martes 30 de agosto de 2011
lunes 29 de agosto de 2011
Una noche de verano
El hecho de que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba realmente enterrado. Su posición -tendido boca arriba con las manos cruzadas sobre su estómago y atadas, que rompió fácilmente sin que se alterase la situación-, el estricto confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y el profundo silencio, constituían una evidencia imposible de contradecir y Armstrong lo aceptó sin perderse en cavilaciones.
Pero, muerto... no. Sólo estaba enfermo, muy enfermo, aunque, con la apatía del inválido, no se preocupó demasiado por la extraña suerte que le había correspondido. No era un filósofo, sino simplemente una persona vulgar, dotada en aquel momento de una patológica indiferencia; el órgano que le había dado ocasión de inquietarse estaba ahora aletargado. De modo que sin ninguna aprensión por lo que se refiriera a su futuro inmediato, se quedó dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.
Pero algo todavía se movía en la superficie. Era aquella una oscura noche de verano, rasgada por frecuentes relámpagos que iluminaban unas nubes, las cuales avanzaban por el este preñadas de tormenta. Aquellos breves y relampagueantes fulgores proyectaban una fantasmal claridad sobre los monumentos y lápidas del camposanto. No era una noche propicia para que una persona normal anduviera vagabundeando alrededor de un cementerio, de modo que los tres hombres que estaban allí, cavando en la tumba de Henry Armstrong, se sentían razonablemente seguros.
Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una Facultad de Medicina que se hallaba a unas millas de distancia; el tercero era un gigantesco negro llamado Jess. Desde hacía muchos años Jess estaba empleado en el cementerio en calidad de sepulturero, y su chanza favorita era la de que "conocía todas las ánimas del lugar". Por la naturaleza de lo que ahora estaba haciendo, podía inferirse que el lugar no estaba tan poblado como su libro de registro podía hacer suponer.
Al otro lado del muro, apartados de la carretera, podían verse un caballo y un carruaje ligero, esperando.
El trabajo de excavación no resultaba difícil; la tierra con la cual había sido rellenada la tumba unas horas antes ofrecía poca resistencia, y no tardó en quedarse amontonada a uno de los lados de la fosa. El levantar la tapadera del ataúd requirió más esfuerzo, pero Jess era práctico en la tarea y terminó por colocar cuidadosamente la tapadera sobre el montón de tierra, dejando al descubierto el cadáver, ataviado con pantalones negros y camisa blanca.
En aquel preciso instante, un relámpago zigzagueó en el aire, desgarrando la oscuridad, y casi inmediatamente estalló un fragoroso trueno. Arrancado de su sueño, Henry Armstrong incorporó tranquilamente la mitad superior de su cuerpo hasta quedar sentado.
Profiriendo gritos inarticulados, los hombres huyeron, poseídos por el terror, cada uno de ellos en una dirección distinta. Dos de los fugitivos no hubieran regresado por nada del mundo. Pero Jess estaba hecho de otra pasta.
Con las primeras luces del amanecer, los dos estudiantes, pálidos de ansiedad y con el terror de su aventura latiendo aún tumultuosamente en su sangre, llegaron a la Facultad.
-¿Lo has visto? -exclamó uno de ellos.
-¡Dios! Sí... ¿Qué vamos a hacer?
Se encaminaron a la parte de atrás del edificio, donde vieron un carruaje ligero con un caballo uncido y atado por el ronzar a una verja, cerca de la sala de disección. Maquinalmente, los dos jóvenes entraron en la sala. Sentado en un banco, a oscuras, vieron al negro Jess. El negro se puso de pie, sonriendo, todo ojos y dientes.
-Estoy esperando mi paga -dijo.
Desnudo sobre una larga mesa, yacía el cadáver de Henry Armstrong. Tenía la cabeza manchada de sangre y arcilla por haber recibido un golpe de azada.
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jueves 25 de agosto de 2011
Conversación telefónica - Jara Bedmar
No puedo soportarlo más. Te juro que no. Y que conste que lo he intentado. Llevo ocho años durmiendo junto a él y, haga lo que haga, siempre me despierta. Sé que mis oídos deberían estar acostumbrados pero creo que, cada día que pasa, lo llevo peor. No me provoca ni una buena sensación. Desde que dependo de él, hasta padezco insomnio. Estoy harta.Tan hermético, tan frío, cuadriculado y oscuro… ¿es que voy a estar toda mi vida igual? Se acabó. Mañana cogeré las maletas y me iré a vivir al campo. Allí, seguro que no lo echaré de menos. Está decido. Un despertador no va a poder conmigo. El tiempo es mío.
lunes 22 de agosto de 2011
La torre
Desde esa esquina se puede ver la torre. Si el testigo abandona por un segundo el ruido de la vida porteña, descubrirá tras las paredes circulares un aquelarre. El eco del mismo lugar que la humanidad resguarda en la penumbra bajo diferentes disfraces. La esencia de los cimientos de construcciones tan antiguas como las pirámides y Stonehenge. Allí se suceden acontecimientos -incluso próximos a lo cotidiano- que atraen a hados y demonios.
Fue lupanar y fumadero de opio. Acaso alguno de sus visitantes haya dejado el alma allí preso del puñal de un malevo. Pero fue cuando llegó aquella artista pálida, María Krum, que su esencia brotó al fin. Recuerdo que apenas salía para hacer visitas a la universidad. Fue en su biblioteca donde hojeó las páginas del prohibido Necronomicón. Mortal fue su curiosidad por la que recitó aquel hechizo. Quizá creyó que las paredes sin ángulos la protegerían de los sabuesos. Pero esas criaturas son hábiles, impetuosas, insaciables. Los vecinos oyeron el grito del día en que murió. Ahora forma parte de la superstición barrial. Pero yo sigo oyendo su sufrimiento y el jadeo de los Perros de Tíndalos que olfatean, hurgan y rastrean en la torre.
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sábado 20 de agosto de 2011
Dunas - Javier Serrano
Las dunas continúan, tozudas, en su intento de suicidio marino. El viento, cómplice.
Imagen: Viento © Mayte Sánchez Sempere, 2010
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jueves 18 de agosto de 2011
Recomendaciones para el verano
El círculo de los mentirosos, una recopilación de cuentos antiguos y contemporáneos zen y sufí, chinos y judíos, indios y africanos, que llevó a cabo JEAN-CLAUDE CARRIÈRE. Hay varias ediciones, no tenéis más que buscar un poco.
Antología de la literatura fantástica, recopilada por JORGE LUIS BORGES, ADOLFO BIOY CASARES Y SILVINA OCAMPO, con autores de todos los tiempos, los propios Borges, Silvina y Bioy Casares, por ejemplo, pasando por Cortázar, Saki, Lord Dunsany, Thomas Carlyle, Lewis Carrol, Jean Cocteau, Macedonio Fernández, Gómez de la Serna, James Joyce, Kafka, Kipling, Poe, Petronio, Rabelais, H.G. Wells, etc. Edhasa.
Ántología del cuento fantástico Iberoamericano del siglo XIX. Una antología sumamente interesante que nos acerca a autores como Juan Montalvo, Juana Manuela Gorriti, Amado Nervo, Rubén Darío, Ricardo Palma, Eduardo Wilde... Publicada por Ed. Miraguano
El hombre de la arena, el conocido cuento de E.T.A. Hoffmann ilustrado por Pablo Páez. Una joya con la que disfrutar publicada por Libros del Zorro Rojo.Recomendaciones de Luis Morales y Mayte Sánchez Sempere; si nos hacéis caso y luego no os gustan los libros, tenéis derecho a una nueva recomendación.
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lunes 15 de agosto de 2011
Las rayas
...-"En resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la propia cosa significada, y son capaces de crearla por simple razón de eufonía. Se precisará un estado especial; es posible. Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre."
Como se ve, pocas veces es dado oír teorías tan maravillosas como la anterior. Lo curioso es que quien la exponía no era un viejo y sutil filósofo versado en la escolástica, sino un hombre espinado desde muchacho en los negocios, que trabajaba en Laboulaye acopiando granos. Con su promesa de contarnos la cosa, sorbimos rápidamente el café, nos sentamos de costado en la silla para oír largo rato, y fijamos los ojos en el de Córdoba.
-Les contaré la historia -comenzó el hombre- porque es el mejor modo de darse cuenta. Como ustedes saben, hace mucho que estoy en Laboulaye. Mi socio corretea todo el año por las colonias y yo, bastante inútil para eso, atiendo más bien la barraca. Supondrán que durante ocho meses, por lo menos, mi quehacer no es mayor en el escritorio, y dos empleados -uno conmigo en los libros y otro en la venta- nos bastan y sobran. Dado nuestro radio de acción, ni el Mayor ni el Diario son engorrosos. Nos ha quedado, sin embargo, una vigilancia enfermiza de los libros como si aquella cosa lúgubre pudiera repetirse. ¡Los libros!... En fin, hace cuatro años de la aventura y nuestros dos empleados fueron los protagonistas.
El vendedor era un muchacho correntino, bajo y de pelo cortado al rape, que usaba siempre botines amarillos. El otro, encargado de los libros, era un hombre hecho ya, muy flaco y de cara color paja. Creo que nunca lo vi reírse, mudo y contraído en su Mayor con estricta prolijidad de rayas y tinta colorada. Se llamaba Figueroa; era de Catamarca.
Ambos, comenzando por salir juntos, trabaron estrecha amistad, y como ninguno tenía familia en Laboulaye, habían alquilado un caserón con sombríos corredores de bóveda, obra de un escribano que murió loco allá.
Los dos primeros años no tuvimos la menor queja de nuestros hombres. Poco después comenzaron, cada uno a su modo, a cambiar de modo de ser.
El vendedor -se llamaba Tomás Aquino- llegó cierta mañana a la barraca con una verbosidad exuberante. Hablaba y reía sin cesar, buscando constantemente no sé qué en los bolsillos. Así estuvo dos días. Al tercero cayó con un fuerte ataque de gripe; pero volvió después de almorzar, inesperadamente curado. Esa misma tarde, Figueroa tuvo que retirarse con desesperantes estornudos preliminares que lo habían invadido de golpe. Pero todo pasó en horas, a pesar de los síntomas dramáticos. Poco después se repitió lo mismo, y así, por un mes: la charla delirante de Aquino, los estornudos de Figueroa, y cada dos días un fulminante y frustrado ataque de gripe.
Esto era lo curioso. Les aconsejé que se hicieran examinar atentamente, pues no se podía seguir así. Por suerte todo pasó, regresando ambos a la antigua y tranquila normalidad, el vendedor entre las tablas, y Figueroa con su pluma gótica.
Esto era en diciembre. El 14 de enero, al hojear de noche los libros, y con toda la sorpresa que imaginarán, vi que la última página del Mayor estaba cruzada en todos sentidos de rayas. Apenas llegó Figueroa a la mañana siguiente, le pregunté qué demonio eran esas rayas. Me miró sorprendido, miró su obra, y se disculpó murmurando.
No fue sólo esto. Al otro día Aquino entregó el Diario, y en vez de las anotaciones de orden no había más que rayas: toda la página llena de rayas en todas direcciones. La cosa ya era fuerte; les hablé malhumorado, rogándoles muy seriamente que no se repitieran esas gracias. Me miraron atentos pestañeando rápidamente, pero se retiraron sin decir una palabra.
Desde entonces comenzaron a enflaquecer visiblemente. Cambiaron el modo de peinarse, echándose el pelo atrás. Su amistad había recrudecido; trataban de estar todo el día juntos, pero no hablaban nunca entre ellos.
Así varios días, hasta que una tarde hallé a Figueroa doblado sobre la mesa, rayando el libro de Caja. Ya había rayado todo el Mayor, hoja por hoja; todas las páginas llenas de rayas, rayas en el cartón, en el cuero, en el metal, todo con rayas.
Lo despedimos en seguida; que continuara sus estupideces en otra parte. Llamé a Aquino y también lo despedí. Al recorrer la barraca no vi más que rayas en todas partes: tablas rayadas, planchuelas rayadas, barricas rayadas. Hasta una mancha de alquitrán en el suelo, rayada...
No había duda; estaban completamente locos, una terrible obsesión de rayas que con esa precipitación productiva quién sabe a dónde los iba a llevar.
Efectivamente, dos días después vino a verme el dueño de la Fonda Italiana donde aquellos comían. Muy preocupado, me preguntó si no sabía qué se habían hecho Figueroa y Aquino; ya no iban a su casa.
-Estarán en casa de ellos -le dije.
-La puerta está cerrada y no responden -me contestó mirándome.
-¡Se habrán ido! -argüí sin embargo.
-No -replicó en voz baja-. Anoche, durante la tormenta, se han oído gritos que salían de adentro.
Esta vez me cosquilleó la espalda y nos miramos un momento.
Salimos apresuradamente y llevamos la denuncia. En el trayecto al caserón la fila se engrosó, y al llegar a aquél, chapaleando en el agua, éramos más de quince. Ya empezaba a oscurecer. Como nadie respondía, echamos la puerta abajo y entramos. Recorrimos la casa en vano; no había nadie. Pero el piso, las puertas, las paredes, los muebles, el techo mismo, todo estaba rayado: una irradiación delirante de rayas en todo sentido.
Ya no era posible más; habían llegado a un terrible frenesí de rayar, rayar a toda costa, como si las más intimas células de sus vidas estuvieran sacudidas por esa obsesión de rayar. Aun en el patio mojado las rayas se cruzaban vertiginosamente, apretándose de tal modo al fin, que parecía ya haber hecho explosión la locura.
Terminaban en el albañal. Y doblándonos, vimos en el agua fangosa dos rayas negras que se revolvían pesadamente.
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viernes 12 de agosto de 2011
Creer es crear - Pedro Manuel Alonso da Silva
De niño, alguien le dijo que lo que uno cree se convierte automáticamente en su realidad. Se pasó meses enteros tratando de materializar todo tipo de fenómenos asombrosos. Pero claro, tan asombrosos le parecían que le costaba creer en ellos y en consecuencia, nunca se manifestaban. Ahora es un adulto de arraigadas creencias. Cada vez que un elefante rosa cruza por encima de su cabeza en vuelo rasante, recuerda con nostalgia aquellos años en los que trataba de materializar –qué ingenuo–, golondrinas surcando el cielo.
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martes 9 de agosto de 2011
lunes 8 de agosto de 2011
Laura
-No te estarás muriendo de verdad, ¿eh? -preguntó Amanda.
-El doctor me dio permiso de vivir hasta el martes -dijo Laura.
-¡Pero si hoy es sábado! ¡La cosa es grave! -dijo Amanda, con la boca abierta.
-No sé si sea grave; lo que si es cierto es que hoy es sábado -dijo Laura.
-La muerte siempre es grave -dijo Amanda.
-Nunca dije que me iba a morir. Se presume que voy a dejar de ser Laura, pero pasaré a ser otra cosa. Alguna clase de animal, me figuro. Mira: cuando una no ha sido muy buena en la vida que acaba de vivir, reencarna en algún organismo inferior. Y yo no he sido muy buena, si a eso vamos. He sido ruin, mezquina, vengativa y todas esas cosas, cuando las circunstancias así me lo exigieron.
-Las circunstancias nunca exigen ese tipo de cosas -se apresuró a decir Amanda.
-Perdóname que te lo diga -observó Laura-, pero Egbert es una circunstancia que exigiría cualquier cantidad de esa clase de cosas. Tú estás casada con él... eso es otra historia. Tú juraste amarlo, honrarlo y soportarlo; yo no.
-¡No veo qué pueda tener de malo Egbert! -protestó Amanda.
-¡Cómo no! La maldad fue toda mía -admitió Laura desapasionadamente-. Él ha sido tan sólo una circunstancia atenuante. Por ejemplo, el otro día armó un alboroto de malas pulgas cuando saqué a pasear los cachorros pastores de la granja.
-Persiguieron las pollitas Sussex saraviadas y espantaron a dos gallinas cluecas de los nidos, fuera de que pisotearon los cuadros de flores. Y tú sabes cuánta dedicación les pone a sus aves de corral y a su jardín.
-De todas maneras no había necesidad de que remachara toda la bendita tarde al respecto, ni de que dijera "No se hable más de eso" cuando yo ya empezaba a sacarle gusto a la discusión. Ahí fue cuando salí con una de mis venganzas mezquinas -agregó Laura con una risita impenitente-: al otro día del episodio solté en sus semilleros a la familia entera de las saraviadas.
-¡Cómo pudiste hacerlo! -exclamó Amanda.
-Resultó muy fácil -dijo Laura-. Dos gallinas se hicieron las que estaban poniendo, pero yo me mostré firme.
-¡Y nosotros creyendo que fue un accidente!
-Como ves -prosiguió Laura-, en realidad tengo razones para suponer que mi próxima encarnación será en un organismo inferior. Seré alguna clase de animal. Por otro lado, tampoco he sido tan horrible, así que a lo mejor puedo contar con que voy a ser un animal agradable, algo elegante y lleno de vida, amigo de la diversión. Una nutria, tal vez.
-No puedo imaginarte haciendo de nutria -dijo Amanda.
-Bueno, me figuro que no puedes imaginarme haciendo de ángel, si a eso vamos -dijo Laura.
Amanda guardó silencio. No podía.
-Por mi parte, creo que la vida de una nutria sería bastante agradable -continuó Laura-: salmón para comer el año entero y el gusto de poder buscar las truchas en su propia casa, sin tener que esperar horas enteras a que se dignen morder la mosca que una les ha estado columpiando en la cara; y una figura elegante y esbelta...
-Piensa en los perros que las cazan -la interrumpió Amanda-. ¡Qué horrible que la rastreen a una y la acosen y acaben destrozándola!
-Bastante divertido, si la mitad del vecindario está mirando; y en todo caso no es peor que este asunto de morir poco a poco entre sábado y martes. Además, después pasaría a ser otra cosa. Si hubiera sido una nutria regularmente buena, supongo que recobraría alguna forma humana; probablemente algo más bien primitivo... la de un morenito egipcio casi en cueros, me figuro.
-Ojalá te pusieras seria -suspiró Amanda-. De veras deberías hacerlo, si es que sólo vas a vivir hasta el martes.
En realidad, Laura murió el lunes.
-¡Qué terrible trastorno! -se quejó Amanda a su tío político, don Lulworth Quayne-. Tengo invitadas un montón de personas a pescar y jugar golf, y los rododendros están precisamente en su mejor momento.
-Laura fue siempre una desconsiderada -dijo don Lulworth-. Nació en plena temporada ecuestre, con un embajador que odiaba los bebés hospedados en la casa.
-Se le ocurrían las cosas más disparatadas -dijo Amanda-. ¿Sabes de casos de locura en su familia?
-¿Locura? No. Que yo sepa, nunca. Su padre vive en West Kensington, pero creo que es cuerdo en todo lo demás.
-Ella tenía la idea de que iba a reencarnar en una nutria -dijo Amanda.
-Uno se topa estas ideas sobre la reencarnación con tanta frecuencia, incluso en Occidente -dijo don Lulworth-, que no se atrevería a afirmar que son disparatadas. Y Laura fue una persona tan impredecible en esta vida, que no me gustaría sentar reglas precisas sobre lo que podría estar haciendo en un estado ulterior.
-¿Crees que de veras puede haber pasado a ser un animal? -preguntó Amanda, que era una de esas personas bastante prontas a moldear sus opiniones a partir de los puntos de vista de quienes la rodeaban.
Justo en ese momento Egbert entró al comedor matinal, con un aire luctuoso que el deceso de Laura no alcanzaría a explicar por sí solo.
-¡Mataron a cuatro de mis Sussex saraviadas! -exclamó-. Las mismísimas cuatro que iban para la exhibición del viernes. A una la arrastraron y se la comieron precisamente en la mitad del nuevo cuadro de claveles en el que puse tanto empeño y dinero. ¡Mis mejores gallinas y mis mejores flores, escogidas para la destrucción! Casi parece que el animal culpable de ese acto supiera cómo hacer el máximo de daño en el mínimo de tiempo.
-¿Crees que fue una zorra? -preguntó Amanda.
-Más parece cosa de un hurón -dijo don Lulworth.
-No -dijo Egbert-; había huellas de patas palmeadas por todas partes, y seguimos el rastro hasta el arroyo al fondo del jardín: una nutria, evidentemente.
Amanda le lanzó una mirada de reojo a don Lulworth.
Egbert estaba demasiado agitado para desayunar, y se marchó a supervisar el refuerzo de las defensas de los gallineros.
-Por lo menos debería haber esperado a que terminaran los funerales -dijo Amanda, con voz indignada.
-Comprende que se trata de sus propios funerales -dijo don Lulworth-. Es un sutil punto de etiqueta determinar hasta dónde debe uno mostrar respeto por sus propios restos mortales.
Al día siguiente, el irrespeto a las convenciones mortuorias fue llevado más lejos. Durante la ausencia de la familia en las exequias ocurrió la masacre de las restantes Sussex saraviadas. La línea de retirada del merodeador parecía haber cubierto la mayoría de los cuadros de flores en el prado, pero las eras de fresas en la parte de abajo del jardín también se habían visto afectadas.
-Voy a hacer que traigan a los perros tan pronto como sea posible -dijo Egbert, ferozmente.
-¡De ninguna manera! ¡Ni se te ocurra hacerlo! -exclamó Amanda-. Quiero decir, no sería bien visto, tan enseguida de un luto en la casa.
-Es un caso de urgencia -dijo Egbert-. Cuando una nutria se ceba en estas cosas, ya no para.
-A lo mejor se vaya a otra parte ahora que no quedan más gallinas -insinuó Amanda.
-Se diría que quieres proteger a esa alimaña -dijo Egbert.
-El arroyo ha estado muy seco últimamente -objetó Amanda-. No parece muy deportivo cazar un animal cuando tiene tan poca oportunidad de refugiarse.
-¡Por Dios! -estalló Egbert-. No estoy hablando de deporte. Quiero exterminar a ese animal tan pronto como sea posible.
La propia oposición de Amanda se atenuó cuando, a la hora del servicio religioso del domingo siguiente, la nutria se abrió paso hasta la casa, hurtó medio salmón de la despensa y dejó un ripio de escamas sobre la alfombra persa del estudio de Egbert.
-Dentro de poco la tendremos escondida debajo de las camas, ruñéndonos los pies a pedacitos -dijo Egbert.
Y por lo que sabía Amanda de esa nutria en particular, la posibilidad no era muy remota.
La víspera del día fijado para la cacería, Amanda se paseó a solas durante una hora por las orillas del arroyo, haciendo lo que se imaginaba eran ruidos de jauría. Quienes oyeron su actuación supusieron caritativamente que practicaba imitaciones de sonidos de corral para la venidera feria del pueblo.
Su amiga y vecina Aurora Burret se encargó de llevarle noticias sobre la jornada venatoria.
-Es una lástima que no hayas salido; el día estuvo muy productivo. La encontramos de inmediato, en el charco del fondo del jardín.
-Y... ¿la mataron? -preguntó Amanda.
-¡Cómo no! Una espléndida hembra. Le dio un feo mordisco a tu marido mientras trataba de agarrarla por la cola. ¡Pobre animal! Me compadecí mucho de ella. ¡Tenía una mirada tan humana en los ojos cuando la mataron! Dirás que soy una tonta, pero, ¿sabes a quién me recordó esa mirada? Pero, querida, ¿qué te pasa?
Cuando Amanda se hubo recobrado algo de la postración nerviosa, Egbert la llevó a curarse al valle del Nilo. El cambio de horizontes trajo pronto la deseada recuperación de la salud y el equilibrio mental. Las escapadas de una nutria aventurera en busca de un cambio de régimen alimenticio fueron vistas en la correcta perspectiva. El temperamento normalmente plácido de Amanda se reafirmó. Ni siquiera el temporal de clamorosas maldiciones que venían del camarín de su esposo, en la voz de su esposo, pero muy alejadas de su vocabulario de costumbre, pudieron perturbar su calma mientras se acicalaba pausadamente una tarde en un hotel del Cairo.
-¿Qué sucede? ¿Qué pasó? -preguntó, entre divertida e intrigada.
-¡El animalito me tiró todas las camisas limpias en la tina! ¡Espera a que te agarre, so...!
-¿Qué animalito? -preguntó Amanda, reprimiendo las ganas de reír.
¡El lenguaje de Egbert era tan irremediablemente inadecuado para expresar sus sentimientos de indignación!
-Un morenito egipcio casi en cueros -farfulló Egbert.
Y ahora Amanda está gravemente enferma.
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jueves 4 de agosto de 2011
El amor acojona por igual a zombies y maniquíes - David Garrido Navarro
Cuando T. salió de su casa iba ya con la mosca detrás de la oreja. Era temprano, pero no lo bastante, y por esa razón la mosca ya estaba allí, besándole el lóbulo izquierdo y zumbando de lo lindo. ¿Qué es esto que hay a mi alrededor? ¿Acaso debería comprender la función de cada ruidoso instrumento y el significado de esos símbolos que los ornamentan? Y mientras caminaba, los colores se desprendían de los objetos y bailaban solos como vívidos reflejos que temblaban sobre calles mal bosquejadas, desplegadas como ríos turbios frente a su figura igualmente descolorida y pálida.
Anduvo a contracorriente esquivando hordas de zombies que pasaban a su lado sin reconocer en él a un hombre... ¿vivo? Tal vez ya no lo estaba. Paró frente a un escaparate y lo miró. Que bonitos eran aquellos maniquíes, cuanta vida desprendían esos cuerpos perfectos y mutilados, enfundados en bellas prendas pret-a-porter de temporada. Se los imaginaba follando como locos, maniquíes masculinos con maniquíes femeninos, y masculinos con masculinos y femeninos con femeninos, allí, dentro de aquellos marcos tan exquisitamente decorados y que refulgían como el neón de un puticlub en una carretera infinitamente negra e imprecisa; como un cuadro animado de sexo expuesto a los viandantes moribundos, o muertos del todo, que ni por esas se inmutarían, porque el sexo sin amor ya no inmuta a nadie. Y, mientras, los maniquíes se buscarían con ansia, arrancándose la ropa los unos a los otros; arañando, mordiendo y golpeando sus cuerpos de plástico duro, frotándose hasta que se quemaran y se derritieran, y ese plástico fundido chorrearía por entre sus piernas como semen y flujo destilado que los iba licuando gota a gota, hasta que de ellos no quedasen mas que unos cuantos charcos de amor húmedo que se derramaría por entre las rendijas de los cristales vertiéndose a la calle, donde los zombies seguirían caminando sin hacer el menor caso. Menos T., porque T. los habría estado observando. Por eso ahora se arrodilla y bebe del charco de la acera, y luego lame las baldosas del suelo y sube lamiendo por la pared hasta toparse de nuevo con la luna del escaparate, y comienza a lamer el cristal, y lo lame con vehemencia, con los ojos cerrados, lo lame, lo chupa, lo besa, como si en ese momento estuviera besando todo aquello que ha amado alguna vez en su vida. Y los zombies lo miran, ahora si lo miran... Porque han reconocido el brillo ácido del amor en su saliva. Y se preguntan qué está haciendo ese loco. Y pasan de largo dando un pequeño rodeo para evitar acercase a él demasiado. Lo temen, ahora los zombies lo temen porque ama, ama en público y ama con todas sus fuerzas. Y es obsceno, porque el amor es obsceno, como todo el mundo sabe. Y además da miedo, si, mucho miedo. Joder, ya lo creo que da miedo: el amor acojona de verdad. Pero él sigue a lo suyo, con los ojos cerrados, llenando de babas el enorme ventanal y recorriéndolo febrilmente de una esquina a otra con la lengua. Y los maniquíes siguen a lo suyo, quietos frente a él, mutilados y enfundados en sus bellas prendas pre-a-porter de temporada, manteniendo la compostura que, por otro lado, es lo único que se les exige. Y T. ni siquiera se ha dado cuenta. No, no se ha dado cuenta de que en realidad no se han movido, ni tampoco han follado, ni se han derretido; porque los maniquíes no se mueven, ni follan, ni se destilan como el aguardiente; ni se funden cual lava chorreando calle abajo. No, los maniquíes se quedan quietos, nada mas. Impertérritos, nada mas. Imperturbables, nada mas. Inaccesibles, nada más. Todos menos uno, uno que lo ha estado observando, que se acercó despacio, dando pasos cortos, y que ahora está de rodillas bebiendo del charco de babas que se ha escanciado por entre la rendija del cristal. Y lame el suelo enmoquetado, y besa el vidrio del escaparate, y lo persigue con sus labios de plástico, febrilmente, de una esquina a otra del ventanal; y cierra los ojos y lame y besa y besa y lame y lame y besa... Y ambos notan el calor del otro al otro lado, un calor que se va haciendo mas y mas intenso. Y los demás maniquíes miran impertérritos al compañero que ha perdido la compostura, que, por otro lado, es lo único que se le exigía. Y parecen incluso algo perturbados, acojonados diría yo, ante tal exhibición de amor que, como todo el mundo sabe, incluidos los maniquíes -que también son parte de este mundo-: ACOJONA DE VERDAD. Si, he aquí una verdad irrefutable: el amor acojona por igual a zombies y maniquíes. Y al otro lado del cristal los zombies siguen su camino, sin tan siquiera pararse a observar, andando como si supieran a dónde van o de dónde vienen, pero sin detenerse jamás, y mucho menos a mirar a un grupo de maniquíes mutilados que solo saben quedarse quietos, y algunos ni eso. Y él ni se ha dado cuenta. No, todavía cree que hay una persona al otro lado del cristal besándolo con pasión desenfrenada. Pero eso es del todo imposible porque T. no existe: es solo un personaje de mi invención que, además, jamás ha ido de compras al centro. Pero, además, esta lo otro, lo de que el amor acojona de verdad. Y acojona de verdad tanto a zombies como a maniquíes. Y por eso este cuento no tiene ni pies ni cabeza. Por eso el otro día, cuando yo paseaba por el centro y vi a ese montón de maniquíes fornicando como locos dentro de sus escaparates, nadie les hizo ni puñetero caso. Porque era solo sexo, y el sexo sin amor es una pistola sin balas. Por eso si un día te sacas la polla y se la enseñas a una de esas muñecas de las tiendas de ropa, verás como ni reacciona. No, si lo que quieres echar un buen polvo, vaciar todo el amor que llevas dentro, lo mejor es que lo intentes con un maniquí. Pero tienes que dar con uno de esos defectuosos que no sirven ni para mantener la compostura. Ponte frente a él y lame el escaparate hasta que el vidrio se funda y él reaccione, y luego dile que le quieres y luego dale una patada en el culo para que vaya aprendiendo como es la vida a este lado del cristal, lleno de zombies que una vez fueron maniquíes y que ahora caminan sin detenerse jamás, como si supieran a donde van o de donde vienen. Ah, pero eso si, debes saber que a ti, a partir de entonces y por encima de cualquier otra consideración, se te exigirá mantener la compostura.
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lunes 1 de agosto de 2011
La tierra de Zaad
Camino a Zaad un viajero encontró a un hombre que vivía en una villa vecina; y el viajero, apuntando con su mano hacia una vasta extensión de tierra, preguntó al hombre diciendo:
-¿No fue éste el campo de batalla donde el rey Ahlam venció a sus enemigos?
-Nunca ha sido un campo de batalla -respondió el hombre-. Una vez existió sobre esta tierra la gran ciudad de Zaad, incendiada hasta quedar en cenizas. Pero ahora es tierra buena, ¿no es así?
Y el viajero y el hombre se separaron.
Casi media milla más lejos el viajero encontró a otro hombre y, señalando hacia el campo otra vez, dijo:
-¿Así que allí es donde la gran ciudad de Zaad se estableció una vez?
-Jamás existió ciudad alguna en este lugar -respondió el hombre-. Pero sí hubo un monasterio que fue destruido por la gente del País del Sur.
Un rato más tarde, en la misma ruta a Zaad, el viajero encontró a un tercer hombre, y apuntando otra vez hacia la tierra, dijo:
-¿Es verdad que ese es el lugar donde una vez hubo un gran monasterio?
-Nunca existió un monasterio en los alrededores -respondió el hombre-, pero según nuestros padres y antepasados, una vez cayó un gran meteoro sobre el campo.
El viajero continuó su camino, admirándose en su corazón. Y encontró a un hombre muy anciano y, saludándolo, le dijo
-Señor, caminando esta ruta encontré a tres hombres que habitan el vecindario y les pregunté a cada uno la historia de esta tierra, y cada uno denegó lo que el otro había contestado, y a su vez cada uno me contaba una nueva historia que el otro ni había mencionado.
-Amigo mío -respondió el anciano elevando la cabeza-, cada uno y los tres te contestó lo que en realidad fue; pero muy pocos de nosotros estamos capacitados para agregar afirmaciones a otras afirmaciones diferentes y construir una verdad de ahí en más.
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