viernes 30 de septiembre de 2011

Nacimiento - Ángeles Sánchez

El submarino ha dejado de moverse. Tal vez ha encallado en un arrecife de coral o ha sido engullido por una ballena. Llevo meses a la deriva, siempre de noche, en un dulce mar donde me acunan voces lejanas. Y en esta travesía donde establecer mi campamento de observación, me he visto envuelta en una extraña metamorfosis. Me han crecido brazos y piernas, tengo manos y un corazón que
late deprisa queriendo ver el mundo.

Ahora que el mar comienza a evaporarse, la prisa por salir se enreda en mis pensamientos. También las cuerdas que me amarran al mundo marino se entrelazan en mi cuello, e impiden que alcance el sol por donde escapa esta burbuja placentera.

Tras varios intentos salgo, por fin, y unos seres sonríen y lloran, me secan y arrullan. Deben ser otros náufragos, pienso. Tendré que aprender su lenguaje.


IMPRIME ESTE POST

miércoles 28 de septiembre de 2011

El futbolista - Lorenzo Garrido

Eduardo Castaño fue fichado por un club de primera división a la edad de trece años. A los diecisiete ya formaba parte del equipo de los grandes. Después de una carrera meteorítica, se había aupado en el puesto de delantero, donde pronto destacó por su facilidad en el regate y su acierto a la hora de introducir el esférico dentro de la portería. Era, además, generoso con sus compañeros, no tenía reparos en soltar la pelota cuando ello convenía a los intereses del equipo.

Una tarde espectacular en que hubo goleada, el presidente lo mandó llamar a su despacho. El jugador salió pronto de la ducha, se vistió y se arregló y fue al encuentro de su jefe a través de los secretos pasillos del estadio.

–Enhorabuena –saludó el presidente en cuanto lo vio venir–; muchacho, el gol de cabeza que has marcado entrará en los anales del fútbol.

–Gracias –dijo, sonriente, Eduardo.

–Siéntate, tengo que hablar contigo.

El chico tomaba asiento, mientras que el hombre, ya maduro y con papada, se quitaba el puro de la boca.

–¿Qué tal va todo?

–Muy bien. Espero que esta racha goleadora continúe, por el bien del equipo...

–Eso esperamos todos, que dure la buena racha hasta el final de la temporada y que podamos hacernos con el trofeo de la liga. Oye, yo quería preguntarte algo: ¿cuánto ganas al mes sin contar con las recetas publicitarias?

Hizo la pregunta con el rostro serio, clavando la mirada en el jugador. Este se mostró sorprendido. Pero al fin contestó:

–Diez mil euros, si las cuentas no me fallan. Pero eso usted debe de saberlo mejor que yo.

–Bonita suma, en la que no has incluido los extras de la publicidad y otras cosillas que te reportarán un buen pellizco –el jefe sonrió–. Eduardo, a ti no te falta de nada; a estas alturas, eres afortunado. Entonces... ¿Por qué me cuentan que no vistes decentemente, en fin, que no vistes como le corresponde a una persona de tu categoría? ¿Y por qué me cuentan que aún no has cambiado de piso, que sigues alojado en un tercero de aquel inmueble del barrio de Vallecas? Para colmo de sorpresas, me entero de que en lugar de lucir un bonito modelo de coche deportivo, un lujoso rolex, un buen par de zapatillas hechas a tu medida, sigues pidiendo a tus amigos que te lleven a todas partes porque tú no dispones de vehículo propio, y no quieres ni oír hablar de comprar esto o lo otro que cueste más de cien euros. No lo entiendo. ¿Qué te falta, amigo Eduardo? ¿Por qué esa actitud tan rácana? ¿Hay deudas ocultas? ¿Te entrampaste una noche en el casino y ahora no sabes cómo salir del atolladero?

–No ocurre nada de eso, señor Lozano –replicó el joven delantero–; lo único que pasa es que estoy muy bien en mi vivienda de Vallecas, no veo la necesidad de cambiar de aires. En cuanto a los coches, no me llaman la atención. Su carrocería no me atrae; su poderío, menos aún; de hecho, ni siquiera me he sacado el carnet de conducir.

El presidente de la entidad puso hosco semblante; estrelló contra el cenicero su habano; y dijo con leve rechinar de dientes:

–Tus gustos no intervienen para nada en este tema. ¿No entiendes que eres para muchos chavales de este país, y del mundo entero, una referencia, un modelo que imitar? Pues sí, eres un espejo donde se mira la moderna juventud. Si tu actuación fuera del campo descuida los hábitos comerciales, el apego a la imagen, la afición a los vehículos, la búsqueda afanosa de una estampa que suscite la envidia, dime, ¿qué pensarán las marcas que nos promocionan y compran los derechos de imagen de nuestros jugadores? Si todo el mundo hiciera lo que tú... ¡adiós al crecimiento económico! A ti no se te permite «obviar las modas», tu estatuto social te lo prohíbe.

Eduardo Castaño agachó la cabeza, no se le ocurría qué replicar.

Al día siguiente, contactó con su abogado para pedirle que buscase un representante que se encargara de colocar su dinero (el del futbolista, se entiende) en asociaciones caritativas y humanitarias. Al poco tiempo, la mayor parte del sueldo del jugador iba a parar a las ONG repartidas por todo el mundo, en su lucha a veces estéril contra el hambre y la pobreza. El presidente Lozano tuvo noticia de estas nuevas «locuras» de su pupilo y estrelló, furioso, el habano contra el cenicero. Este chico metía muchos goles a los equipos contrarios; pero se había convertido en un contrapeso que perjudicaba a la «buena» imagen del club. Recibió una llamada del señor X [tipo de personaje que siempre aparece en los negocios donde se manejan grandes cantidades] y tras un rato de conversación quedó acordado lo que habían de hacer. Se realizaron las oportunas llamadas.

A las dos semanas, en un encuentro fortuito con otro jugador, Eduardo Castaño sufrió una aparatosa lesión en la rodilla derecha, la cual lo dejó inhabilitado de por vida para la práctica del fútbol. Y así fue cómo concluyó la deslumbrante carrera de un deportista único en todos los sentidos.


IMPRIME ESTE POST

lunes 26 de septiembre de 2011

Cuerpo de mujer


Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había un pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.

Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. "Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga..."

Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.

En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.

Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.

IMPRIME ESTE POST

sábado 24 de septiembre de 2011

Boleto - María Gómez Barroso

Yo creo que lo mejor que puedo hacer es matarlo, eso es, sí señor, matarlo, porque lo que ha hecho es imperdonable y debo terminar el encargo esta noche: mañana termina el plazo y no puedo pedir más prorroga porque acabarán matándome a mí. Dios... dios me abandonó hace tiempo, el suficiente como para que pasara a escribirlo con minúsculas primero y a blasfemar después, pero para que por lo menos exista lo que Julia llama la justicia cósmica o no sé qué, debo matar al Boleto ¿o no? ¿Aplaudirán mi decisión? ¿O a cuántos decepcionaré si termino con su existencia de un plumazo? Pero si lo dejo ir después de tanto trabajo, ¿no seré un pusilánime, un sin sustancia o lo que es peor... predecible? Llegados a éste punto, sólo tengo dos certezas: la primera es que clavar los codos en el escritorio mientras miro la pared desconchada frente a mí no es la mejor postura para tomar decisiones, y la segunda es que no sé qué hacer. Ahora mismo todo es posible, pero mañana cuando le entregue el paquete a Julia ya no habrá solución: mañana el Boleto estará muerto, o vivo, una de las dos, pero no las dos. Uno no puede estar muerto y vivo al mismo tiempo, ¿o sí? A veces morir es el único modo de ser inmortal, hay decenas de casos así, ¿no? Mierda... Dos años trabajando en esta historia para encontrarme perdido en la duda a estas alturas de la película. No sé por qué tuve que decidir dedicarme a esto, es horrible. Está todo preparado, sé perfectamente cómo debería ocurrir y tiene que ser esta noche ¡Hazlo! ¿O no lo hagas? El Boleto irá al callejón por última vez esta noche y allí lo mataré, aprovechando que volverá a dejarla sola en la casa. La policía ya estará sobre aviso y entrará a por la niña en cuanto él se vaya: un problema menos, los niños buenos nunca deben morir. Pero, si por una vez una niña buena muriera, todo el mundo se quedaría pasmado, dirían ¿qué pasa aquí? Eso no es normal, eso nunca ocurre, todo el mundo está demasiado acostumbrado a ver cómo triunfa el bien en estas cosas y a ganar sus apuestas. Aquel que tose y escupe sangre morirá a no mucho tardar, el amigo que no destaca, el que cae bien y es gracioso también morirá siempre y por eso yo maté al Perchas. ¿Pero El Boleto?, ¿y la niña? Estoy pensando que si me da por matar a la niña y dejar ir al Boleto... quizá aún esté a tiempo de no ser predecible. Al fin y al cabo sólo la tiene secuestrada, no la ha matado ni violado; ni siquiera la ha torturado un poco. Vale, sí, está desnutrida y tiene rozaduras en las manos por estar siempre atada, pero ¿es eso tan grave como para que yo, esta noche, lo sentencie? En cambio ella, con sólo trece años ya es toda una lolita. Todo el mundo intuirá que intentó ganarse al infeliz del Boleto con miraditas seductoras de putilla en ciernes. Todo el mundo intuirá lo que pasaba, que la niña lo tenía todo y el Boleto nada. Ella es una nena bonita, lista y de familia rica, y él un desahuciado, un pobre hombre, alcohólico y drogadicto, sí, pero no es mala persona. ¿Cómo le voy a matar si no se le ocurrió nada mejor para conseguir dinero que secuestrar a un angelito rubio y despiadado? Y la pared desconchada frente a mi escritorio no me da la respuesta por más que miro, y Julia quiere que lo mate y que le entregue el pliego mañana a primera hora si quiero el dinero, y yo llevo dos años con esta historia a cuestas siguiendo al Boleto en sus penurias, observando sus andanzas y modelando a medias su siguiente paso ¿cómo voy a matarlo? La vida real es así, a veces mueren los angelitos rubios sin que nadie sepa nunca que eran unos monstruos y a veces sobreviven los demonios roñosos de uñas mugrientas sin que nadie sepa nunca que tenían el alma bien pulcra. Pero Julia no quiere saber nada de la vida real, quiere que sobrevivan los que parecen guapos, limpios y buenos; quiere matar a los que se ven horribles, viciosos o enfermos... Quiere darle al público lo que necesita leer, y dice que para lo demás ya está la realidad. Quiere que le entregue el manuscrito mañana mismo para poder pasarlo de una vez a galeradas y dice con cara de chiste que eso sólo ocurrirá si le doy boleto al Boleto, como si la cosa tuviera gracia. Supongo, pues, que ya sólo me queda éste último capítulo para matarlo ¿o no?



IMPRIME ESTE POST

viernes 23 de septiembre de 2011

Cucharas - Gabriel Bevilaqua

DESDE que Sarita me contó aquel cuento donde las cucharas adquirían vida y le sacaban los ojos a la gente, he dejado de tomar sopa. Mamá se enfada y me pega un cachetazo cada vez que prepara una. Yo le explico con santa paciencia que les tengo miedo a las cucharas pero ella no entiende. Dice que me deje de tonterías, que quién carajo es Sarita, que deben ser los genes del infeliz de mi papá. Para colmo parece obsesionada con la sopa últimamente.

Este mediodía, mamá se enojó más de lo acostumbrado y me golpeó con el palo de amasar.

Sarita dice que todo es su culpa, que no debió hacerme caso cuando le pedí que me contara un cuento de terror, pero yo le digo que adoro sus historias, que no se preocupe, que mamá me pega desde mucho antes de conocerla, con o sin sopa de por medio. Entonces Sarita se limpia las lágrimas, me abraza y me da un beso en cada mejilla. Duele, pero es un dolor relindo. Luego acomoda las sábanas con esmero y me pide que descanse mientras ella va a hablar con mi mamá. Cuando sale de la habitación noto que esconde una cuchara entre sus manos.

Gabriel Bevilaqua

IMPRIME ESTE POST

jueves 22 de septiembre de 2011

Homicidio - Ohiane Iriarte

La quinta copa. Aquella noche, como todas las demás, intentó ahogar sus penas en coñac. Quiso evadirse del dolor por unas horas, silenciar el sufrimiento con felicidad ebria para acabar enviando sus recuerdos por la taza del váter. Como cada noche.

Al día siguiente, una de las vecinas encontró el rellano encharcado. Después de llamar varias veces al timbre sin obtener respuesta, decidió avisar a la policía, asustada por lo que podría haber pasado. Minutos después encontraban el cuerpo del hombre, ahogado en sus propias lágrimas.


IMPRIME ESTE POST

miércoles 21 de septiembre de 2011

Relatos 02 en Tres Rosas Amarillas

La Librería y la Editorial Tres rosas amarillas te invitan el próximo Sábado 24 de septiembre, a las 20,00 h, a la presentación del libro “Tres rosas amarillas. RELATOS 02”. Contaremos con la presencia de los autores: María José Codes, Pablo Lobo y Magdalena Tirado, que serán presentados por Víctor García Antón. ¡Os esperamos!



IMPRIME ESTE POST

lunes 19 de septiembre de 2011

Un fenómeno inexplicable


Hace de esto once años. Viajaba por la región agrícola que se dividen las provincias de Córdoba y de Santa Fe, provisto de las recomendaciones indispensables para escapar a las horribles posadas de aquellas colonias en formación. Mi estómago, derrotado por los invariables salpicones con hinojo y las fatales nueces del postre, exigía fundamentales refacciones. Mi última peregrinación debía efectuarse bajo los peores auspicios. Nadie sabía indicarme un albergue en la población hacia donde iba a dirigirme. Sin embargo, las circunstancias apremiaban, cuando el juez de paz que me profesaba cierta simpatía. vino en mi auxilio.

—Conozco allá, me dijo, un señor inglés viudo y solo. Posee una casa, lo mejor de la colonia, y varios terrenos de no escaso valor. Algunos servicios que mi cargo me puso en situación de prestarle, serán buen pretexto para la recomendación que usted desea, y que si es eficaz le proporcionará excelente hospedaje. Digo si es eficaz, pues mi hombre, no obstante sus buenas cualidades, suele tener su luna en ciertas ocasiones, siendo, además, extraordinariamente reservado. Nadie ha podido penetrar en su casa más allá del dormitorio donde instala a sus huéspedes, muy escasos por otra parte. Todo esto quiere decir que va usted en condiciones nada ventajosas, pero es cuanto puedo suministrarle. El éxito es puramente casual. Con todo, si usted quiere una carta de recomendación. . .

Acepté y emprendí acto continuo mi viaje, llegando al punto de destino horas después.

Nada tenía de atrayente el lugar. La estación con su techo de tejas coloradas; su andén crujiente de carbonilla; su semáforo a la derecha, su pozo a la izquierda. En la doble vía del frente, media docena de vagones que aguardaban la cosecha. Más allá el galpón, bloqueado por bolsas de trigo. A raíz del terraplén, la pampa con su color amarillento como un pañuelo de yerbas; casitas sin revoque diseminadas a lo lejos, cada una con su parva al costado; sobre el horizonte el festón de humo del tren en marcha, y un silencio de pacífica enormidad entonando el color rural del paisaje.

Aquello era vulgarmente simétrico como todas las fundaciones recientes. Notábase rayas de mensura en esa fisonomía de pradera otoñal. Algunos colonos llegaban a la estafeta en busca de cartas. Pregunté a uno por la casa consabida, obteniendo inmediatamente las señas. Noté en el modo de referirse a mi huésped, que se lo tenía por hombre considerable.

No vivía lejos de la estación. Unas diez cuadras más allá, hacia el oeste, al extremo de un camino polvoroso que con la tarde tomaba coloraciones lilas, distinguí la casa con su parapeto y su cornisa, de cierta gallardía exótica entre las viviendas circundantes; su jardín al frente; el patio interior rodeado por una pared tras la cual sobresalían ramas de duraznero. El conjunto era agradable y fresco; pero todo parecía deshabitado.

En el silencio de la tarde, allá sobre la campiña desierta, aquella casita, no obstante su aspecto de chalet industrioso, tenía una especie de triste dulzura, algo de sepulcro nuevo en el emplazamiento de un antiguo cementerio.

Cuando llegué a la verja, noté que en el jardín había rosas, rosas de otoño, cuyo perfume aliviaba como una caridad la fatigosa exhalación de las trillas. Entre las plantas que casi podía tocar con la mano, crecía libremente la hierba; y una pala cubierta de óxido yacía contra la pared, con su cabo enteramente liado por una guía de enredadera.

Empujé la puerta de reja, atravesé el jardín, y no sin cierta impresión vaga de temor fui a golpear la puerta interna. Pasaron minutos. El viento se puso a silbar en una rendija, agravando la soledad. A un segundo llamado, sentí pasos; y poco después la puerta se abría, con un ruido de madera reseca. El dueño de casa apareció saludándome.

Presenté mi carta. Mientras leía, pude observarlo a mis anchas. Cabeza elevada y calva; rostro afeitado de clergyman; labios generosos, nariz austera. Debía de ser un tanto místico. Sus protuberancias supercialiares, equilibraban con una recta expresión de tendencias impulsivas, el desdén imperioso de su mentón. Definido por sus inclinaciones profesionales, aquel hombre podía ser lo mismo un militar que un misionero. Hubiera deseado mirar sus manos para completar mi impresión, mas sólo podía verlas por el dorso.

Enterado de la carta, me invitó a pasar, y todo el resto de mi permanencia, hasta la hora de comer, quedó ocupado por mis arreglos personales. En la mesa fue donde empecé a notar algo extraño.

Mientras comíamos, advertí que no obstante su perfecta cortesía, algo preocupaba a mi interlocutor. Su mirada invariablemente dirigida hacia un ángulo de la habitación, manifestaba cierta angustia; pero como su sombra daba precisamente en ese punto, mis miradas furtivas nada pudieron descubrir. Por lo demás, bien podía no ser aquello sino una distracción habitual.

La conversación seguía en tono bastante animado, sin embargo. Tratábase del cólera que por entonces azotaba los pueblos cercanos. Mi huésped era homeópata, y no disimulaba su satisfacción por haber encontrado en mí uno del gremio. A este propósito, cierta frase del diálogo hizo variar su tendencia. La acción de las dosis reducidas acababa de sugerirme un argumento que me apresuré a exponer.

—La influencia que sobre el péndulo de Rutter, dije concluyendo una frase, ejerce la proximidad de cualquier substancia, no depende de la cantidad. Un glóbulo homeopático determina oscilaciones iguales a las que produciría una dosis quinientas o mil veces mayor.

Advertí al momento, que acababa de interesar con mi observación. El dueño de casa me miraba ahora.

—Sin embargo, respondió, Reichenbach ha contestado negativamente esa prueba. Supongo que ha leído usted a Reichenbach.

—Lo he leído, sí; he atendido sus críticas, he ensayado, y mi aparato, confirmando a Rutter, me ha demostrado que el error procedía del sabio alemán, no del inglés. La causa de semejante error es sencillísima, tanto que me sorprende cómo no dio con ella el ilustre descubridor de la parafina y de la creosota.

Aquí, sonrisa de mi huésped: prueba terminante de que nos entendíamos.

—¿Usó usted el primitivo péndulo de Rutter, o el perfeccionado por el doctor Leger?

—El segundo, respondí.

—Es mejor. ¿Y cuál sería, según sus investigaciones, la causa del error de Reichenbach?

—Esta: los sensitivos con que operaba, influían sobre el aparato, sugestionándose por la cantidad del cuerpo estudiado. Si la oscilación provocada por un escrúpulo de magnesia, supongamos, alcanzaba una amplitud de cuatro líneas, las ideas corrientes sobre la relación entre causa y efecto, exigían que la oscilación aumentara en proporción con la cantidad: diez gramos, por ejemplo. Los sensitivos del barón, eran individuos nada versados por lo común en especulaciones científicas; y quienes practican experiencias así, saben cuán poderosa-mente influyen sobre tales personas las ideas tenidas por verdaderas, sobre todo si son lógicas. Aquí está, pues, la causa del error. El péndulo no obedece a la cantidad, sino a la naturaleza del cuerpo estudiado solamente; pero cuando el sensitivo cree que la cantidad mayor influye, aumenta el efecto, pues toda creencia es una volición. Un péndulo, ante el cual el sujeto opera sin conocer las variaciones de cantidad, confirma a Rutter. Desaparecida la alucinación...

—Oh, ya tenemos aquí la alucinación, dijo mi interlocutor con manifiesto desagrado.

—No soy de los que explican todo por la alucinación, a lo menos confundiéndola con la subjetividad, como frecuentemente ocurre. La alucinación es para mí una fuerza, más que un estado de ánimo, y así considerada, se explica por medio de ella buena porción de fenómenos. Creo que es la doctrina justa.

—Desgraciadamente es falsa. Mire usted, yo conocí a Home, el medium, en Londres, allá por 1872. Seguí luego con vivo interés las experiencias de Crookes, bajo un criterio radicalmente materialista; pero la evidencia se me impuso con motivo de los fenómenos del 74. La alucinación no basta para explicarlo todo. Créame usted, las apariciones son autónomas...

—Permítame una pequeña digresión, interrumpí, encontrando en aquellos recuerdos una oportunidad para comprobar mis deducciones sobre el personaje: quiero hacerle una pregunta, que no exige desde luego contestación, si es indiscreta. ¿Ha sido usted militar?...

—Poco tiempo; llegué a subteniente del ejército de la India.

—Por cierto, la India sería para usted un campo de curiosos estudios.

—No; la guerra cerraba el camino del Tíbet a donde hubiese querido llegar. Fui hasta Cawnpore, nada más. Por motivos de salud, regresé muy luego a Inglaterra; de Inglaterra pasé a Chile en 1879; y por último a este país en 1888.

—¿Enfermó usted en la India?

—Sí, respondió con tristeza el antiguo militar, clavando nuevamente sus ojos en el rincón del aposento.

—¿El cólera?..., insistí.

Apoyó él la cabeza en la mano izquierda, miró por sobre mí, vagamente. Su pulgar comenzó a moverse entre los ralos cabellos de la nuca. Comprendí que iba a hacerme una confidencia de la cual eran prólogo aquellos ademanes, y esperé. Afuera chirriaba un grillo en la oscuridad.

—Fue algo peor todavía, comenzó mi huésped. Fue el misterio. Pronto hará cuarenta años y nadie lo ha sabido hasta ahora. ¿Para qué decirlo? No lo hubieran entendido, creyéndome loco por lo menos. No soy un triste, soy un desesperado. Mi mujer falleció hace ocho años, ignorando el mal que me devoraba, y afortunadamente no he tenido hijos. Encuentro en usted por primera vez un hombre capaz de comprenderme.

Me incliné agradecido.

—¡Es tan hermosa la ciencia, la ciencia libre, sin capilla y sin academia! Y no obstante, está usted todavía en los umbrales. Los fluidos ódicos de Reichenbach no son más que el prólogo. El caso que va usted a conocer, le revelará hasta dónde puede llegarse.

El narrador se conmovía. Mezclaba frases inglesas a su castellano un tanto gramatical . Los incisos adquirían una tendencia imperiosa, una plenitud rítmica extraña en aquel acento extranjero.

—En febrero de 1858, continuó, fue cuando perdí toda mi alegría. Habrá usted oído hablar de los yoghis, los singulares mendigos cuya vida se comparte entre el espionaje y la taumaturgia. Los viajeros han popularizado sus hazañas, que sería inútil repetir. Pero, ¿sabe en qué consiste la base de sus poderes?

—Creo que en la facultad de producir cuando quieren el autosonambulismo, volviéndose de tal modo insensibles, videntes...

—Es exacto. Pues bien, yo vi operar a los yoghis en condiciones que imposibilitaban toda superchería. Llegué hasta fotografiar las escenas, y la placa reprodujo todo, tal cual yo lo había visto. La alucinación resultaba, así, imposible, pues los ingredientes químicos no se alucinan... Entonces quise desarrollar idénticos poderes. He sido siempre audaz, y luego no estaba entonces en situación de apreciar las consecuencias. Puse, pues, manos a la obra.

—¿Por cuál método?

Sin responderme, continuó:

—Los resultados fueron sorprendentes. En poco tiempo llegué a dormir. Al cabo de dos años producía la traslación consciente. Pero aquellas prácticas me habían llevado al colmo de la inquietud. Me sentía espantosamente desamparado, y con la seguridad de una cosa adversa mezclada a mi vida como un veneno. Al mismo tiempo, devorábame la curiosidad. Estaba en la pendiente y ya no podía detenerme. Por una continua tensión de voluntad, conseguía salvar las apariencias ante el mundo. Mas, poco a poco, el poder despertado en mí se volvía más rebelde... Una distracción prolongada, ocasionaba el desdoblamiento. Sentía mi personalidad fuera de mí, mi cuerpo venía a ser algo así como una afirmación del no yo, diré expresando concretamente aquel estado. Como las impresiones se avivaban, produciéndome angustiosa lucidez, resolví una noche ver mi doble. Ver qué era lo que salía de mí, siendo yo mismo, durante el sueño extático.

—¿Y pudo conseguirlo?

—Fue una tarde, casi de noche ya. El desprendimiento se produjo con la facilidad acostumbrada. Cuando recobré la conciencia, ante mí, en un rincón del aposento, había una forma. Y esa forma era un mono, un horrible animal que me miraba fijamente. Desde entonces no se aparta de mí. Lo veo constantemente. Soy su presa. A donde quiera él va, voy conmigo, con él. Está siempre ahí. Me mira constantemente, pero no se le acerca jamás, no se mueve jamás, no me muevo jamás. . .

Subrayo los pronombres trocados en la última frase, tal como la oí. Una sincera aflicción me embargaba. Aquel hombre padecía, en efecto, una sugestión atroz.

—Cálmese usted, le dije, aparentando confianza. La reintegración no es imposible .

—¡Oh, sí!, respondió con amargura. Esto es ya viejo. Figúrese usted, he perdido el concepto de la unidad. Sé que dos y dos son cuatro, por recuerdo; pero ya no lo siento. El más sencillo problema de aritmética carece de sentido para mí, pues me falta la convicción de la cantidad. Y todavía sufro cosas más raras. Cuando me tomo una mano con la otra, por ejemplo, siento que aquélla es distinta, como si perteneciera a otra persona que no soy yo. A veces veo las cosas dobles, porque cada ojo procede sin relación con el otro...

Era, a no dudarlo, un caso curioso de locura, que no excluía el más perfecto raciocinio.

—Pero en fin, ¿ese mono?..., pregunté para agotar el asunto.

—Es negro como mi propia sombra, y melancólico al lado de un hombre. La descripción es exacta, porque lo estoy viendo ahora mismo. Su estatura es mediana, su cara como todas las caras de mono. Pero siento, no obstante, que se parece a mí. Hablo con entero dominio de mí mismo. ¡Ese animal se parece a mí!

Aquel hombre, en efecto, estaba sereno; y sin embargo, la idea de una cara simiesca formaba tan violento contraste con su rostro de aventajado ángulo facial, su cráneo elevado y su nariz recta, que la incredulidad se imponía por esta circunstancia, más aún que por lo absurdo de la alucinación.

Él notó perfectamente mi estado; púsose de pie como adoptando una resolución definitiva:

—Voy a caminar por este cuarto, para que usted lo vea. Observe mi sombra, se lo ruego.

Levantó la luz de la lámpara, hizo rodar la mesa hasta un extremo del comedor y comenzó a pasearse. Entonces, la más grande de las sorpresas me embargó. ¡La sombra de aquel sujeto no se movía! Proyectada sobre el rincón, de la cintura arriba, y con la parte inferior sobre el piso de madera clara, parecía una membrana, alargándose y acortándose según la mayor o menor proximidad de su dueño. No podía yo notar desplazamiento alguno bajo las incidencias de luz en que a cada momento se encontraba el hombre.

Alarmado al suponerme víctima de tamaña locura, resolví desimpresionarme y ver si hacía algo parecido con mi huésped, por medio de un experimento decisivo. Pedíle que me dejara obtener su silueta pasando un lápiz sobre el perfil de la sombra.

Concedido el permiso, fijé un papel con cuatro migas de pan mojado hasta conseguir la más perfecta adherencia posible a la pared, y de manera que la sombra del rostro quedase en el centro mismo de la hoja. Quería, como se ve, probar por la identidad del perfil entre la cara y su sombra (esto saltaba a la vista, pero el alucinado sostenía lo contrario) el origen de dicha sombra, con intención de explicar luego su inmovilidad asegurándome una base exacta.

Mentiría si dijera que mis dedos no temblaron un poco al posarse en la mancha sombría, que por lo demás diseñaba perfectamente el perfil de mi interlocutor; pero afirmo con entera certeza que el pulso no me falló en el trazado. Hice la línea sin levantar la mano, con un lápiz Hardtmuth azul, y no despegué la hoja concluido que hube, hasta no hallarme convencido por una escrupulosa observación, de que mi trazo coincidía perfectamente con el perfil de la sombra, y éste con el de la cara del alucinado.

Mi huésped seguía la experiencia con inmenso interés. Cuando me aproximé a la mesa, vi temblar sus manos de emoción contenida. El corazón me palpitaba, como presintiendo un infausto desenlace.

—No mire usted, dije.

—¡Miraré!, me respondió con un acento tan imperioso, que a pesar mío puse el papel ante la luz.

Ambos palidecimos de una manera horrible. Allí ante nuestros ojos, la raya de lápiz trazaba una frente deprimida, una nariz chata, un hocico bestial. ¡El mono! ¡La cosa maldita!

Y conste que yo no sé dibujar.

IMPRIME ESTE POST

sábado 17 de septiembre de 2011

Muerto - Rocío Romero

Me acerco a la esquina sin despegar la espalda de los ladrillos.  El sol ha calentado tanto la pared que siento mis antebrazos en carne viva, pero no puedo arriesgarme a delatar mi posición.  Calculo rápidamente que el enemigo está a punto de colocarse en el ángulo perfecto.  Levanto mi pistola de agua y apunto con cuidado.

Mi hermano aparece enseguida y se sobresalta un poco cuando grito “¡Muerto!”.  La detonación se oye muy clara, en mi interior y afuera, por todas partes.  Me sacude con fuerza hasta el hombro.  Él se gira, me mira un momento y se desvanece.

Mamá sale corriendo al jardín, mientras el rojo de la camiseta de Jaime se intensifica en el centro del pecho.  Lo zarandea muchas veces pero él no se mueve nada.  Mamá grita mi nombre y me asusta.  Dejo caer la pistola.  Le he acertado de pleno. 


IMPRIME ESTE POST

jueves 15 de septiembre de 2011

Sin Sentido - Pablo Llanos

“En el pueblo había dos mudos,
y siempre estaban juntos.”
Carson McCullers,
El Corazón es un Cazador Solitario

Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo se conocían ni cuándo empezaron a compartir sus silencios. Ningún vecino se había atrevido a preguntar a los dos mudos de la casa del cerro cuál era su relación.

También había dos sordos - sordo y sorda - casados. Su relación no iba bien y a diferencia de los mudos, o a similitud, no se hablaban. Cierto día la sorda abandonó al sordo cuando este empezó a sufrir una aerofagia que solía manifestarse por las noches en la cama con el consiguiente hedor. El sordo, no se sabe bien cómo ni por qué, acabó viviendo con los dos mudos.

El día que al pueblo llegó un ciego buscando una habitación para alquilar a los vecinos no se les ocurrió otra idea que darle la dirección de la casa de los dos mudos, también ahora del sordo. Allí se presentó. El sordo le explicó las condiciones y le preguntó a los mudos si les parecía bien que el ciego se quedara. Los mudos otorgaron y el ciego deshizo las maletas.

Meses después llegó al pueblo un hombre con una enorme nariz que no tenía sentido del olfato. Decir que no podía oler no es del todo correcto. En realidad sí olía, pero todos los olores se transformaban en su nariz en olor a hierba recién cortada. Tanto el amoniaco como las rosas, la coliflor hirviendo o la gasolina le olían a hierba recién cortada. Este curioso personaje había llegado al pueblo huyendo de los tópicos y arruinado por su falta de olfato para los negocios. No explicaré cómo, pero al lector no le sorprenderá saber que acabó viviendo con los mudos, el sordo y el ciego, en una casa que ya se había convertido en objeto de todas las sornas del pueblo. El hombre de la gran nariz compartía habitación con el sordo sin ningún tipo de problema con sus ventosidades y se convirtió en uno de los miembros más útiles de la “familia”, casi sin ninguna carencia, pese a que los demás cruzaban los dedos para que no hubiera un escape de gas cando él estuviera solo en casa.

A los pocos meses, llegó un nuevo huésped, un hombre sin gusto que pasó a dormir con el ciego. El hombre sin gusto decoró la habitación de forma horrible. Como era de esperar, al ciego no le importó.

La convivencia fue feliz hasta que llego un hombre sin tacto. Después de estrechar la mano de todos con una desmesurada fuerza deshizo las maletas y sin desear las buenas noches se fue a la cama. A la mañana siguiente durante el desayuno interrogó a los mudos sobre sus razones para meter en su casa esa panda de minusválidos, al sordo le dijo que no era de extrañar que la sorda le hubiera abandonado pues sus flatulencias olían en toda la casa, al hombre de la enorme nariz le dijo que tenía suerte de su limitación, pues él mismo olía bastante mal, al ciego le hizo ver que el hombre sin gusto le había decorado la habitación de forma hortera. Sin duda demostró una gran falta de tacto con todos ellos.

En ese momento comenzó una gran discusión con recriminaciones cruzadas entre todos, el ciego gritaba, los mudos gesticulaban, el sordo no sabía dónde mirar, el hombre sin olfato no quería escuchar y el hombre sin gusto utilizaba un lenguaje soez.

Al rato, después de que el sordo pidiera silencio, todos se calmaron y votaron, decidieron separarse pues era tangible que aquella forma de vivir no tenía ningún sentido.



IMPRIME ESTE POST

lunes 12 de septiembre de 2011

Paga anticipada



Pasaba una corta temporada en un pueblo donde me aburría espantosamente. No conocía a nadie, y solía dedicarme a pasear solo y de noche. Una, vagando por las calles al azar, y sintiendo ya nostalgias de mi Madrid de mi alma, llegué a una plazoleta que ofrecía un bonito efecto de luz. Frente a mí, una casa más alta que las demás, de construcción vetusta, de anchas rejas y balcón panzudo, sobre el cual una hornacina contenía una Virgen alumbrada por un farol. Se destacaba en el resplandor de la luna que empezaba a salir, y a todo lo largo del caballete y de los aleros del tejado, que volaba amplia y graciosamente las esquinas, veíase negro, enérgico, el enmarañado dibujo de los jaramagos a la traslumbre del cielo.

Aquello era una decoración teatral; y os juro que tan profundamente me ensimismé en su contemplación con ojos de artista, que me costó algún trabajo no creer que, en efecto, estaba en un teatro, cuando llegó a mis oídos una voz de contralto, extensa y pura, que cantaba:

Il segreto per esser felice
se io per prova...

El pasaje de Lucrecia, letra más o menos.

Me acerqué a la casa de donde salía la voz, y pegado a la ventana escuché hasta la última nota del brindis, tras de las que enmudecieron cantatriz y piano.

A la noche siguiente volví a matar el tiempo rondando la ventana de mi admirada y desconocida contralto. La sesión fue más larga. La sinfonía del Guillermo, después trozos sueltos de Gioconda, y por último, cantada, Lucrecia.

Yo, que insensiblemente había concluido por acercarme a la reja, trataba de descubrir a la artista — pues tal nombre merecía — por los entreabiertos cristales. No veía más que un lado del piano. Iba a empujar las puertas cautelosamente; pero alguien se acercaba en la desierta calle. Era un hombre, que entró en la casa, contemplándome antes con tenacidad.

Luego cesó la canción, y me fui a dormir, dándome la norabuena por haber descubierto aquel caprichoso e inofensivo pasatiempo para las noches que me quedaban en el pueblo. No faltaba una; y eso que, pocas después la luna, acudiendo a la cita también, cada vez más presurosa, me dejaba sin el amparo de las sombras; circunstancia molesta, porque empecé a llamar la atención de los pocos transeúntes de la plazuela, y, sobre todo, del caballero que entraba y salía de la casa. Y ¿qué? Me era tan grato escuchar aquella voz llena de poder y de frescura, que se ceñía a los acordes del piano ágil y ondulosa como una serpiente de colores... Me resultaba tan vagamente tentador aquel ofrecimiento, tantas veces repetido, desde el misterio, por una mujer desconocida y a la que yo no debía conocer, "del secreto para ser feliz, que ella sabía por experiencia y lo revelaba a los amigos" — sentido todo esto en la soledad de la noche, en el interior de aquella casa romancesca, destacada en silueta sobre el fondo claro del cielo, con sus rejas caladas y rematadas por cruces, con su farolillo santo alumbrando a una imagen que parecía aguardar juramento de amor... ¡Hablaba tanto aquello a los impulsos ideales que fuera de Madrid se permitía este corazón un poco fatigado...!

Ð-Ð-Ð-Ð-Ð-Ð

Voy por la calle, tropieza conmigo un sujeto, y en vez de excusarse, me da una bofetada, que contesto con un bastonazo, tomándole por loco. Me entrega su tarjeta y se la tiro a las narices. Se aleja, pero recibo inmediatamente la visita de dos amigos suyos, y quieras que no, tengo que batirme. Al otro día, un sablazo en este brazo. ¿Noticias de mi rival...? Propietario, hombre extravagante, distinguido y frío. No pude averiguar más.

La herida, de bastante importancia, iba a retenerme en el pueblo más de lo que hubiera deseado. Esto, y el no poder explicarme tan original desafío, me irritaba.

Ð-Ð-Ð-Ð-Ð-Ð

A los pocos días, me sorprendió mi adversario, visitándome.

— Vengo a pedirle mil perdones — me dijo. ¿Usted sabe quién soy?

— No tengo ese gusto... es decir, sí; un loco o un camorrista de profesión.

— Ni lo uno ni lo otro. Soy, sencillamente, el dueño de la casa en cuya reja encontraba a usted siempre. Y pues que tras ella estaba mi mujer, que es tan honrada como joven, le tomé a usted por un impertinente a quien me propuse escarmentar. Lo menos que puede hacer un marido, aunque esté seguro — como yo lo estoy — de la virtud de su esposa, al ver que un hombre asedia su casa, recatándose en la obscuridad, es tenerle por inoportuno y profesarle antipatía. 

— Bien — repuse asombrado—; pero es que mi objeto...

— No se moleste en explicármelo — interrumpió tranquilo y galante mi adversario—. Se lo acabo de escuchar al médico de usted, hablando confidencialmente de nuestro duelo, que todo el mundo achaca a genialidad mía. Usted iba a escuchar a Amalia. No canta mal, efectivamente, y merece la pena. Mas como las apariencias han hecho que yo pague una deferencia de usted a un mérito de mi mujer con una estocada, al saberlo me creo en el caso de reparación. Lo menos que debo hacer, si usted se digna perdonarme, es presentarle a mi mujer para que pueda usted oirla cantar, cómodamente sentado, y para que pueda ella darle las gracias por las veces que fué a oiría aguantando el frío y las molestias de la calle.

Tendí la mano a mi interlocutor, pero renuncié delicadamente a su proyecto. Insistió. Era, pues, absolutamente necesario.

Y fui presentado.

Amalia Rosi, italiana de origen, morena, menudita. Deliciosas veladas. Cuando la volví a oir cantar "el secreto para ser felices lo enseño a mis amigos", me daba cuenta de que yo... era ya su amigo!; y recordando mi brazo en cabestrillo, en pago a deudas de honor que yo no contraje, y al verla, efectivamente, tan linda y tan joven como su marido me había dicho, acabé por empeñarme en averiguar si era tan virtuosa como el marido afirmaba. Esto no podía comprobarse fácilmente; pero yo quería a todo trance darle a aquel hombre la razón de sus palabras y de sus actos.

¡Me dolía tanto el brazo!

Ð-Ð-Ð-Ð-Ð-Ð

Una noche, a los dos meses, pues ya era imposible demorar mi marcha, contemplé la casa por última vez. También hacía luna y el farol de la Virgen desparramaba su claridad rojiza por la fachada. Amalia, en el balcón, momentos antes, me había jurado por la Virgen que no me olvidaría.

Quedamos en eso.

Y el marido y yo, en paz.

IMPRIME ESTE POST

jueves 8 de septiembre de 2011

Personajes errantes - Pedro Manuel Alonso da Silva

Estaba aturdido, por lo que no reconoció a Otelo en aquel moro de lujosa vestimenta. Tampoco a Dorian Gray en el viejo sembrado de arrugas que le preguntó por su retrato. Fueron las batallitas que contaba aquel loco de la palangana en la cabeza lo que restableció su memoria. Recordó que había muerto, hacía ya algunos párrafos, a manos de su autor.

IMPRIME ESTE POST

lunes 5 de septiembre de 2011

Cómo abandonó el hotel


Yo trabajaba de ascensorista en el Hotel Empire, ese gran edificio de ladrillo de líneas blancas y rojas como el bacon, que está en la esquina de Bath Street. Había prestado servicio en el ejército y me había licenciado con honores por buena conducta, y de esta manera obtuve el empleo. El hotel era una gran compañía con un comité de dirección formado por oficiales retirados y gente por el estilo, caballeros con algo de dinero invertido en el negocio y nada más de que preocuparse, y mi último Coronel era uno de ellos. Era un hombre de tan buen carácter que no salía si estaba de mal humor, así que cuando le pedí trabajo me dijo, “Mole, eres el hombre idóneo para ocuparte del ascensor en nuestro gran hotel. Los soldados son educados y formales y gustan al público sólo por detrás de los marineros. Hemos tenido que despedir a nuestro último hombre, puedes ocupar su puesto”.

Me gustaba mi trabajo tanto como la paga y permanecí en el puesto durante un año, y aún seguiría allí si no fuera por una circunstancia... Pero no nos anticipemos. Nuestro ascensor era hidráulico. No una de esa cosas desvencijadas que se balancean como la jaula de un loro en el hueco de la escalera y a las que no confiaría mi cuello. Se movía tan suavemente como el aceite, hasta un niño podría haberlo manejado y era tan seguro como quedarse en tierra. En lugar de estar atestado de anuncios como un autobús, teníamos espejos y las señoras vestidas de fiesta podían mirarse y arreglarse el pelo y pintarse los labios mientras yo las bajaba. Era como un pequeño salón, con cojines de terciopelo rojo para sentarse; no había más que entrar y flotar hacia arriba o hacia abajo, ligero como un pájaro.

Todos los clientes utilizaban el ascensor alguna que otra vez para subir o bajar. Algunos de ellos eran franceses y llamaban al ascensor el “assenser”, que está bien en su idioma, no lo dudo, pero por qué los americanos, que hablan ingles cuando quieren y siempre están buscando la manera de hacer las cosas más rápido que los demás deberían gastar tiempo y aliento llamándolo “elevador” es algo que se me escapa.

Yo estaba a cargo del ascensor desde medio día hasta media noche. Sobre esa hora, la gente que había salida al teatro o a cenar ya estaba de vuelta y cualquiera que volviese después, que subiera andando, mi jornada había terminado. Uno de los porteros se ocupaba del ascensor hasta que yo entraba de servicio por la mañana , pero entre las doce y las dos no había mucho que hacer. Entonces empezaba el trabajo duro, con clientes subiendo y bajando constantemente y el timbre llamando de una planta a otra como si hubiera un incendio. A continuación venía un rato de calma durante la cena y podía sentarme cómodamente en el ascensor a leer el periódico, aunque sin fumar. No se podía fumar en el ascensor, iba contra las normas y tuve que pedir a más de un caballero extranjero que no lo hiciera. No tenía que hacerlo tan a menudo con los ingleses, no son como esos extranjeros que parecen llevar el puro pegado a la boca.

Siempre reconocía las caras de quienes entraban en el ascensor, tengo buena vista y buena memoria y ninguno de los clientes tenía que decirme dos veces a qué piso iba, Les conocía y me sabía su planta tan bien como ellos mismos.

Fue en Noviembre cuando el Coronel Saxby llegó al Hotel Empire. Me fije en él porque de un vistazo se adivinaba que era soldado. Era un hombre alto y delgado de unos cincuenta año, con nariz aguileña, ojos penetrantes y un bigote gris y caminaba rígidamente por una herida de bala en la rodilla. Pero en lo que más me fijé fue en la cicatriz de una herida de sable que le atravesaba el lado derecho de la cara. En cuanto entró en el ascensor para subir a su habitación en la cuarta plante pensé en la diferencia que hay entre los oficiales. El Coronel Saxby me recordaba un poste de telégrafo, por su altura y delgadez y mi viejo Coronel era como un barril con uniforme, pero al tiempo era un soldado valiente y un caballero. La habitación del Coronel Saxby era la 210, justo frente a la puerta de cristal que llevaba al ascensor y cada vez que paraba en la cuarta planta el número 210 aparecía ante mis narices. El Coronel solía subir en el ascensor a diario aunque nunca bajaba hasta que... pero me estoy anticipando. A veces, cuando iba él sólo en el ascensor, hablaba conmigo. Me preguntó en qué regimiento había servido y dijo que conocía a mis oficiales. Pero no puedo decir que fuese cómodo hablar con él. Había algo extraño en él y siempre parecía inmerso en sus pensamientos. Nunca se sentó en el ascensor. Ya estuviese vacío o repleto de gente, él permanecía en pie bajo la lámpara, donde la luz caía sobre su pálido rostro y la cicatriz de su mejilla.

Un día de Febrero no subí al Coronel en el ascensor, me fijé porque solía ser tan regular como el mecanismo de un reloj, pero supuse que se habría ido unos días fuera y no pensé más en ello. Cada vez que paraba en la cuarta planta la puerta 210 estaba cerrada y como él solía dejarla abierta me convencí de que el Coronel se había ido. A finales de semana oí a la camarera decir que el Coronel Saxby estaba enfermo, “así que” pensé “por eso no ha subido en el ascensor últimamente”.

Era martes por la noche y había tenido un día extraordinariamente ocupado, durante toda la tarde hubo un continuo tráfico arriba y abajo. Era la parada de medianoche y yo estaba a punto de apagar la luz del ascensor, cerrar la puerta y dejar la llave en la oficina para el empleado de la mañana cuando sonó el timbre claramente. Miré el disco y vi que llamaban del cuarto piso. Estaban dando las doce cuando entré en el ascensor. Según pasaba el segundo y el tercer piso me preguntaba quién llamaría tan tarde y pensé que sería un desconocido que no conocía las normas de la casa. Pero cuando paré en el cuarto piso y abrí de golpe las puertas, apareció el Coronel Saxby envuelto en un capote militar. La puerta de su habitación permanecía cerrada tras él, pude ver el número. Creía que estaba enfermo en cama y parecía bastante enfermo pero llevaba el sombrero puesto y ¿qué pretendía un hombre que ha estado diez días en cama, saliendo a medianoche en invierno? No creo que me viera pero cuando puse el ascensor en movimiento me fijé en él, en pie bajo la lámpara. Con la sombra del ala del sombrero ocultando sus ojos mientras la parte inferior de su cara aparecía totalmente iluminada, su rostro tenía una palidez mortal y la cicatriz aparecía aún más pálida.

“Me alegra ver que está mejor, señor”, le dije. Pero el no contesto y no quise volver a mirarle. Permaneció quieto como una estatua envuelto en su capote y yo me sentí aliviado cuando abrí la puesta del ascensor para que saliera al vestíbulo. Le saludé cuando salía y el pasó junto a mi y se dirigió a la puerta principal.

“El Coronel quiere salir”, le dije al portero, que le miró fijamente y le abrió la puerta. El Coronel Saxby salió fuera, entre la nieve.

“Esto es muy extraño!” dijo el portero.

“Lo es”, contesté. “No me gusta el aspecto del Coronel, no parece el mismo. Esta lo suficientemente enfermo como para estar en cama y ahí va, saliendo en una noche como esta”.

“De todas formas, lleva un buen capote para abrigarse. Digo, supongo que va a un baile de disfraces y se ha puesto el capote para ocultar su disfraz”, dijo el portero riendo nerviosamente, lo que nos hizo sentir tan incómodos que no sabíamos qué más decir. Y mientras hablábamos escuchamos un fuente timbrazo en la puerta.

“No más pasajeros para mi”, dije, y estaba apagando definitivamente la luz cuando Joe abrió la puerta y entraron dos caballeros que al instante supe que eran médicos. Uno era alto, el otro bajo y fornido y ambos se dirigieron al ascensor.

“Lo siento caballeros, va contra las normas utilizar el ascensor después de medianoche”.

“Tonterías!” dijo el caballero fornido “apenas han pasado las doce y se trata de un asunto de vida o muerte. Llévenos de una vez a la cuarta planta” y entraron en el ascensor como un tiro, así que subimos y cuando abrí la puerta se fueron derechos a la habitación 210. Una enfermera salió a recibirles y el médico fornido dijo “No ha empeorado, espero”.

Escuché la respuesta “Señor, el paciente murió hace cinco minutos”.

Aunque no era asunto mío, era más de lo que podía soportar así que seguí a los médicos hasta la puerta y dije: “Aquí hay un error, caballeros, bajé al Coronel en el ascensor cuando el reloj daba las doce y salió a la calle”.

El médico fornido dijo claramente “Un caso de confusión de identidad. Sería alguien a quien usted tomó por el Coronel”.

“Si me disculpan, caballeros, era el propio Coronel y el portero de noche que le ha abierto la puerta le conoce tan bien como yo. Iba vestido para una noche como esta, envuelto en su capote militar".

“Pase y véalo usted mismo”, dijo la enfermera.

Seguí al doctor al interior de la habitación y allí descansaba el Coronel Saxby tal como le había visto unos minutos antes. Allí estaba, muerto como sus antepasados, con el gran capote extendido sobre la cama para mantenerle templado aunque no pudiera volver a sentir frío ni calor. No pude dormir aquella noche. Me senté junto a Joe, esperando a escuchar en cualquier momento al Coronel llamando al timbre de la puerta principal. Al día siguiente, cada vez que sonaba, claro y repentino, el timbre del ascensor, me ponía a sudar y temblar. Me sentía tan mal como la primera vez que entré en combate. Joe y yo contamos todo al gerente y él nos dijo que lo habríamos soñado, pero dijo “Procuren no hablar de esto o el hotel se vacía en una semana”.

El ataúd del coronel llegó a escondidas al hotel la noche siguiente. El gerente y yo, junto a los hombres de la funeraria lo metimos en el ascensor y ocupó todo el espacio, sin dejar ni una pulgada libre. Lo llevaron a la habitación 210 y mientras yo esperaba que salieran de nuevo me invadió la inquietud. Entonces la puerta se abrió suavemente y cuatro hombres sacaron el largo ataúd al pasillo y lo dejaron en el suelo, con los pies apuntando a la puerta del ascensor. El gerente me buscaba con la mirada.

“No puedo hacerlo, señor” dije “No puedo bajar al Coronel otra vez, le bajé ayer a medianoche y eso fue suficiente para mi”.

“¡Métanlo dentro!” dijo el gerente en tono cortante, y metieron el ataúd en el ascensor sin un solo ruido. El gerente entró el último y antes de cerrar la puerta dijo “Mole, me temo que has trabajado en este ascensor por última vez”. Y era cierto, pues no habría podido quedarme en el Hotel Empire después de lo que había ocurrido ni aunque me doblasen el sueldo, así que el portero de noche y yo nos fuimos juntos.


Traducción: © Mayte Sánchez Sempere 2011
IMPRIME ESTE POST

viernes 2 de septiembre de 2011

El reloj - Mayte Sánchez Sempere

- Lleva el reloj de tu padre – le dice su mujer.

Él hace como que no lo ha oído y se acerca a saludar. Se dan la mano, una palmada en la espalda, algunas palabras corteses.

No puede evitar fijarse en su muñeca. Lleva el reloj de su padre, el que le requisaron en la cárcel antes de trasladarle a la capital en una cuerda de presos. Catorce etapas, catorce cálceles, catorce noches pensando si no sería la última. Lleva el reloj de su padre y regenta la que fue su tienda.

Una sonrisa forzada antes de soltar con asco esa mano que se ha apropiado de su herencia.

- Me alegra verte de vuelta, a ver a la familia ¿no? Claro, los que os fuistéis a la capital ya no queréis volver ¿eh?

- No, claro, ya no volvemos...

Porque su padre está muerto y éste ya no es su pueblo y es mejor no preguntar por qué el alcalde lleva el reloj de su padre.


IMPRIME ESTE POST