeza y miré a través del cristal. El sol había conseguido zafarse de las nubes por un rato. La gente caminaba por las calles despreocupadamente,ni siquiera portaban sus paraguas en la mano. Todas aquellas personas a las que yoobservaba parecían seres felices, como yo lo fui en un tiempo remoto. Sonreí recordando lo bueno que era sentirse así. Pero entonces el autobús llegó a mi destino y mi sonrisa se borró de mi rostro antes de decir amén.
Caminé despacio por un pasillo que se me hizo eterno. La puerta del fondo parecía no llegar nunca. Era como revivir una de esas pesadillas en las que caminas y caminas sin conseguir avanzar. Todavía estaba a tiempo de dar la vuelta y marcharme. Pero no lo hice. Reuní en mi mano todo el valor que conseguí encontrar en mi cuerpo y giré el pomo de la puerta. Una vez dentro, las urracas allí reunidas se giraron para verme pasar.
En primera fila, Eulalia y sus tres hijos. Creo que fue la única que no se inmutó cuando me acerqué al último lecho de Lucas, como si ya supiera que asistiría a su velatorio.
El cáncer lo había destrozado por dentro, aunque por fuera seguía casi como la última vez que nos vimos, tan guapo y perfecto. De eso ya hacía casi quince años. Puedo recordar hasta la última mentira que me dijo aquel día, mirándome fijamente con esos ojos verdes de gato negro.
- Estoy aquí, tal y como me pediste en tu carta - le dije al oído.- La he leído un millón de veces. Hubiéramos podido ser tan felices, es verdad. Nos veremos en el otro mundo. Adiós, mi amor.
Le besé en la frente sin preocuparme de lo que dijeran de mí las viejas arpías y me di la vuelta. Eulalia me miró con sus ojos de hielo. Su mirada me conmocionó, pero no le di la satisfacción de demostrarlo en público.
Dejé toda esperanza de ser feliz en aquella sala de tanatorio, en el ataúd de Lucas, junto a su cadáver, y me marché con la cabeza bien alta. Fuera volvía a llover a cántaros.
Nunca he tenido buena memoria para las fechas. No recuerdo si ocurrió en diciembre, enero o febrero. Sólo sé que aquel día, y durante mucho tiempo, fue invierno en mi corazón.

Cristina Monteoliva

7 comentarios:

Ada dijo...

Este relato tiene más de una tormenta, hay una que dura desde hace un tiempo y no parece que vaya a escampar. Muy bien conducido, peuqñas pistas, angustia, recuerdos... para llegar a ese final desolador y sin vuelta atrás como es la muerte.
Besos.

La Biblioteca dijo...

Me alegro muchísimo de que te haya gustado mi relato, Ada.
Muchas gracias al equipo de AL OTRO LADO DEL ESPEJO por colgarlo en la página web. Espero que pase la criba de la versión en papel, y sino, lo intentaré de nuevo con el siguiente número, porque estoy segura de que la versión tangible de esta revista va a ser todo un éxito.
Besos,

Cris
www.labibliotecaimaginaria.es
www.elviajeimaginario.obolog.com

Arwen Anne dijo...

decir que es un lujo poder leer tus relatos es poco, no tengo palabras Cris, me ha encantado y me parece que, a parte de tener más de una tormenta, tiene mucho sentimiento guardado y muchas sensaciones transmitidas a través de esas palabras. Te felicito por la historia y te pido una cosa: no dejes de escribir, no nos prives de esa manera tuya de contar las historias.

un beso

Emilio Monteoliva dijo...

Fuerte la historia, jugando con lo imposible-la muerte y lo posible- la vida termina generando en el lector la necesidad de asociar lo imposible con la vida....

Un abrazo

Emilio

La Biblioteca dijo...

Muchísimas gracias, Arwen y Emilio por dejar vuestras opiniones.
Sigo alegrándome de que el cuento, en general, guste.
Besos,

Cris

Cactus dijo...

Me ha gustado mucho el relato. La aparición de Belcebú presagiaba algo oscuro...
Espero seguir leyéndote

La Biblioteca dijo...

¿Cómo no va a seguir leyéndome una de mis fans más antiguas? Besos, guapa!